Un Camino de Gracia

¡Oh, santísima Madre de Dios! Alcanzadme el
amor de vuestro divino Hijo para amarle, imitarle y
seguirle en esta vida y gozar de El en el Cielo. Amén.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Dame, mi Dios, un corazón tolerante, comprensivo y misericordioso como el tuyo. Señor, dame la gracia de amar con tu corazón. Amén.




                                                               LA EUCARISTÍA




Segunda Parte: Esquema – Ritos Iniciales



Concédenos, Dios todo poderoso, alegrarnos en la fiesta del apóstol santo Tomás, para que siempre nos ayude con su protección y tengamos vida creyendo en aquel a quien reconoció como el Señor resucitado, Jesucristo tu Hijo. Que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, y es Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
Oración colecta del día



Los cristianos en cada Eucaristía nos reunimos para alimentarnos de Dios. En el primer momento de la Misa, desde la mesa llamada Ambón, nos alimentamos de Dios por medio de su Palabra. Este momento recibe por nombre Liturgia de la Palabra.

En el segundo momento nos alimentamos de Dios mismo, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. Es decir, nos alimentamos de la Eucaristía reunidos en torno a la segunda mesa llamada Altar. Este momento recibe por nombre Liturgia de la Eucaristía.

La estructura de la Misa presenta, entonces, dos partes principales que son como dos columnas: la Liturgia de la Palabra y la Liturgia de la Eucaristía. Dos mesas en las que se celebra, el ambón y el altar. Pero esas dos partes necesariamente unidas y correlativas constituyen un solo acto de culto, en el que Cristo está presente como el único Sacerdote de la Nueva Alianza.

Hay una sola presencia de Cristo en una doble manifestación: Cristo está espiritualmente presente en la asamblea orante, cuando desde el ambón se lee y se anuncia la Sagrada Escritura. Cristo está corporalmente presente cuando en el altar se realiza el sacramento de la Eucaristía. Así se complementan la Liturgia de la Palabra y la Liturgia Eucarística dentro de la unidad centrada en la Consagración. Cristo está real y personalmente presente en la celebración de la Eucaristía como víctima que se ofrece por el ministerio de sus Sacerdotes, que obran o presiden como sus instrumentos.


A estos dos ritos fundamentales que son como las vértebras de la celebración, se le añaden dos ritos complementarios: los Ritos Iniciales y los Ritos Finales que así completan la estructura actual de la Santa Misa.

En el capítulo referido a la estructura de la Misa la Instrucción General del Misal Romano reitera: “La Misa consta en cierto sentido de dos partes: la Liturgia de la Palabra y la Liturgia Eucarística, tan estrechamente unidas entre sí, que constituyen un solo acto de culto, ya que en la Misa se dispone la mesa, tanto de la Palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo en la que los Fieles encuentran el mensaje y el alimento cristiano. Otros ritos pertenecen a la apertura y conclusión de la celebración” (IGMR 8).

A continuación esbozaremos el esquema general de la Santa Misa con sus dos momentos fundamentales y sus dos ritos complementarios, así como los distintos pasos involucrados en los mismos. Luego haremos una sucinta descripción de cada uno de ellos y de la participación que en la celebración le puede corresponder a los fieles asistentes.




Esquema general de la Santa Misa

I.
RITO INICIAL
Procesión
Canto de entrada
Saludo
Acto Penitencial
Kyrie
Gloria
Oración Colecta

II.
LITURGIA
DE LA PALABRA
Primera Lectura
Salmo
Segunda Lectura
(Secuencia)
Aleluya
Evangelio
Homilía
Profesión de Fe
Oración Universal

III.
LITURGIA
DE LA EUCARISTÍA
A.    Presentación
de los dones
Del pan
Del vino
Purificación
Llamada a la Oración – Respuesta
Oración sobre las ofrendas
B.    La Gran Oración Eucarística
1.    Plegaria Eucarística
Prefacio y Santo
Epíclesis
Narración de la Institución y Consagración
Aclamación
Anamnesis
Oblación
Intersecciones
Doxología
Aclamación
2.    Rito de
la Comunión
Padre Nuestro
Rito de la Paz
Fracción del Pan
Cordero de Dios
Comunión
Oración después
de la comunión

IV.
RITO
FINAL
Saludo
Bendición
Despedida
De los fieles
Del sacerdote



I.- RITOS INICIALES 





Todo lo que precede a la Liturgia de la Palabra podemos considerarlo como una pequeña parte preparatoria cuya finalidad es hacer que los fieles reunidos constituyan una comunidad y se dispongan a una celebración consciente y fructífera, oyendo atentamente la palabra de Dios y participando dignamente en la celebración de la Eucaristía.

La comunidad reunida para comenzar la celebración está formada por personas de orígenes muy diferentes. Pero todas tienen al menos una cosa en común: todas han dejado su casa, sus ocupaciones y han acudido al lugar de la celebración. Este pequeño “éxodo” doméstico “sal de tu casa” (Gen 12,1), no es más que una muestra de la larga cadena de “éxodos” en que se va habituando a vivir el bautizado. Salir del terreno de sus intereses, salir de su egoísmo, de su pecado, de sus miedos, de sus prejuicios, salir de sí mismo: una larga historia de salidas estimuladas por su encuentro con Cristo. La “actitud de éxodo” es una constante en la vida del bautizado.

El término inmediato de ese pequeño éxodo doméstico es la comunidad que se dispone a celebrar la Eucaristía. “La tierra que te mostraré” (Gen 12,1) es, en este caso, la comunidad celebrativa. Es decir, el lugar en que es posible el encuentro con el Padre, por la mediación de Cristo y la fuerza del Espíritu, y el encuentro con los hermanos. La tierra prometida se anticipa en la celebración, a la espera de su plenitud definitiva.

Para que haya rito de entrada ha tenido que haber antes salida. Sin actitud de éxodo no se puede entrar de verdad en la celebración. Este es el éxodo difícil: salir de sí mismo como centro, para hacer de los demás y de Dios el centro de la propia vida. Si no se va a la celebración con esta actitud, no hay entrada real en la dinámica celebrativa.

Procesión y Canto de Entrada





Estando el pueblo reunido el sacerdote con el diácono y los acólitos entran en el templo y se dirigen procesionalmente hacia el altar. Esta procesión simboliza el camino que recorre la Iglesia peregrina hasta la Jerusalén celestial. Los fieles se ponen de pie para indicar su disponibilidad en la celebración que va a tener lugar, manteniéndose de pie hasta la finalización de los ritos iniciales y comienzo de la Liturgia de la Palabra.

Mientras la procesión se dirige hacia el altar tiene lugar el canto de entrada, que se introdujo en la liturgia romana en el siglo V con la finalidad de abrir la celebración, fomentar la unión entre los fieles reunidos y elevar sus corazones para la contemplación del misterio del tiempo litúrgico o de la fiesta del día.

Al llegar al altar, que simboliza a Cristo, el sacerdote, el diácono y los acólitos realizan una inclinación profunda, gesto de intenso respeto, y el sacerdote y el diácono besan el altar en nombre de todo el pueblo reunido. Es el beso de la Iglesia a su Esposo, que es Cristo. Si la misa es concelebrada, lo besan todos los concelebrantes. En los casos de misas solemnes el sacerdote procede a incensar la cruz y el altar, es un símbolo de honor, de purificación y santificación.

Saludo

A continuación el sacerdote y sus acompañantes se dirigen a la sede desde donde, al culminar el canto de entrada, el sacerdote inicia la Celebración haciendo junto con toda la comunidad el gesto de señal de la Cruz, y vuelto hacia el pueblo dice: “En el nombre del padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. El gesto de la señal de la cruz recuerda que el sacrificio de Cristo es la fuente de toda santificación. La fórmula es un acto de fe en la Trinidad y recuerda el Bautismo. El pueblo responde “Amén”. 




El sacerdote luego, extendiendo las manos, saluda al Pueblo: "El Señor esté con vosotros..."(u otra fórmula), anunciando así a la Asamblea congregada la presencia del Señor, estableciéndose un intercambio de palabras con los fieles que responden: “Y con tu espíritu”. Con este saludo y la respuesta del pueblo se manifiesta el misterio de la Iglesia congregada, la relación de comunión entre la asamblea y el sacerdote.

Terminado el saludo, el sacerdote, o el diácono, o el monitor, puede hacer a los fieles una brevísima monición para centrar la devoción, explicando la festividad del día por la liturgia eucarística. 




Acto Penitencial

Continúa el acto penitencial que manifiesta el sentimiento que tiene la Iglesia de ser comunidad de pecadores. Sirve para valorar la realidad del pecado, crecer en espíritu de penitencia, y considerar la misericordia de Dios.

Este acto consta de tres partes:


1) Invitación del sacerdote a los fieles, que para que se examinen y reconozcan pecadores y un espacio de silencio para propiciar el arrepentimiento. Este momento de silencio para la expresión íntima del arrepentimiento personal, es importante y forma parte del acto.

2) Después del silencio viene la petición de perdón, para lo cual existen tres fórmulas alternativas:
 La primera es una confesión comunitaria que se hace rezando el celebrante y los fieles el "Yo confieso, ante Dios todopoderoso y ante vosotros, hermanos...”.
La segunda está constituida, después del silencio, por un diálogo que se entabla entre el sacerdote y el Pueblo: (S): “Señor ten misericordia de nosotros”, (P): “Porque hemos pecado contra ti", (S): “Muéstranos, Señor, tu misericordia”, (P): ”Y danos tu salvación”.
 La tercera consiste en el rezo, por parte del sacerdote, de las súplicas: “Señor, ten piedad”, “Cristo, ten piedad”, “Señor, ten piedad” a las que le interpone invocaciones de acuerdo a las conveniencias litúrgicas: “Tú que eres el Salvador prometido…”, o “Defensor de los pobres…”, etc. El Pueblo a cada una de ellas responde repitiendo sólo el texto de la súplica. Cuando se utiliza esta fórmula, no se dicen los Kyries

3) La absolución, que no es sacramental, sino que expresa un deseo del perdón de Dios. El sacerdote implora a la finalización de cualquiera de las fórmulas adoptada: “Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna”, a lo que la Asamblea responde “Amén”.

El acto penitencial se suprime cuando al principio de la Eucaristía hay otros ritos sacramentales. Así ocurre en la Misa Exequial, en la celebración del Matrimonio y también cuando en la Misa dominical, especialmente en el tiempo pascual, se realiza la bendición y aspersión del agua en memoria del Bautismo, en estos supuestos no sólo se omite el acto penitencial sino también los Kyries.

Kyries

A continuación la Asamblea canta o reza el Kyrie Eleison o Señor ten Piedad, a no ser que en el Acto Penitencial hubiera sido utilizada la tercera fórmula. Los Kyries son seis aclamaciones a modo de jaculatorias: Señor, ten piedad de nosotros; después, Cristo, ten piedad de nosotros; y luego, Señor, ten piedad de nosotros, dos veces cada invocación .Es una antigua fórmula en que se proclama que el Hijo conoce nuestra condición humana, pero que venció el pecado del mundo y por la Resurrección adquirió el nuevo nombre de “Señor”. Téngase presente que esta aclamación es más bien cristológica que trinitaria.


La invocación Kyrie eleison (Señor, ten piedad) revela en sí misma dos realidades comprendidas por parte de quien la dirige: la aclamación y la súplica. La aclamación viene a ser la alabanza, el honor y el reconocimiento a Cristo, Señor de la gloria, del cielo y de la tierra, a quien nosotros tenemos como Hijo de Dios vencedor del pecado y de la muerte. La súplica será entonces la petición dirigida al Señor, para que derrame su gracia sobre nosotros y nos auxilie en medio de nuestra debilidad. Siendo parte de los ritos iniciales de la misa, esta invocación viene a ser el grito confiado que los creyentes dirigen a Jesucristo, quien poco después hablará en la Liturgia de la Palabra, y se dará como comida en la Liturgia de la Eucaristía.

En la Instrucción General del Misal Romano se lee “Después del acto penitencial, se dice el Señor, ten piedad, a no ser que éste haya formado ya parte del mismo acto penitencial. Siendo un canto con el que los fieles aclaman al Señor y piden su misericordia, regularmente habrán de hacerlo todos, es decir, tomarán parte en él el pueblo y la schola o un cantor. Cada una de estas aclamaciones se repite, normalmente, dos veces, pero también cabe un mayor número de veces, según el genio de cada lengua o las exigencias del arte musical o de las circunstancias. Cuando se canta el Señor, ten piedad, como parte del acto penitencial, a cada una de las aclamaciones se le antepone un «tropo»”. 





Gloria

El Gloria es un himno de alabanza, son expresiones de amor y reconocimiento gratuito elevados a la máxima potencia, porque van dirigidas al Dios infinito. Se inicia desde la Sede y la recita o canta toda la Asamblea. Proclama la salvación en Cristo Jesús, da gracias al Padre, y suplica a Dios Trinidad. Alabamos a Dios, reconociendo su santidad, al mismo tiempo que nuestra necesidad de Él.

La Instrucción General del Misal Romano dice: “El Gloria es una antiquísimo y venerable himno con que la Iglesia, congregada en el Espíritu Santo, glorifica a Dios padre y al Cordero y le presenta sus súplicas” (IGMR 31). No es un himno bíblico. Pertenece a los himnos de los primeros siglos: o sea los que fueron compuestos por la misma comunidad. Este himno no estuvo pensado, al principio, para la Eucaristía, sino como canto de oración de la mañana, como “Oh Luz gozosa” estaba destinado para la tarde.


Tuvo seguramente origen oriental. Todavía hoy en la liturgia oriental se canta en la oración matutina. En Occidente es donde gradualmente paso a la Misa:
El primer Papa que introduce este himno en la Liturgia fue el Papa Telesforo (128–139) -quien lo incluye en el Ordinario de la fiesta de Navidad. Su razón es clara: las primera palabras del himno están inspiradas en el canto que el evangelio atribuye a los ángeles en la noche del nacimiento del Señor.
Luego, el Papa Símaco (498–514), lo generalizó para las celebraciones dominicales.
Más tarde se canta en las celebraciones presididas por el obispo en las grandes fiestas (s. V-VI).
 En el s. X-XI se puede decir que se había generalizado el Gloria a todos los domingos y fiestas, fuera obispo o sacerdote el presidente de la celebración.

O sea, el Gloria pasó de ser un canto excepcional, sólo para Navidad o fiestas muy solemnes, a cantarse todos los domingos y fiestas, excepto los tiempos de tono más penitencial.

El Gloria empieza con el canto de los ángeles, y sigue con una serie de alabanzas al Padre, pasa después a alabanzas de Cristo, intercaladas con súplicas al mismo, y concluye con una doxología trinitaria.

a) El canto de los ángeles, tomado de Lc. 2,14, da nombre al himno: “Gloria a Dios en el cielo…” Este inicio se puede pensar como dividido en dos pensamientos: gloria a Dios y paz a los hombres.

b) A continuación cantamos alabanzas al Padre. Una alabanza que se fija más en Dios mismo que en los favores recibidos de Él.

c) Sigue la alabanza a Cristo. Aquí se suceden los nombres o títulos dirigidos a Cristo: “Señor Hijo único, Jesucristo; Señor Dios, Cordero de Dios, Hijo del Padre”. A los títulos les sigue una letanía de súplicas precisamente porque estamos convencidos del Señorío de Cristo le podemos dirigir confiadamente nuestra petición de ayuda. Finalmente dirigimos a Cristo más alabanzas: “porque sólo Tú eres Santo...”

d) Todo concluye con una doxología, breve pero densa.

Es un canto teológico y cristológico de claro color pascual. Un himno de alabanza entusiasta que, con aparente sencillez, va desgranando, alabanzas, títulos y peticiones. El Gloria nos hace empezar, cantando nuestra actitud interior de admiración y gratitud, de confianza y súplica al Dios Trino.

Debería ser un canto entusiasta, festivo. El Gloria pertenece a los cantos que tienen “valor de rito o de acto” (IGMR 17), o sea, que no están pensados como acompañamientos a una procesión o a un gesto, sino que se recitan o cantan por sí mismos.

“Lo canta o la asamblea de los fieles, o el pueblo alternando con los cantores solos. Si no se canta, al menos lo han de recitar todos, o juntos o alternativamente. Se canta o se recita los domingos, fuera del tiempo de Adviento y Cuaresma, las solemnidades y fiestas y en algunas peculiares celebraciones.” (IGMR 31).






Oración Colecta

La colecta es la primera oración exclusivamente sacerdotal que encontramos en la Misa. Oración que el celebrante debe decir no en nombre propio, sino en el de toda la comunidad, de toda la Iglesia. Es una oración presidencial que “recoge”, sintetiza, reúne (colecta) los sentimientos de la Asamblea. De ahí viene el nombre de “oración colecta”.






El celebrante volviéndose hacia el pueblo con las manos abiertas lo invita a la oración diciendo “Oremos”, “y todos, a una con el sacerdote, permanecen un rato en silencio para hacerse conscientes de estar en la presencia de Dios y formular interiormente sus súplicas. Entonces el sacerdote lee la oración que se suele denominar “colecta”. Con ella se expresa generalmente la índole de la celebración, y con las palabras del sacerdote se dirige la súplica a Dios Padre por Cristo en el Espíritu Santo. El pueblo, para unirse a esta súplica y dar su asentimiento, hace suya la oración pronunciando la aclamación: Amén.”(IGMR 32)

Hoy el “Oremos” se ha convertido en una invitación a adherirse mentalmente a la oración que reza o canta el sacerdote, pero en el pasado era sencillamente una exhortación a orar en voz baja y suponía por tanto, siempre una pausa más o menos larga entre la invitación y la colecta.

Antiguamente la composición de la oración dependía de cada celebrante. Unos la improvisaban mientras la iban pronunciando, otros la componían anticipadamente, calcándola sobre algunos modelos. A partir del siglo IV su redacción ya no se deja al arbitrio del celebrante, por existir textos fijos que suelen resumir el carácter del día o la fiesta que se está celebrando. Las formas más clásicas de la colecta no las encontramos, sin embargo, en las fiestas, sino en los domingos después de Pentecostés, los llamados “ordinarios”. Como se trata de días en que no hay motivo particular para la celebración de la misa, y la colecta es oración que comprende las intenciones de todos, su contenido es necesariamente muy general. A veces, ni siquiera se indica intención alguna, sino que se ruega a Dios que nos escuche, es decir, que atienda las peticiones que cada uno en particular le propone.

El sacerdote recita la colecta de pie con las manos extendidas. Después de tener las manos levantadas, el sacerdote junta las manos como para expresar la entrega del propio ser en manos de un superior. Con el “Amén” después de la colecta termina el rito de entrada y así se llega a la Liturgia de la Palabra tema que nos ocupará el próximo viernes.









ORACION DE PERDON







Padre bueno y misericordioso digno de alabanza y adoración; hoy te doy gracias por tu amor tierno y compasivo porque perdonas mis faltas y las apartas de tu vista sin que ellas disminuyan tu amor por mí. Hoy quiero suplicarte una gracia especial, concédele a mi corazón el poder comprender la debilidad de mis hermanos, el entender que aquellos que me han herido tal vez  también estaban heridos, que no podían dar lo que no tenían, por inmadurez o ignorancia. Dame, mi Dios, un corazón tolerante, comprensivo y misericordioso como el tuyo. Señor, dame la gracia de amar con tu corazón.

Amén.

Vicaría Pastoral








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