Un Camino de Gracia

¡Oh, santísima Madre de Dios! Alcanzadme el
amor de vuestro divino Hijo para amarle, imitarle y
seguirle en esta vida y gozar de El en el Cielo. Amén.

sábado, 24 de octubre de 2015

En la Eucaristía, no solamente ofrecemos el Sacramento Pascual de Cristo, sino que entramos en él, nos incorporamos a él y nos ofrecemos juntamente con él. ."




LA EUCARISTÍA

Continuación de la Primera Parte:
Definición , Celebrantes ,Finalidad , Raíces del Rito

Eucaristía y Vida




Que es La Eucaristia
Este viernes iniciaremos el tema de la celebración litúrgica de la Eucaristía o sea de LA SANTA MISA y comenzaremos procurando precisar su significación. La Misa es la reunión del pueblo de Dios para celebrar el sacrificio del Cuerpo y la Sangre de Jesucristo ofrecido a Dios Padre en el altar de la Cruz, para la redención (perdón) de los pecados de todos los hombres. Es la renovación y actualización del sacrificio de la cruz. “Es el memorial de la muerte y resurrección de Jesús”.



Memorial es hacer vivo y real un acontecimiento salvífico que tuvo lugar en tiempos pasados. Así el calvario es el primer Altar, el Altar verdadero, después todo Altar se convierte en Calvario. Es decir, es la misma realidad actual y palpitante, aunque expresada de otra manera, de modo sacramental, sin derramamiento de sangre. La Eucaristía no repite, no es imagen, la Eucaristía no recuerda “a”, ni se recuerda “la”, la Eucaristía es la Última Cena que se actualiza y se hace nuevamente presente, la Eucaristía es el mismo Misterio Pascual, no es una repetición ni una copia, es el mismo sacrificio de Cristo y cuando decimos sacrificio de Cristo estamos hablando de Misterio Pascual, de Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Celebrar el memorial es actualizarlo y hacerlo presente acá y ahora, traerlo hoy a este lugar y a este momento con la misma eficacia, con la misma gracia y con la misma presencia del Señor. Porque es Cristo mismo el que se hace presente, no es ni una imagen de Cristo, ni representa a Cristo, ni es una imagen de la Última Cena, ni su teatralización. Se está celebrando el Misterio Pascual y Cristo mismo actualiza la salvación para cada uno de nosotros cada vez que se celebra la Eucaristía. En una palabra, es el memorial de su infinito amor, pues en cada Misa el amor infinito y eterno de Jesús se hace palpable y se sigue ofreciendo por nuestra salvación.

Este amor de Jesús se hace presente al entregarse a cada uno en la comunión y al encarnarse de nuevo entre nosotros, como en una nueva Navidad, en el momento de la consagración. La razón y los sentidos nada ven en la Eucaristía sacramento, sino pan y vino, pero la fe nos garantiza la infalible certeza de la revelación divina; las palabras de Jesús son claras: «Este es mi Cuerpo, esta es mi Sangre» y la Iglesia las entiende al pie de la letra y no como puros símbolos. Con toda nuestra mente, con todas nuestras fuerzas, los católicos creemos, que «el cuerpo, la sangre y la divinidad del Verbo Encarnado» están real y verdaderamente presentes en el altar en virtud de la omnipotencia de Dios.

El Cristo Eucarístico se identifica con el Cristo de la historia y el de la eternidad. No hay dos Cristos sino uno solo. Nosotros poseemos en la Hostia al Cristo del sermón de la montaña, al Cristo de la Magdalena, al que descansa junto al pozo de Jacob con la samaritana, al Cristo del Tabor y de Getsemaní, al Cristo resucitado de entre los muertos y sentado a la diestra del Padre. No es un Cristo el que posee la Iglesia de la tierra y otro el que contemplan los bienaventurados en el cielo: ¡una sola Iglesia, un solo Cristo!

Además de ser un sacrificio y un memorial, la Eucaristía es también un banquete sagrado. En ese banquete Jesús nos alimenta con su propio Cuerpo y Sangre, como había prometido en Cafarnaún: “Yo soy el pan de vida: el que viene a mí no tendrá hambre; y el que cree en mí no tendrá sed jamás...”.



LOS CELEBRANTES





Desde el principio del cristianismo la Eucaristía es la fuente, el centro y el culmen de toda la vida de la Iglesia. En su celebración participa toda la comunidad, es decir el cuerpo místico de Cristo con Él a la cabeza. Él es el actor principal de la Eucaristía, Él es Sumo Sacerdote de la Nueva Alianza. Él mismo es quien preside la celebración a través del sacerdote que actúa “en persona de Cristo”. En el Calvario hubo un solo Sacerdote que fue Jesucristo; en la Misa hay dos; uno invisible y principal: Jesucristo, y otro visible, secundario e instrumental: el sacerdote celebrante.

El sacerdote no actúa nunca por sí solo, sino siempre en y con el Cuerpo Místico de Cristo, la Iglesia, cuyos miembros están representados por el sacerdote ministro. Pero esto no es óbice a que los asistentes asuman la parte que les es propia en la celebración, y para dejar más claro sus alcances es bueno traer a colación la anécdota del domingo aquél en que, unos minutos antes de la Misa, aparece en el templo un sacerdote diciendo: “Los que hayan venido a oír Misa, por favor, que levanten la mano”. Claro que la levantaron prácticamente todos. “Pues ya se pueden marchar –añadió el sacerdote- porque aquí ni se dice, ni se oye Misa, se celebra”. Verdaderamente “oír Misa” o “decir Misa” son expresiones poco conformes con la visión teológica y litúrgica del Concilio Vaticano II. Antes de la renovación litúrgica muchos veían la Misa como una acción del sacerdote (él decía la Misa) y los fieles la oían. El Concilio dejó claro que el sacerdote no celebra él personalmente la Misa, él la preside como ministro, porque la Misa es una acción de toda la Asamblea, en la cual cada miembro, ministro o fiel, debe hacer todo y sólo aquello que le corresponda.

Así los asistentes, que han sido incorporados al pueblo de Dios mediante el Bautismo, participan cada uno según su propia condición. Algunos cumplen determinados ministerios dentro de la comunidad eclesial, son los ministros de la Eucaristía, los lectores, los salmistas, los cantores, los acólitos, los monitores que ayudan a la comunidad a seguir el ritmo de la celebración. El resto de los fieles también tienen una participación activa y consciente, que puede ser externa, interna y sacramental:


Participación Externa

La participación exterior que debe favorecer la participación interior, es decir, profundizar en la palabra de Dios y en el misterio que se celebra, comprende:
 

* Las aclamaciones, y respuestas del pueblo, respondiendo litúrgicamente al sacerdote y dialogando con él.
 

*Las oraciones y cantos de los fieles que dirán con voz clara las partes que les corresponden.
 

* Las acciones, gestos y posturas corporales. Cuando celebramos el culto toda nuestra persona participa, cuerpo, alma y espíritu. Nuestras experiencias espirituales toman forma a través de los gestos y actitudes de nuestro cuerpo. En la celebración de la Eucaristía los gestos de nuestro cuerpo nos ayudan a manifestar nuestra actitud interior y nos unen con el resto de la comunidad que celebra como un solo corazón. Todos estamos de pie, todos cantamos, etc. La actitud muchas veces dice más que la palabra y así:

· Estar de pie significa estar listo, atento y mostrar respeto. Estar de pie es una actitud de liberación, ya no somos esclavos ni tenemos vergüenza ante Dios, ahora somos hijos de Dios. Ejemplo: nos ponemos de pie al inicio de la Misa, al momento de la lectura del Evangelio, en el Prefacio (santo), etc. De rodillas es un gesto que implica la actitud de humildad de quien reconoce la grandeza de Dios. Es una actitud típicamente penitencial, signo de arrepentimiento. 

También es una actitud de oración individual, de meditación. Es la actitud de adoración frente al Santísimo reconociendo la grandeza de Dios y la pequeñez de la persona.
 
-Estar sentado es la actitud adecuada para escuchar. Nos sentamos para las lecturas y la homilía. 


-Caminar o ir en procesión revela la actitud de quien se pone en el camino del Señor y va hacia él. Caminamos en la procesión de entrada junto con el celebrante, en la presentación de los dones, cuando nos acercamos a comulgar. Somos el pueblo peregrino en marcha hacia Dios. 


-Santiguarse es signo de pertenencia a Cristo. Es la señal de nuestra salvación y signo de que estamos bajo la protección de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Se usa al inicio y final de la Misa. La señal de la Cruz es el recuerdo simbólico del Bautismo que nos hace pueblo real y sacerdotal. 


-Persignarse: Antes de la proclamación del Evangelio hacemos tres veces la señal de la cruz, en la frente, en la boca y en el pecho. El gesto en la frente indica una necesidad interior para entender la palabra de Dios, en la boca una disposición para proclamarla y en el pecho una gran voluntad para hacerla parte de nuestra vida diaria. 


-Inclinar la cabeza o medio cuerpo indica respeto, reconocimiento de la superioridad de Dios, es una actitud de humildad.


- Golpearse el pecho es el acto penitencial de reconocer las propias culpas. Indica pena y dolor por las faltas cometidas y humildad frente a Dios. 


-El silencio que cuidadosamente se debe observar en algunos momentos es una actitud de adoración o de meditación.


Participación Interna

Uniéndose con atención y afecto al Sacrificio de Cristo y ofreciéndose con Él. La primera es ofrecer, como nuestra, al Padre celestial, la inmolación de Jesucristo, por lo mismo que también es nuestra inmolación. La segunda consiste en aportar al Sacrificio Eucarístico nuestras propias inmolaciones personales, ofreciendo nuestros trabajos y dificultades, sacrificando nuestras malas inclinaciones, crucificando con Cristo nuestro hombre viejo.

En la Eucaristía, no solamente ofrecemos el Sacramento Pascual de Cristo, sino que entramos en él, nos incorporamos a él y nos ofrecemos juntamente con él. Nos ofrecemos en nuestra vida: con nuestras alegrías y nuestros disgustos, con nuestros esfuerzos y renuncias, y con las elecciones que hemos tenido que hacer para seguir siendo dignos de nuestra condición de cristianos, de seguidores de Cristo. Ofrecemos lo que sufre la Iglesia. Lo que sufre la humanidad. Lo que nos toca sufrir a cada uno. Y así nuestras inmolaciones personales son elevadas a ser inmolaciones eucarísticas de Jesucristo, quien, como Cabeza, asume y hace propias las inmolaciones de sus miembros.

Ofreciendo la Misa salvamos la humanidad y glorificamos a Dios Padre en el acto más sublime que puede hacer el hombre. El sacerdote y los fieles son uno con Cristo, «por Cristo, con Él y en Él» ofrecemos y nos ofrecemos al Padre.





Participación Sacramental

Es la más perfecta. Recibiendo la comunión se llega a la plenitud y perfeccionamiento de la participación de los fieles en la Misa. Es la que da esa expresión de participación en función del sacrificio-banquete, comida para enriquecer la vida espiritual.

En la Eucaristía sacramento, Dios se nos da, sin reserva, sin medida, nos deja en el alma a la Trinidad Santa, premio prometido sólo a los que coman su Cuerpo y beban su Sangre. Somos asimilados por la divinidad que nos posee y podemos con toda verdad decir como San Pablo: «ya no vivo yo, Cristo vive en mí» (Gál 2,20). 





EUCARISTÍA Y VIDA

Si bien hemos analizado la participación que como fieles nos corresponde en la liturgia eucarística ella no tiene sentido si es el ratito no más que voy a Misa y después me olvido. San Agustín les decía a los cristianos “Hay que vivir lo que uno celebra”. Es como que en un momento nos encontramos con Dios y después salimos de Misa y no somos coherentes en nuestro proceder con ese encuentro salvífico. A veces nos pasa que separamos la Liturgia de la vida. La oblación de Cristo nos parece sublime, pero después nos olvidamos que esa ofrenda nos incluye y que cuando decimos “Amén” en la liturgia, el Señor nos toma la palabra.

No tiene sentido si vamos a Misa y no buscamos en la liturgia y en ese amor de Jesús la fuerza para que toda nuestra vida esté unida profundamente a esa Eucaristía; que toda ella sea acogimiento de Dios, escucha de la Palabra, docilidad al Espíritu, renovación de la Nueva Alianza; que ella entera sea don gratuito de Dios para los hermanos. Es en la Eucaristía donde encontraremos la manera de amar como Él amó, y en ella debemos buscar la fuente de ese amor oblativo que nosotros por sí solos no somos capaces de tener.

De ahí que sea tan importante penetrar el alcance de cada uno de los momentos que hacen a esa celebración y una renovada y más profunda comprensión de nuestra participación en ella. La participación no solo debe ser activa sino consciente, partiendo de una mayor toma de conciencia del misterio que se celebra, comprendiendo la Palabra de Dios y las Plegarias Eucarísticas; comprendiendo el significado y el valor de las acciones sacramentales. Solo así la participación será fructuosa para nuestro vivir cristiano. La Misa no es un paréntesis en la vida diaria, es vida y vida intensa.


FINES DEL SACRIFICIO DE LA MISA 






Siendo el Sacrificio de la Misa el mismo Sacrificio del Calvario, sus fines resultan también idénticos. De acuerdo a la enseñanza del Concilio de Trento son cuatro los fines de la Misa:

1) Alabar a Dios, reconociéndolo como Ser Supremo (fin latréutico).

El fin principal de la Misa es dar a Dios la adoración y alabanza que sólo El merece. Este acto se realiza por la inmolación en su honor de la Víctima de infinito valor: el Hombre-Dios.

Cuando la Iglesia celebra misas en honor de los santos, no ofrece el sacrificio a los santos, sino sólo a Dios. La Iglesia hace tan sólo conmemoración de los santos con el fin de agradecer a Dios la gracia y la gloria concedidas a ellos, y con el propósito de invocar su intercesión.

2) Darle gracias por los beneficios recibidos (fin eucarístico).

La Misa realiza de manera excelente el deber de agradecimiento, pues sólo Cristo, en nuestro nombre, es capaz de retribuir a Dios sus innumerables beneficios para con nosotros.

3) Moverlo al perdón de los pecados (fin propiciatorio), toda vez que el mismo Cristo dijo: ”Esta es mi sangre, que será derramada para el perdón de los pecados" (Mt. 26, 28).

A través de la Santa Misa recibe Dios, de modo infinito y sobreabundante, méritos remisores de los pecados de vivos y difuntos.

4) Pedirle gracias o favores (fin impetratorio), pues la Misa tiene la eficacia infinita de la oración del mismo Cristo.


EL ORIGEN DE LOS RITOS

Terminada esta, un poco extensa, parte introductoria, entremos ya en la de los ritos. De los ritos de la celebración eucarística, la gran mayoría tiene su origen en la celebración de la Pascua judía. Recordemos que la Última Cena, la cena llevada a plenitud por Cristo, era la celebración de la Pascua judía. La cena era en familia y con el peregrino y capitaneaba la cena el padre de familia, la cabeza. En la celebración de la Pascua judía tenemos purificaciones con agua, lectura de los profetas y de los salmos, tenemos panes ácimos, tenemos vino, verduras amargas, tenemos la cabeza, tenemos la familia reunida. Lo que sea alimento y bebida queda sintetizado por medio del pan y el vino como exponentes de toda la creación. En la Pascua cristiana (la celebración eucarística) tenemos Cabeza, Cristo: la presidencia del sacerdote; tenemos la familia reunida en torno a la mesa: el pueblo fiel, pueblo de Dios. El antiguo pueblo de Israel se transforma en el nuevo pueblo de Dios que es la Iglesia. También tenemos lectura de la palabra, tenemos pan y vino. Tenemos purificaciones con el acto penitencial que es un lavado del corazón y con un rito externo, figurado en el lavado de manos del sacerdote, rito a través del cual toda la asamblea se lava las manos y se purifica el corazón. Ningún rito que haga el sacerdote tiene sentido solo para él. En todos los ritos del sacerdote estamos todos adentro. Cuando el sacerdote besa el altar, toda la asamblea besa el altar.



En el número 1340 el catecismo dice: “Al celebrar la Ultima Cena con sus apóstoles, en el transcurso del banquete pascual, Jesús dio sentido definitivo a la Pascua judía”. Todas las celebraciones judías encuentran su sentido en la Eucaristía.



REFLEXIÓN FINAL

La Misa dominical nos permite renovar semanalmente nuestra pertenencia al pueblo de Dios que es nuestra familia, a nuestro entorno, que sólo encuentra su armonía cuando Dios está presente con su amor oblativo. El domingo vamos a buscar como familia en la Pascua de Cristo la fuente de este amor oblativo. Se requiere una humildad profunda. El hombre no es capaz de amar así por sí solo. Por eso el domingo renovamos nuestra adhesión a la Pascua de Cristo y vamos a Misa para vivirla en familia. Todos los días rezamos, pero el domingo rezamos en familia, rezamos con la familia de la Iglesia por la familia humana.

No es lo mismo ir o no el domingo a Misa. Si no voy, no estoy haciendo esa ofrenda de vida a esa historia de salvación comprendida en el Credo. No estoy asociándome a la Pascua de Cristo, ni tomando de la Pascua de Cristo toda la gracia que me ofrece en el banquete de la Misa que Él nos prepara. Entonces hay que recibir de Dios la mesa como Él nos la prepara, la fiesta como Él nos la hace. Es el Señor el que nos prepara la fiesta, porque, es como que al participar de la Misa dominical le decimos al Señor estamos en tus manos, te dejamos nuestros problemas, vamos a tomar la gracia de la Resurrección en la liturgia, y mañana si aún persisten los retomaremos, pero hoy no hay problemas, hoy descansamos nuestro ser en las manos de Dios.




Foto del sitio Reina del Cielo





"Todas las buenas obras del mundo reunidas, no equivalen al Santo Sacrificio de la Misa, porque son obras de los hombres, mientras que la Misa es obra de Dios. En la Misa, es el mismo Jesucristo, Dios y Hombre Verdadero,
el que se ofrece al Padre para remisión de los pecados de todos los hombres y
al mismo tiempo le rinde un Honor Infinito". 

Santo Cura de Ars

miércoles, 21 de octubre de 2015

Dame, mi Dios, un corazón tolerante, comprensivo y misericordioso como el tuyo. Señor, dame la gracia de amar con tu corazón. Amén.




                                                               LA EUCARISTÍA




Segunda Parte: Esquema – Ritos Iniciales



Concédenos, Dios todo poderoso, alegrarnos en la fiesta del apóstol santo Tomás, para que siempre nos ayude con su protección y tengamos vida creyendo en aquel a quien reconoció como el Señor resucitado, Jesucristo tu Hijo. Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
Oración colecta del día



Los cristianos en cada Eucaristía nos reunimos para alimentarnos de Dios. En el primer momento de la Misa, desde la mesa llamada Ambón, nos alimentamos de Dios por medio de su Palabra. Este momento recibe por nombre Liturgia de la Palabra.

En el segundo momento nos alimentamos de Dios mismo, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. Es decir, nos alimentamos de la Eucaristía reunidos en torno a la segunda mesa llamada Altar. Este momento recibe por nombre Liturgia de la Eucaristía.

La estructura de la Misa presenta, entonces, dos partes principales que son como dos columnas: la Liturgia de la Palabra y la Liturgia de la Eucaristía. Dos mesas en las que se celebra, el ambón y el altar. Pero esas dos partes necesariamente unidas y correlativas constituyen un solo acto de culto, en el que Cristo está presente como el único Sacerdote de la Nueva Alianza.

Hay una sola presencia de Cristo en una doble manifestación: Cristo está espiritualmente presente en la asamblea orante, cuando desde el ambón se lee y se anuncia la Sagrada Escritura. Cristo está corporalmente presente cuando en el altar se realiza el sacramento de la Eucaristía. Así se complementan la Liturgia de la Palabra y la Liturgia Eucarística dentro de la unidad centrada en la Consagración. Cristo está real y personalmente presente en la celebración de la Eucaristía como víctima que se ofrece por el ministerio de sus Sacerdotes, que obran o presiden como sus instrumentos.


A estos dos ritos fundamentales que son como las vértebras de la celebración, se le añaden dos ritos complementarios: los Ritos Iniciales y los Ritos Finales que así completan la estructura actual de la Santa Misa.

En el capítulo referido a la estructura de la Misa la Instrucción General del Misal Romano reitera: “La Misa consta en cierto sentido de dos partes: la Liturgia de la Palabra y la Liturgia Eucarística, tan estrechamente unidas entre sí, que constituyen un solo acto de culto, ya que en la Misa se dispone la mesa, tanto de la Palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo en la que los Fieles encuentran el mensaje y el alimento cristiano. Otros ritos pertenecen a la apertura y conclusión de la celebración” (IGMR 8).

A continuación esbozaremos el esquema general de la Santa Misa con sus dos momentos fundamentales y sus dos ritos complementarios, así como los distintos pasos involucrados en los mismos. Luego haremos una sucinta descripción de cada uno de ellos y de la participación que en la celebración le puede corresponder a los fieles asistentes.




Esquema general de la Santa Misa

I.
RITO INICIAL
Procesión
Canto de entrada
Saludo
Acto Penitencial
Kyrie
Gloria
Oración Colecta

II.
LITURGIA
DE LA PALABRA
Primera Lectura
Salmo
Segunda Lectura
(Secuencia)
Aleluya
Evangelio
Homilía
Profesión de Fe
Oración Universal

III.
LITURGIA
DE LA EUCARISTÍA
A.    Presentación
de los dones
Del pan
Del vino
Purificación
Llamada a la Oración – Respuesta
Oración sobre las ofrendas
B.    La Gran Oración Eucarística
1.    Plegaria Eucarística
Prefacio y Santo
Epíclesis
Narración de la Institución y Consagración
Aclamación
Anamnesis
Oblación
Intersecciones
Doxología
Aclamación
2.    Rito de
la Comunión
Padre Nuestro
Rito de la Paz
Fracción del Pan
Cordero de Dios
Comunión
Oración después
de la comunión

IV.
RITO
FINAL
Saludo
Bendición
Despedida
De los fieles
Del sacerdote



I.- RITOS INICIALES 





Todo lo que precede a la Liturgia de la Palabra podemos considerarlo como una pequeña parte preparatoria cuya finalidad es hacer que los fieles reunidos constituyan una comunidad y se dispongan a una celebración consciente y fructífera, oyendo atentamente la palabra de Dios y participando dignamente en la celebración de la Eucaristía.

La comunidad reunida para comenzar la celebración está formada por personas de orígenes muy diferentes. Pero todas tienen al menos una cosa en común: todas han dejado su casa, sus ocupaciones y han acudido al lugar de la celebración. Este pequeño “éxodo” doméstico “sal de tu casa” (Gen 12,1), no es más que una muestra de la larga cadena de “éxodos” en que se va habituando a vivir el bautizado. Salir del terreno de sus intereses, salir de su egoísmo, de su pecado, de sus miedos, de sus prejuicios, salir de sí mismo: una larga historia de salidas estimuladas por su encuentro con Cristo. La “actitud de éxodo” es una constante en la vida del bautizado.

El término inmediato de ese pequeño éxodo doméstico es la comunidad que se dispone a celebrar la Eucaristía. “La tierra que te mostraré” (Gen 12,1) es, en este caso, la comunidad celebrativa. Es decir, el lugar en que es posible el encuentro con el Padre, por la mediación de Cristo y la fuerza del Espíritu, y el encuentro con los hermanos. La tierra prometida se anticipa en la celebración, a la espera de su plenitud definitiva.

Para que haya rito de entrada ha tenido que haber antes salida. Sin actitud de éxodo no se puede entrar de verdad en la celebración. Este es el éxodo difícil: salir de sí mismo como centro, para hacer de los demás y de Dios el centro de la propia vida. Si no se va a la celebración con esta actitud, no hay entrada real en la dinámica celebrativa.

Procesión y Canto de Entrada





Estando el pueblo reunido el sacerdote con el diácono y los acólitos entran en el templo y se dirigen procesionalmente hacia el altar. Esta procesión simboliza el camino que recorre la Iglesia peregrina hasta la Jerusalén celestial. Los fieles se ponen de pie para indicar su disponibilidad en la celebración que va a tener lugar, manteniéndose de pie hasta la finalización de los ritos iniciales y comienzo de la Liturgia de la Palabra.

Mientras la procesión se dirige hacia el altar tiene lugar el canto de entrada, que se introdujo en la liturgia romana en el siglo V con la finalidad de abrir la celebración, fomentar la unión entre los fieles reunidos y elevar sus corazones para la contemplación del misterio del tiempo litúrgico o de la fiesta del día.

Al llegar al altar, que simboliza a Cristo, el sacerdote, el diácono y los acólitos realizan una inclinación profunda, gesto de intenso respeto, y el sacerdote y el diácono besan el altar en nombre de todo el pueblo reunido. Es el beso de la Iglesia a su Esposo, que es Cristo. Si la misa es concelebrada, lo besan todos los concelebrantes. En los casos de misas solemnes el sacerdote procede a incensar la cruz y el altar, es un símbolo de honor, de purificación y santificación.

Saludo

A continuación el sacerdote y sus acompañantes se dirigen a la sede desde donde, al culminar el canto de entrada, el sacerdote inicia la Celebración haciendo junto con toda la comunidad el gesto de señal de la Cruz, y vuelto hacia el pueblo dice: “En el nombre del padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. El gesto de la señal de la cruz recuerda que el sacrificio de Cristo es la fuente de toda santificación. La fórmula es un acto de fe en la Trinidad y recuerda el Bautismo. El pueblo responde “Amén”. 




El sacerdote luego, extendiendo las manos, saluda al Pueblo: "El Señor esté con vosotros..."(u otra fórmula), anunciando así a la Asamblea congregada la presencia del Señor, estableciéndose un intercambio de palabras con los fieles que responden: “Y con tu espíritu”. Con este saludo y la respuesta del pueblo se manifiesta el misterio de la Iglesia congregada, la relación de comunión entre la asamblea y el sacerdote.

Terminado el saludo, el sacerdote, o el diácono, o el monitor, puede hacer a los fieles una brevísima monición para centrar la devoción, explicando la festividad del día por la liturgia eucarística. 




Acto Penitencial

Continúa el acto penitencial que manifiesta el sentimiento que tiene la Iglesia de ser comunidad de pecadores. Sirve para valorar la realidad del pecado, crecer en espíritu de penitencia, y considerar la misericordia de Dios.

Este acto consta de tres partes:


1) Invitación del sacerdote a los fieles, que para que se examinen y reconozcan pecadores y un espacio de silencio para propiciar el arrepentimiento. Este momento de silencio para la expresión íntima del arrepentimiento personal, es importante y forma parte del acto.

2) Después del silencio viene la petición de perdón, para lo cual existen tres fórmulas alternativas:
 La primera es una confesión comunitaria que se hace rezando el celebrante y los fieles el "Yo confieso, ante Dios todopoderoso y ante vosotros, hermanos...”.
La segunda está constituida, después del silencio, por un diálogo que se entabla entre el sacerdote y el Pueblo: (S): “Señor ten misericordia de nosotros”, (P): “Porque hemos pecado contra ti", (S): “Muéstranos, Señor, tu misericordia”, (P): ”Y danos tu salvación”.
 La tercera consiste en el rezo, por parte del sacerdote, de las súplicas: “Señor, ten piedad”, “Cristo, ten piedad”, “Señor, ten piedad” a las que le interpone invocaciones de acuerdo a las conveniencias litúrgicas: “Tú que eres el Salvador prometido…”, o “Defensor de los pobres…”, etc. El Pueblo a cada una de ellas responde repitiendo sólo el texto de la súplica. Cuando se utiliza esta fórmula, no se dicen los Kyries

3) La absolución, que no es sacramental, sino que expresa un deseo del perdón de Dios. El sacerdote implora a la finalización de cualquiera de las fórmulas adoptada: “Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna”, a lo que la Asamblea responde “Amén”.

El acto penitencial se suprime cuando al principio de la Eucaristía hay otros ritos sacramentales. Así ocurre en la Misa Exequial, en la celebración del Matrimonio y también cuando en la Misa dominical, especialmente en el tiempo pascual, se realiza la bendición y aspersión del agua en memoria del Bautismo, en estos supuestos no sólo se omite el acto penitencial sino también los Kyries.

Kyries

A continuación la Asamblea canta o reza el Kyrie Eleison o Señor ten Piedad, a no ser que en el Acto Penitencial hubiera sido utilizada la tercera fórmula. Los Kyries son seis aclamaciones a modo de jaculatorias: Señor, ten piedad de nosotros; después, Cristo, ten piedad de nosotros; y luego, Señor, ten piedad de nosotros, dos veces cada invocación .Es una antigua fórmula en que se proclama que el Hijo conoce nuestra condición humana, pero que venció el pecado del mundo y por la Resurrección adquirió el nuevo nombre de “Señor”. Téngase presente que esta aclamación es más bien cristológica que trinitaria.


La invocación Kyrie eleison (Señor, ten piedad) revela en sí misma dos realidades comprendidas por parte de quien la dirige: la aclamación y la súplica. La aclamación viene a ser la alabanza, el honor y el reconocimiento a Cristo, Señor de la gloria, del cielo y de la tierra, a quien nosotros tenemos como Hijo de Dios vencedor del pecado y de la muerte. La súplica será entonces la petición dirigida al Señor, para que derrame su gracia sobre nosotros y nos auxilie en medio de nuestra debilidad. Siendo parte de los ritos iniciales de la misa, esta invocación viene a ser el grito confiado que los creyentes dirigen a Jesucristo, quien poco después hablará en la Liturgia de la Palabra, y se dará como comida en la Liturgia de la Eucaristía.

En la Instrucción General del Misal Romano se lee “Después del acto penitencial, se dice el Señor, ten piedad, a no ser que éste haya formado ya parte del mismo acto penitencial. Siendo un canto con el que los fieles aclaman al Señor y piden su misericordia, regularmente habrán de hacerlo todos, es decir, tomarán parte en él el pueblo y la schola o un cantor. Cada una de estas aclamaciones se repite, normalmente, dos veces, pero también cabe un mayor número de veces, según el genio de cada lengua o las exigencias del arte musical o de las circunstancias. Cuando se canta el Señor, ten piedad, como parte del acto penitencial, a cada una de las aclamaciones se le antepone un «tropo»”. 





Gloria

El Gloria es un himno de alabanza, son expresiones de amor y reconocimiento gratuito elevados a la máxima potencia, porque van dirigidas al Dios infinito. Se inicia desde la Sede y la recita o canta toda la Asamblea. Proclama la salvación en Cristo Jesús, da gracias al Padre, y suplica a Dios Trinidad. Alabamos a Dios, reconociendo su santidad, al mismo tiempo que nuestra necesidad de Él.

La Instrucción General del Misal Romano dice: “El Gloria es una antiquísimo y venerable himno con que la Iglesia, congregada en el Espíritu Santo, glorifica a Dios padre y al Cordero y le presenta sus súplicas” (IGMR 31). No es un himno bíblico. Pertenece a los himnos de los primeros siglos: o sea los que fueron compuestos por la misma comunidad. Este himno no estuvo pensado, al principio, para la Eucaristía, sino como canto de oración de la mañana, como “Oh Luz gozosa” estaba destinado para la tarde.


Tuvo seguramente origen oriental. Todavía hoy en la liturgia oriental se canta en la oración matutina. En Occidente es donde gradualmente paso a la Misa:
El primer Papa que introduce este himno en la Liturgia fue el Papa Telesforo (128–139) -quien lo incluye en el Ordinario de la fiesta de Navidad. Su razón es clara: las primera palabras del himno están inspiradas en el canto que el evangelio atribuye a los ángeles en la noche del nacimiento del Señor.
Luego, el Papa Símaco (498–514), lo generalizó para las celebraciones dominicales.
Más tarde se canta en las celebraciones presididas por el obispo en las grandes fiestas (s. V-VI).
 En el s. X-XI se puede decir que se había generalizado el Gloria a todos los domingos y fiestas, fuera obispo o sacerdote el presidente de la celebración.

O sea, el Gloria pasó de ser un canto excepcional, sólo para Navidad o fiestas muy solemnes, a cantarse todos los domingos y fiestas, excepto los tiempos de tono más penitencial.

El Gloria empieza con el canto de los ángeles, y sigue con una serie de alabanzas al Padre, pasa después a alabanzas de Cristo, intercaladas con súplicas al mismo, y concluye con una doxología trinitaria.

a) El canto de los ángeles, tomado de Lc. 2,14, da nombre al himno: “Gloria a Dios en el cielo…” Este inicio se puede pensar como dividido en dos pensamientos: gloria a Dios y paz a los hombres.

b) A continuación cantamos alabanzas al Padre. Una alabanza que se fija más en Dios mismo que en los favores recibidos de Él.

c) Sigue la alabanza a Cristo. Aquí se suceden los nombres o títulos dirigidos a Cristo: “Señor Hijo único, Jesucristo; Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre”. A los títulos les sigue una letanía de súplicas precisamente porque estamos convencidos del Señorío de Cristo le podemos dirigir confiadamente nuestra petición de ayuda. Finalmente dirigimos a Cristo más alabanzas: “porque sólo Tú eres Santo...”

d) Todo concluye con una doxología, breve pero densa.

Es un canto teológico y cristológico de claro color pascual. Un himno de alabanza entusiasta que, con aparente sencillez, va desgranando, alabanzas, títulos y peticiones. El Gloria nos hace empezar, cantando nuestra actitud interior de admiración y gratitud, de confianza y súplica al Dios Trino.

Debería ser un canto entusiasta, festivo. El Gloria pertenece a los cantos que tienen “valor de rito o de acto” (IGMR 17), o sea, que no están pensados como acompañamientos a una procesión o a un gesto, sino que se recitan o cantan por sí mismos.

“Lo canta o la asamblea de los fieles, o el pueblo alternando con los cantores solos. Si no se canta, al menos lo han de recitar todos, o juntos o alternativamente. Se canta o se recita los domingos, fuera del tiempo de Adviento y Cuaresma, las solemnidades y fiestas y en algunas peculiares celebraciones.” (IGMR 31).






Oración Colecta

La colecta es la primera oración exclusivamente sacerdotal que encontramos en la Misa. Oración que el celebrante debe decir no en nombre propio, sino en el de toda la comunidad, de toda la Iglesia. Es una oración presidencial que “recoge”, sintetiza, reúne (colecta) los sentimientos de la Asamblea. De ahí viene el nombre de “oración colecta”.






El celebrante volviéndose hacia el pueblo con las manos abiertas lo invita a la oración diciendo “Oremos”, “y todos, a una con el sacerdote, permanecen un rato en silencio para hacerse conscientes de estar en la presencia de Dios y formular interiormente sus súplicas. Entonces el sacerdote lee la oración que se suele denominar “colecta”. Con ella se expresa generalmente la índole de la celebración, y con las palabras del sacerdote se dirige la súplica a Dios Padre por Cristo en el Espíritu Santo. El pueblo, para unirse a esta súplica y dar su asentimiento, hace suya la oración pronunciando la aclamación: Amén.”(IGMR 32)

Hoy el “Oremos” se ha convertido en una invitación a adherirse mentalmente a la oración que reza o canta el sacerdote, pero en el pasado era sencillamente una exhortación a orar en voz baja y suponía por tanto, siempre una pausa más o menos larga entre la invitación y la colecta.

Antiguamente la composición de la oración dependía de cada celebrante. Unos la improvisaban mientras la iban pronunciando, otros la componían anticipadamente, calcándola sobre algunos modelos. A partir del siglo IV su redacción ya no se deja al arbitrio del celebrante, por existir textos fijos que suelen resumir el carácter del día o la fiesta que se está celebrando. Las formas más clásicas de la colecta no las encontramos, sin embargo, en las fiestas, sino en los domingos después de Pentecostés, los llamados “ordinarios”. Como se trata de días en que no hay motivo particular para la celebración de la misa, y la colecta es oración que comprende las intenciones de todos, su contenido es necesariamente muy general. A veces, ni siquiera se indica intención alguna, sino que se ruega a Dios que nos escuche, es decir, que atienda las peticiones que cada uno en particular le propone.

El sacerdote recita la colecta de pie con las manos extendidas. Después de tener las manos levantadas, el sacerdote junta las manos como para expresar la entrega del propio ser en manos de un superior. Con el “Amén” después de la colecta termina el rito de entrada y así se llega a la Liturgia de la Palabra tema que nos ocupará el próximo viernes.









ORACION DE PERDON







Padre bueno y misericordioso digno de alabanza y adoración; hoy te doy gracias por tu amor tierno y compasivo porque perdonas mis faltas y las apartas de tu vista sin que ellas disminuyan tu amor por mí. Hoy quiero suplicarte una gracia especial, concédele a mi corazón el poder comprender la debilidad de mis hermanos, el entender que aquellos que me han herido tal vez  también estaban heridos, que no podían dar lo que no tenían, por inmadurez o ignorancia. Dame, mi Dios, un corazón tolerante, comprensivo y misericordioso como el tuyo. Señor, dame la gracia de amar con tu corazón.

Amén.

Vicaría Pastoral