Un Camino de Gracia

¡Oh, santísima Madre de Dios! Alcanzadme el
amor de vuestro divino Hijo para amarle, imitarle y
seguirle en esta vida y gozar de El en el Cielo. Amén.

domingo, 13 de marzo de 2016

"La Cuaresma de este Año Jubilar, pues, es para todos un tiempo favorable para salir por fin de nuestra alienación existencial gracias a la escucha de la Palabra y a las obras de misericordia." Papa Francisco-






“Señor Jesucristo te pedimos por nuestros hermanos en la fe perseguidos, y por todos los Ecce homo que hay en este momento en la faz de la tierra, cristianos y no cristianos. María, a los pies de la cruz tú te has unido al Hijo y has murmurado detrás de él: “¡Padre perdónalos!”: ayúdanos a vencer el mal con el bien, no solo en el escenario grande del mundo, sino también en la vida cotidiana, dentro de las mismas paredes de nuestra casa. Tú que “sufriendo con el Hijo tuyo que moría en la cruz, has cooperado de una manera especial a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad”, inspira a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo pensamientos de paz, de misericordia y de perdón. Que así sea”.




 La Reconciliación 





Empezaremos nuestras charlas de este año recordando el relato del Génesis que nos habla del pecado original, de esa desobediencia del hombre que, tentado por el diablo, se prefiere a sí mismo en lugar de a Dios y decide vivir sin Dios. 

Leemos en Génesis capítulo 2 versículo 15-17:" El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín de Edén, para que lo cultivara y lo cuidara. Y le dio esta orden: «Puedes comer de todos los árboles que hay en el jardín, exceptuando únicamente el árbol del conocimiento del bien y del mal. De él no deberás comer, porque el día que lo hagas quedarás sujeto a la muerte». A continuación para que el hombre no estuviera en soledad Dios le hace una mujer que es la primera en desobedecer ese mandato del Señor: La serpiente era el más astuto de todos los animales del campo que el Señor Dios había hecho, y dijo a la mujer: «¿Así que Dios les ordenó que no comieran de ningún árbol del jardín?». La mujer le respondió: «Podemos comer los frutos de todos los árboles del jardín. Pero respecto del árbol que está en medio del jardín, Dios nos ha dicho: «No coman de él ni lo toquen, porque de lo contrario quedarán sujetos a la muerte». La serpiente dijo a la mujer: «No, no morirán. Dios sabe muy bien que cuando ustedes coman de ese árbol, se les abrirán los ojos y serán como dioses, conocedores del bien y del mal». Cuando la mujer vio que el árbol era apetitoso para comer, agradable a la vista y deseable para adquirir discernimiento, tomó de su fruto y comió; luego se lo dio a su marido, que estaba con ella, y él también comió. Entonces se abrieron los ojos de los dos y descubrieron que estaban desnudos."





Recuerden que para el pueblo de Israel los demás dioses existían y ¿cuál es la falta del hombre y de la mujer?, ¡qué les dice la serpiente?: “Serán como dioses”, la falta es querer ser como los dioses. Es un tema que se entiende desde la perspectiva de que si bien Israel cree y adora a un solo Dios, acepta la existencia de otros dioses. La serpiente no aparece con cuernitos y diciendo: “¡pecá!, ¡pecá!” No, se presenta diciendo: “¿Por qué tiene que ser Dios el que te diga lo que está bien y está mal?, no es así, podés ser vos el que lo diga, podés ser el Dios que lo determine”. Así aparece la tentación. Si la tentación apareciera con cuernitos y un tridente diciendo “Andá y pecá contra Dios”, todos diríamos, no. Aparece de otra forma, aparece diciendo: “No es tan así, pensalo de otra manera, míralo por el otro lado”. ¿O acaso no es esa la deliberación que hacemos cuando estamos frente a algo que sabemos que no es del todo de Dios y le buscamos la vuelta? Cuando la serpiente aparece todo cambia, la mujer que para el hombre era “hueso de mis huesos y carne de mi carne”, ahora cuando Dios reclama por la desobediencia es “la mujer que me diste me dio el fruto”. Y cuando Dios la interroga a ella “Yo no, la serpiente me dijo”, están acusándose mutuamente. Cuando Yahvé le trajo la mujer al hombre y se la puso delante, estaba todo fantástico, uno frente a otro, pero después que se metió serpiente ya no están más uno frente al otro sino que uno domina. El hombre que estaba en el jardín, cuidando y
labrando, cuando escucha que Yahvé se acerca se esconde, se aleja de Dios. Al dejar que se meta la serpiente, el mal, se rompe la relación que había con Yahvé y entre ellos.


La Biblia sobre el trasfondo de Gen 3, describe en los siguientes capítulos del Génesis y en otros libros una auténtica “invasión” del pecado, que inunda el mundo como consecuencia del pecado de Adán, contagiando con una especie de infección universal a la humanidad entera. Quedó rota la hermandad entre los hombres; así Caín mata a Abel (Gn 4, 1-16) y nace el reinado de la violencia y la ley del más fuerte. El hombre se encuentra dominado por el mal y la tierra se llena de violencia hasta el punto que: Yahvéh se arrepintió de haber hecho al hombre sobre la tierra, doliéndose grandemente en su corazón y Dios permitió el diluvio (Gn 6, 6-9).

De aquella ruptura en el origen de la historia han surgido y surgen, todas las consecuencias dramáticas que conocemos por experiencia. Todo se separa: el hombre de Dios, los hombres entre sí, los pueblos y naciones se enfrentan, aparecen las guerras hasta ser mundiales. Pero cada persona sufre algo más tremendo: la muerte hace su entrada en la humanidad, toda la existencia del hombre está sujeta al miedo de la muerte. El pecado es sinónimo de muerte espiritual, porque por el pecado el hombre ha perdido la gracia santificante, fuente de la vida sobrenatural, cerrándosele las puertas del cielo. Signo y consecuencia del pecado original es la muerte del cuerpo, tal como desde entonces la experimentan todos los hombres. El hombre había sido creado por Dios para la inmortalidad; la muerte que aparece como un trágico salto en el vacío, constituye la consecuencia del pecado. El papa Pablo VI en 1968, al concluir el ´Año de la fe´ decía: "Creemos que en Adán todos pecaron, lo cual quiere decir que la falta original cometida por él hizo caer la naturaleza humana, común a todos los hombres, en un estado en que se experimenta las consecuencias de esta falta y que no es aquél en el que se hallaba la naturaleza al principio de nuestros primeros padres, creados en santidad y justicia y en el que el hombre no conocía ni el mal ni la muerte. Esta naturaleza humana caída, despojada de la vestidura de la gracia, herida en sus propias fuerzas naturales y sometida al imperio de la muerte, se transmite a todos y en este sentido todo hombre nace en pecado. Todos nacemos con esta inclinación al mal y a la muerte.

Pero este mal original no tuvo la última palabra, porque el hombre no fue abandonado por Dios ya que después de la caída de nuestros primeros padres, Dios promete un Redentor. Es el mismo relato del Génesis que hace aparecer a Dios después del pecado para anunciar la salvación. Es un solo versículo, que se conoce como “protoevangelio”, es decir, el primer anuncio de la Buena Nueva, de la salvación del pecado y de la muerte. En él Dios después de maldecir a la serpiente y de decirle que se arrastrará sobre su vientre y comerá polvo toda su vida le advierte: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo. Él te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón” Se refiere al Mesías, al Salvador que aplastará la cabeza de la serpiente, se refiere a Jesucristo que con su muerte y resurrección dará muerte a la muerte, porque resucitando derrota a la muerte para sí mismo y para todos los hombres devolviéndonos la vida eterna.

Dios es la bondad por excelencia, la que no resiste el mal, por eso en Génesis 6 el diluvio universal era una purificación del mal, Dios estaba decidido a desterrar la maldad aniquilando la creación, pero encontró en la tierra a un justo, solo uno, a Noé y por ese uno es que salva la creación, la contemplación de la existencia de un justo dentro de la maldad existente, mueve a Dios a tejer la primera alianza de salvación con Noé como primicia de las alianzas con los patriarcas.
 Pero es recién a partir del capítulo 12 del Génesis que empieza la Historia de la Salvación en sentido estricto, con personajes, lugares y tiempos bien definidos. La Historia de la Salvación es la historia de las sucesivas alianzas que Dios establece con los hombres a fin de preparar a la humanidad para la venida de ese Salvador prometido y la de las rupturas e infidelidades en las que la miseria del hombre, que es también su pecado, muchas veces lo hace caer.

Dios fiel a su promesa elige a Abraham para cumplirla y llevar a cabo su plan de salvación en la historia del hombre. Abraham está destinado en los planes de Dios a ser el origen de un pueblo del que saldrá el Salvador y Dios irá revelándose a este pueblo por medio de los patriarcas y los profetas estableciendo una relación de alianza con él, ofreciéndose a sí mismo (gracia) y ofreciéndole un camino de fidelidad (Ley). Todo el contenido del Antiguo Testamento es la preparación a la venida del Mesías. Israel fue el pueblo de la alianza con Dios, alianza que rompió muchas veces. Cuando adquiría conciencia de la propia infidelidad apelaba a la misericordia de Dios y el Señor que amaba a Israel con el amor de una peculiar elección, semejante al amor de un esposo, perdonaba sus culpas e incluso sus infidelidades y traiciones. Cuando
Dios se ve de cara a la penitencia, a la conversión auténtica, devuelve de nuevo la gracia a su pueblo porque Dios es misericordioso y fiel a su promesa mesiánica. Un antiguo himno cristiano, recogido en la segunda Carta de san Pablo a Timoteo, dice: «Si nosotros somos infieles, Él permanece fiel, porque no puede negarse a Sí mismo». 
 



El papa Francisco en su mensaje para esta Cuaresma decía: "Este misterio de la misericordia divina se muestra a lo largo de la historia de la alianza entre Dios y su pueblo Israel. Dios, en efecto, se manifiesta siempre rico en misericordia, dispuesto a derramar en su pueblo, en cada circunstancia, una ternura y una compasión visceral, especialmente en los momentos más dramáticos, cuando la infidelidad rompe el vínculo del Pacto y es preciso ratificar la alianza de modo más estable en la justicia y la verdad. Aquí estamos frente a un auténtico drama de amor, en el cual Dios desempeña el papel de padre y de marido traicionado, mientras que Israel el de hijo/hija y el de esposa infiel. Son justamente las imágenes familiares —como en el caso de Oseas
(cf. Os 1-2) — las que expresan hasta qué punto Dios desea unirse a su pueblo."


A lo largo de ese atribulado camino del pueblo judío, la promesa de un Redentor o Mesías hecha en el paraíso terrenal, es el primer anillo de una cadena ininterrumpida de profecías en las que Dios va revelando la imagen del Mesías prometido, será rey, sacerdote, siervo doliente, hijo de David, nacerá de una Virgen, será Dios-entre-nosotros, etc.

Con estas profecías se va acentuando el progreso de la revelación y se va manifestando, poco a poco, la figura radiante de Jesucristo a medida que se acerca la plenitud de los tiempos, el día en que el sentido de la Historia de la Salvación alcanza su culminación en Cristo. Cuando la segunda Persona de la Santísima Trinidad se hace hombre en las purísimas entrañas de la Virgen María por obra del Espíritu Santo; y cuando este Dios y Hombre verdadero - Jesucristo - murió en la Santa Cruz para pagar por todos los pecados del mundo, reconciliándonos así con Dios, con nosotros mismos, con los hermanos humanos y con toda la creación, se cumple la promesa que iluminara la primera página de esta Historia de Salvación.

Es que el plan divino de la salvación, del cual la Revelación es una parte, tiene un centro, que es a la vez una culminación y una «recapitulación», y ese centro es Cristo, Dios y hombre verdadero. «Cuando llegó la plenitud de los tiempos, la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros llena de gracia y de verdad. Cristo estableció en la tierra el reino de Dios, se manifestó a sí mismo y a su padre con obras y palabras, llevó a cabo su obra muriendo, resucitando y enviando al Espíritu Santo»
(Dei Verbum, n. 17).

Estamos a las puertas de la Semana Santa en que vamos a celebrar el cumplimiento de esa promesa de Dios de enviarnos un Salvador que rescata a la humanidad entera del pecado de nuestros primeros padres y que, dando muerte a la muerte, vuelve a abrirnos las puertas de la eternidad haciéndonos ciudadanos del cielo. Celebramos el paso de la muerte a la vida y de la esclavitud a la libertad, porque Cristo con su Resurrección nos ha dado la vida de la gracia. Celebramos que Cristo nos ha reconciliado con el Padre.

Cuando rezamos el Credo decimos que Jesús después de morir “descendió a los infiernos”. La Sagrada Escritura llama infierno, sheol o hades a la morada de aquellos que muertos antes de Jesús se encontraban en ese lugar privados de la visión de Dios, a la espera del Redentor. Cristo, por tanto, bajó a la profundidad de la muerte para liberar a los justos que le habían precedido y para que, a partir de ese momento, los muertos oigan la voz del Hijo de Dios y los que la oigan vivan. Jesús, el Príncipe de la vida, aniquiló mediante la muerte al señor de la muerte, es decir, al diablo y libertó a cuantos, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud.

Este descenso a los infiernos es lo que sucede cada Semana Santa, uno puede decir, bueno nosotros no estamos en el infierno, pero lo debemos pensar en el sentido de que cualquier espacio del corazón donde la luz de Dios no llega del todo es el infierno, porque el infierno es el lugar donde Dios no está, allí donde se pierde la paz y tantas otras cosas que se pierden en el día o en la vida cuando Dios no está. 


Dios desciende cada Viernes Santo al infierno donde estemos, a ese lugar de tinieblas donde tal vez podemos hallarnos. Dios va a descender y nos va a sacar de allí. Él viene a esta Pascua para eso, para eso vuelve a morir cada Viernes Santo, para llegar a ese lugar y sacarnos a la luz y eso va a suceder de Pascua en Pascua hasta que llegue el día que nos saque para siempre para llevarnos a la luz eterna.




Hoy día nos encontramos transitando el tiempo litúrgico de la Cuaresma a fin de prepararnos para estas celebraciones. Es un tiempo litúrgico de los fuertes, que se extiende desde el miércoles de Ceniza hasta el comienzo del Triduo Pascual, es un tiempo de ayuno, de penitencia, de arrepentimiento, de pensar en mis pecados, en mi conversión, en lo que tengo que cambiar, en nuestros buenos propósitos, en las buenas obras.




Si indagamos en la liturgia cuaresmal, que es como la que condensa la espiritualidad de este tiempo, la forma de atravesarlo, encontraremos que el texto de la antífona de entrada de la Misa del miércoles de Ceniza con que se inicia la Cuaresma dice: Señor, te compadeces de todos porque todo lo puedes y disimulas los pecados de los hombres para que se arrepientan. Eres indulgente con todas las cosas porque son tuyas, Señor que amas la vida Este texto, que es el primero que nos pone la liturgia en la Cuaresma, nos ubica antes que nada frente a la misericordia, nuestro pecado viene después. Lo primero que nos pone es la misericordia de Dios, su perdón, su bondad, siendo nuestro deseo de conversión consecuencia de esto. Ello es así porque la contemplación de tanto amor de Dios, de tanta bondad, de tanta paciencia, de todo esto que va a ir apareciendo en los textos sagrados de Cuaresma, esa contemplación del ser de Dios, ese ser que disimula los pecados del hombre para que se arrepienta, provoca en aquél que se pone ante Él, ante la cruz en definitiva, provoca la confesión de los pecados y el deseo de cambiar.

¿Cómo hacer ese camino de contemplación? Para ello, simplemente, podemos contemplarlo a Dios en las lecturas de la Misa dominical de este tiempo fuerte. Ir leyendo los textos que van apareciendo e ir metiéndonos en esa palabra de Dios nos va a ir como sumergiendo en esa espiritualidad de la Cuaresma. Simplemente hacerse un tiempo, leer y tratar de que la palabra de Dios nos cale hondo.

Así esa primera frase de la antífona del miércoles de Ceniza nos muestra como Dios expresa su poder sobre todo en la compasión. Donde más muestra Dios que es Dios es perdonando, es en la paciencia, en la misericordia, que en definitiva no es más que el amor de Dios. Dios muestra su ser en la misericordia porque su ser es amor y la misericordia es una expresión del amor. Pero ese perdón de los pecados, esa disimulación de las faltas es para algo más grande, es justamente para llevarnos al arrepentimiento, tal como lo expresa el final de la primera frase de esta antífona.

También habla del arrepentimiento la primera lectura del miércoles de Ceniza, sacada del capítulo 2 del libro de Joel, de la que tomaremos los versículos 12 a 14 en los que Dios, a través del profeta, le dice al pueblo: Mas ahora todavía - oráculo de Yahveh - volved a mí de todo corazón, con ayuno, con llantos, con lamentos. Desgarrad vuestro corazón y no vuestros vestidos, volved al Señor vuestro Dios, porque él es clemente y compasivo, tardo a la cólera, rico en amor, y se ablanda ante la desgracia. ¡Quién sabe si volverá y se ablandará, y dejará tras sí una bendición, oblación y libación…! Generalmente estamos acostumbrados a pensar en el arrepentimiento del hombre pero aquí se trata de que cuando Dios ve la conversión del hombre, lo que el hombre hace para cambiar, para volver a Él, el texto dice que Dios se ablanda. Es precioso pensarlo así porque nosotros, a veces, tenemos una imagen de Dios que ve nuestros pecados y nos dice ¡Arrepiéntete! como una cosa dura y la mirada de Dios nada tiene que ver con esa caricatura que tenemos de Él. Dios mismo se nos presenta en la Biblia con una capacidad de ablandarse ante el hombre, la Biblia nos habla de un Dios abierto a la libertad del hombre, de un Dios que espera, de un Dios que cree que el hombre puede cambiar. 

Dios llama al hombre en esta Cuaresma ¡Vuelvan a mí! y Dios cree que esa palabra va a entrar en el corazón del hombre y que será capaz de cambiar. Dios siempre ve el esfuerzo que el hombre hace para volver a Él. Esto ya lo habíamos apreciado cuando hablamos de las infidelidades del pueblo de Israel y como, de cara al arrepentimiento y a la conversión, la misericordia de Dios siempre lo alcanzaba. Ese es el Dios que disimula el pecado y lo perdona, por eso el evangelio del miércoles de Ceniza que esta sacado de Mateo 6, trae a ese Dios Padre que ve y que lee el secreto del corazón del hombre. Noten que en unos pocos versículos de ese evangelio, en un trozo más o menos corto, es impresionante todas las veces que Jesús repite con insistencia: “…que tu limosna quede en secreto y tu padre que ve en lo secreto, te recompensará”; “… cierra la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará”; “… que tu ayuno no sea conocido por los hombres, sino por tu Padre que está en lo secreto y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará” El Padre que ve nuestro secreto como nadie lo ve, el Padre que lee nuestro corazón, que lee nuestros sentimientos, nuestros pensamientos, al igual que en muchas ocasiones lo hiciera Jesús como, por ejemplo, en la curación del paralítico que habían introducido por una abertura del techo,


cuando leyó lo que estaba en el corazón de los escribas que lo estaban juzgando, y si leyó en el corazón de los escribas cuánto más leerá en nuestros corazones que quieren ser de Dios.

El texto de ese evangelio de Mateo nos marca también la espiritualidad de la Cuaresma, una espiritualidad del arrepentimiento pero de contemplar a Dios, de ponerlo a Dios primero, y una espiritualidad que está orientada hacia adentro, hacia el interior, porque nos presenta a un Dios que está mirando dentro del corazón del hombre. En esta era donde todo es un salir hacia afuera, la comunicación cibernética, las redes sociales, el mostrarse -que si bien sabemos nos puede dar cosas muy buenas también advertimos que puede llegar a ser un arma de doble filo-, en este tiempo, que bien nos hace ese llamado de Jesús de vivir más hacia adentro, de pensar, de darnos cuenta que tenemos un Padre que está mirando dentro del corazón del hombre. Los cambios siempre van de adentro hacia afuera, si el arrepentimiento no es provocado en el fondo del corazón no alcanza, no se mantiene, no alcanza para sostener la vida.


La Cuaresma es un llamado a vivir en el desierto, en el silencio, para escuchar esa voz del Padre. Jesús dice “Cierra la puerta y ora a tu Padre” es un llamado a cerrar la puerta en la Cuaresma. Pero no es un cerrar para contemplarnos a nosotros mismos, como estoy o como no estoy, ni siquiera para contemplar si somos más buenos o no, es un cerrar la puerta para acallar los ruidos y todo aquello que nos separa de Dios. El papa Benedicto decía y también el papa Francisco lo repite: “Que el hombre se salga del centro y lo ponga a Dios en el centro”. Para eso hay que cerrar la puerta y contemplar al Padre de la misericordia y en ese silencio, al acallarse las cosas que están de más, será más fácil descubrir la voz de Dios.

No puedo terminar sin referirme a la segunda lectura del miércoles de Ceniza, 2 Cor 5,20-6,2, donde hay una frase de Pablo a la comunidad diciendo: …es Dios el que exhorta a los hombres por intermedio nuestro. (Dios es el que habla a través de nosotros simples hombres, es Dios el que les está hablando) ¡Déjense reconciliar con Dios! … No reciban en vano la gracia de Dios: este es el momento favorable, este es el día de la salvación… Es una palabra que penetra, con esta palabra empezamos la Cuaresma y es Cristo quien nos suplica ¡Déjense reconciliar con Dios, con el Padre! Nosotros estamos acostumbrados a que sea el hombre el que suplica a Dios, los salmos nos muestran siempre al hombre suplicando, en el evangelio constantemente van al encuentro de Cristo suplicando ¡Señor ten piedad de mí!, nosotros todos los día vivimos suplicándole a Dios y está bien y tiene que ser así porque Dios es Dios y nosotros somos hechura suya, necesitamos de Dios. Pero, a veces, aparece en la Biblia, como ya vimos, un Dios que se arrepiente y también un Dios que suplica al hombre. Este texto de Pablo es una prueba, es Cristo el que nos está hablando, ¡Déjense reconciliar con Dios, con el Padre!

Esta misma actitud, estas mismas palabras, las vemos en el evangelio de Lucas en la parábola de la misericordia, la del hijo pródigo. Ahí hay un versículo que pasa casi desapercibido Lc 15,28, cuando el hijo mayor que escucha la fiesta que el padre da por el regreso del hijo menor, se enoja y no quiere entrar: El hijo se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Esta es la humildad de Dios, porque aquí hay una humildad muy grande por parte de Dios, porque en la súplica siempre hay un abajamiento. Para nosotros es más fácil porque nosotros le suplicamos a Dios, pero Dios es Dios. En la súplica hay un abajamiento, tenemos que hacernos pequeños para suplicar, reconocer que yo necesito algo. En la súplica para pedir perdón o algo que necesite, se nota mi humildad, la conciencia de que Dios es Dios y es más grande, y yo, pequeño, tengo que recurrir a Él. Cuando el Padre suplica al hijo que entre, es Dios que le suplica al hombre que entre a la fiesta. La encarnación es el abajamiento de Dios, Dios cuando vino a la tierra y se hizo hombre vino para suplicarnos que volviéramos a Él, ahí está teológicamente la humildad de Dios. Esa es la humildad que estamos llamados a vivir, es una humildad que desarma el corazón de Dios y que desarma también el nuestro.



No puede sino convertirnos el que sea Cristo el que nos dice ¡Déjense reconciliar con Dios! Porque además no dice: Reconcíliense con Dios, sino: Déjense reconciliar con Dios, es Dios el que lo hace, ni siquiera somos nosotros, porque aquí el sentido es: Dejen que Dios los reconcilie. Cristo vino al mundo para eso. Estos días de Cuaresma se canta mucho una antífona, sacada de ese texto de la carta de Pablo, que dice: Este es el tiempo favorable, éste es el día de la salvación. Este día que estamos transitando hoy, este es el momento favorable, favorable en el sentido de que es el tiempo que Dios me está regalando a mí para volver. ¡Déjense reconciliar con Dios! Reconciliar es un verbo que viene del latín y sabemos lo que significa, es volver a unir algo que antes ya estaba unido, es volver a restablecer una relación quebrada, desunida, perdida, pero que ya antes existía, no es hacer una nueva relación con Dios. Nosotros salimos de las manos de Dios y al ser Dios
nuestro padre hay una relación que aunque nosotros no la queramos existe, la relación de padre a hijo, de dependencia y si por el Bautismo tuvimos la gracia de ser hijos no solo por la creación sino por adopción, por gracia, el pecado quiebra esa relación. Es una relación de alianza y la alianza siempre es entre dos, si uno de los dos rompe el pacto, la relación se quiebra.
El perdón es lo que restablece la alianza, el perdón es lo que nos permite siempre volver a lo más grande que es la alianza con Dios, por más que nosotros somos siempre los que la rompemos, siempre se va a restaurar, siempre, en el último momento de la vida Dios nos va a esperar para restaurar la alianza. Cuaresma es ese tiempo propicio y saludable para volver no solamente al perdón, porque a veces nos quedamos solamente con el perdón y el sacramento del perdón es extraordinario pero fíjense que la Iglesia lo llama Sacramento de la Reconciliación y lo llama así porque perdona el pecado pero no solo para tranquilizar y aliviar mi conciencia, no solo para eso, sino, fundamentalmente, para recuperar esa relación con Dios, es el Sacramento que restaura la relación con Dios y a eso estamos llamados.
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Es bueno terminar esta charla que versara sobre las dos reconciliaciones con las palabras de San Cirilo de Alejandría en su comentario sobre la segunda carta a los Corintios 5,5-6,2.

           Dios nos ha reconciliado por medio de Cristo
y nos ha confiado el ministerio de esta reconciliación.






ORACION FINAL

¡Oh Dios!, protector de cuantos en ti confían,

sin cuyo poder nada hay fuerte, nada hay santo;

aumenta en nosotros tus misericordias, para que,

siendo tú quien nos dirijas y nos guíes

de tal manera pasemos por las cosas temporales,

que no perdamos las eternas.

Te lo pedimos por el corazón de tu santísimo Hijo Jesús. Amén.



Parroquia Santo Tomas Moro- Catequesis Misionera viernes

www.catequesismisioneraviernes.blogspot.com.ar

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