Un Camino de Gracia
¡Oh, santísima Madre de Dios! Alcanzadme el
amor de vuestro divino Hijo para amarle, imitarle y
seguirle en esta vida y gozar de El en el Cielo. Amén.
amor de vuestro divino Hijo para amarle, imitarle y
seguirle en esta vida y gozar de El en el Cielo. Amén.
domingo, 18 de diciembre de 2016
lunes, 5 de diciembre de 2016
Te damos gracias por todos tus beneficios, Dios todopoderoso, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
Las bodas de Caná
Relato del Evangelio según San Juan (Jn 2,1-12)
Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. Y, como faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le dice a Jesús su madre: «No tienen vino.» Jesús le responde: «¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora.» Dice su madre a los sirvientes: «Haced lo que él os diga.»
Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una. Les dice Jesús: «Llenad las tinajas de agua.» Y las llenaron hasta arriba. «Sacadlo ahora, les dice, y llevadlo al maestresala.» Ellos lo llevaron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio y le dice: «Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora.» Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos. Después bajó a Cafarnaúm con su madre y sus hermanos y sus discípulos, pero no se quedaron allí muchos días.
Palabra del Señor
Catequesis de San Juan Pablo II
Este Viernes Tenemos la Visita del Diacono Fernando que nos trae una meditacion sobre el Evangelio segun San Juan..
Aqui compartimos momentos de ese lindo Viernes ,, agradecemos la Visita del Diacono que tan generosamente visito la catequesis, con alegria y entusiasmo!!!
lunes, 7 de noviembre de 2016
QUE NO ME IMPORTE, SEÑOR Las falsas promesas que el mundo me ofrece frente a las tuyas que han de ser perpetuas. Los cortos caminos, que me llevan al abismo, frente a los tuyos –estrechos y difíciles- pero con ese final feliz y glorioso de tu presencia eterna. Amén
Domingo XXXII – Ciclo C
SERÁN COMO ÁNGELES
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas 20,27-33
Se acercaron a Jesús algunos saduceos, que niegan la resurrección, y le dijeron: «Maestro, Moisés nos ha ordenado: “Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda”. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia. Finalmente, también murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?». Jesús les respondió: «En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección. Que los muertos van resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Porque él no es Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para él»
Seremos como ángeles, es la gran promesa dada por Jesús de Nazaret como respuesta a la manifiesta mala fe de los saduceos mediante su tristemente famosa trampa. Buscando reírse o condenar a Jesús, ellos –sin desearlo—obtienen del Maestro esa gran promesa para la Vida Futura que hace más fácil caminar por la presente. Seremos como ángeles y estaremos siempre contemplando el rostro luminoso de nuestro Dios
Los saduceos eran un movimiento religioso conservador que negaba la resurrección de los muertos. De hecho, fueron a plantearle la cuestión a Jesús para hacerle perder autoridad, porque lo veían como una amenaza. Ellos decían que en los libros del Pentateuco no se hablaba de la resurrección por ninguna parte, sin tener en cuenta que en el Antiguo Testamento poco a poco, de forma progresiva, Dios fue revelando el misterio de la resurrección. Estaban anclados en el pasado y se negaban a aceptar la existencia de otra vida, no valoraban, por ejemplo, el segundo Libro de los Macabeos de donde se toma la primera lectura de este domingo.
Lectura del segundo libro de los Macabeos (7,1-2.9-14):
En aquellos días, arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la Ley.
Uno de ellos habló en nombre de los demás: «¿Qué pretendes sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres.»
El segundo, estando para morir, dijo: «Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna.»
Después se divertían con el tercero. Invitado a sacar la lengua, lo hizo en seguida, y alargó las manos con gran valor. Y habló dignamente: «De Dios las recibí, y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios.»
El rey y su corte se asombraron del valor con que el joven despreciaba los tormentos. Cuando murió éste, torturaron de modo semejante al cuarto. Y, cuando estaba para morir, dijo: «Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida.»
Palabra de Dios
En aquellos días, arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la Ley.
Uno de ellos habló en nombre de los demás: «¿Qué pretendes sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres.»
El segundo, estando para morir, dijo: «Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna.»
Después se divertían con el tercero. Invitado a sacar la lengua, lo hizo en seguida, y alargó las manos con gran valor. Y habló dignamente: «De Dios las recibí, y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios.»
El rey y su corte se asombraron del valor con que el joven despreciaba los tormentos. Cuando murió éste, torturaron de modo semejante al cuarto. Y, cuando estaba para morir, dijo: «Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida.»
Palabra de Dios
Los saduceos, que eran enemigos de los fariseos, se ponen de acuerdo con ellos y buscando ridiculizar la resurrección de los muertos inventan el ejemplo extraño, pero no inverosímil, de una mujer que, según la Ley del Levirato, viene a ser viuda y esposa sucesivamente de siete hermanos y preguntan: ¿al resucitar de cuál de ellos será mujer?
Jesús aclara el concepto de resurrección. Es otra dimensión. No se trata de una simple reanimación del cuerpo, ni de una prolongación de esta vida. Por eso es absurdo el planteamiento de los saduceos. Jesús responde diciendo que cuando morimos aquí participamos en la resurrección, mediante la cual no volvemos a morir y en esa vida en plenitud no importará si uno está casado o soltero, es una vida nueva, donde se manifestará de verdad que somos hijos de Dios y le "veremos tal cual es”
Por la muerte, el alma se separa del cuerpo, pero en la resurrección Dios devolverá la vida incorruptible a nuestro cuerpo transformado, reuniéndolo con nuestra alma. Así como Cristo ha resucitado y vive para siempre, todos nosotros resucitaremos en el último día (Cat. Nº 1016). Creer en la resurrección de la carne significa que nuestra vida no termina dentro de un sepulcro. Nosotros nacemos para vivir, no para morir. Como Jesús de Nazaret, seremos resucitados por el poder de Dios. Dice San Pablo: “Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros”(Rm 8, 11)
No es el cadáver lo que se reanima con la resurrección a la que estamos llamados al final de los tiempos, es todo nuestro ser el que participa de una vida eterna, que no se acaba, que se plenifica, que nos hace felices para siempre. La expresión «resurrección de la carne» hace una explícita mención al aspecto «material» de la resurrección. No se trata de la inmortalidad del alma, sino de la resurrección de todo nuestro ser: del cuerpo y del alma, pero glorificados. «Carne» significa entonces aquí todo el corazón, toda el alma, toda la mente: es el hombre entero, es decir, la naturaleza humana. La «resurrección de la carne» significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros «cuerpos mortales» (Rm 8, 11) volverán a tener vida (Cat. Nº 990).Cada uno resucitará con su propio cuerpo, pero glorificado. Un cuerpo totalmente animado y poseído por el Espíritu dador de Vida y, por tanto, incorruptible, glorioso y fuerte. Cristo resucitó con su propio cuerpo: «Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo» (Lc 24, 39); pero El no volvió a una vida terrenal. Del mismo modo, en El «todos resucitarán con su propio cuerpo, del que ahora están revestidos» (Cc. de Letrán IV), pero este cuerpo será «transfigurado en cuerpo de gloria» (Flp 3, 21), en «cuerpo espiritual» (1 Co 15, 44) (Cat. Nº 999).La resurrección será en el «último día» (Jn 6, 39-40. 44. 54; 11, 24); «al fin del mundo» (LG 48) y así la resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía –segunda venida– de Cristo
Afirmar la fe en la resurrección de la carne no es sólo creer en «la otra vida», significa también creer que esta vida nuestra, gracias a Dios, se impondrá sobre la muerte.
La respuesta que Cristo da a los saduceos es muy clara, pero no fácil de entender e imaginar. “Serán como ángeles”, les dice, pero, evidentemente, sin dejar de ser plenamente humanos, es decir, sin dejar de ser la misma persona que fueron mientras vivieron en la tierra. Y aquí surge nuestra dificultad: ¿cómo podemos vivir como ángeles sin dejar de ser plenamente personas humanas? Esta dificultad la tenían ya los primeros cristianos, en tiempos de san Pablo. En el capítulo 15 de su primera carta a los Corintios, san Pablo responde así a los que le hacen esta pregunta: “¡Necio! Lo que tú siembras no revive si no muere… Así también en la resurrección de los muertos: se siembra corrupción, resucita incorrupción… se siembra un cuerpo mortal, resucita un cuerpo espiritual”
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| wikipedia |
La verdad es que yo no sé decir mucho más de lo que dijo san Pablo: la fe nos dice que el mismo cuerpo mortal que muere es el que resucita como cuerpo espiritual incorruptible. Somos seres humanos con un cuerpo mortal y corruptible, pero con vocación de vida eterna.
Es bueno ahora preguntarnos si nuestro pensamiento no es el de los saduceos. En teoría no, de hecho, si negamos la resurrección nos salimos completamente de la fe cristiana, por otra parte es la verdad que cierra nuestro Credo. Pero en la práctica, nuestras actitudes, nuestras prácticas religiosas, nuestros miedos y nuestras reacciones ante la muerte parece que hacen ver algo completamente distinto.
Fíjense que por un lado todos nosotros tratamos de imaginar lo inimaginable y con nuestra limitada capacidad no podemos concebir otra vida que no sea calcada en la vida que llevamos ahora, sin conceder a Dios sapientísimo imaginación e invectiva suficientes como para poder programar otras vidas y otros planes distintos y muchos más hermosos. Creemos en un Dios que es espíritu y que no es palpable con nuestras manos y sin embargo muchas veces se nos hace imposible pensar en este tú y yo en cuerpos espirituales, como dice San Pablo. Lo que pasa es que en realidad, a ese Dios espiritual le ponemos barbas blancas para hacerlo el Padre, o le pintamos en forma de paloma y le llamamos Espíritu Santo. Es nuestra innata tendencia a pensar que nosotros somos el patrón por el que todo ser viviente tiene que estar recortado según somos nosotros.
Y esto es lo que Jesús viene a decirnos en el evangelio que estamos meditando, que dejemos aparte nuestra infinitesimal imaginación y creamos en el Reino de los Cielos sobre el que Dios quiere reinar. Y en el Evangelio encontramos la clave para mantenernos en esta fe, en esta esperanza y en esta fortaleza ante los vaivenes de la vida: estamos llamados a participar en la resurrección porque somos hijos de Dios, de un Dios de vivos, no de muertos. Precisamente esa relación de hijos de Dios y de hermanos entre nosotros es la que viviremos en el cielo. No necesitaremos los vínculos matrimoniales, ni familiares, porque seremos una sola familia, una gran familia, la de los hijos e hijas de Dios, la de los hermanos que se quieren con una fraternidad plena. Por eso Jesús responde a los saduceos diciendo: “En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán… son hijos de Dios, porque participan de la resurrección”.
No olvidemos que la resurrección de Jesús (y por ende también la nuestra) es el eje central de nuestra fe. No olvidemos en qué Dios creemos, un Dios de vivos. No olvidemos que el amor de Dios es más fuerte que la misma muerte. Esa es nuestra fe y nuestra esperanza y con ellas podemos afrontar cualquier situación de nuestra vida, por difícil que sea, sabiendo que Dios está con nosotros, que nos acompaña y que nos dará fuerzas para salir adelante. Lo que nosotros debemos hacer es buscar esas fuerzas, acudir a Él y sentir que nos acompaña siempre.
Jesús va a repetir durante toda su enseñanza esa condición de vida permanente y la existencia del mundo futuro. La singularidad emocionante de esta doctrina lleva a la Iglesia al dogma de la Comunión de los Santos, pieza angular de nuestra fe que reúne para siempre --y de manera activa-- a todos los fieles de cualquier época. La Comunión de los Santos tiene dos significados relacionados: comunión en las cosas santas y comunión entre las personas santas y esta última es « una de las verdades más consoladoras de nuestra fe», porque «nos recuerda que no estamos solos, sino que hay una comunión de vida entre todos los que pertenecen a Cristo. Una comunión que nace de la fe y que “va más allá de la vida terrena, va más allá de la muerte y dura para siempre”
Es una unión espiritual que nace en el bautismo y no se rompe con la muerte: gracias a Cristo resucitado, está destinada a encontrar su plenitud en la vida eterna. Hay un vínculo profundo e indisoluble entre los que todavía peregrinan en este mundo (entre nosotros) y los que han cruzado el umbral de la muerte a la eternidad. Todos los que peregrinan aquí en la tierra, las almas del Purgatorio y los beatos que ya están en el paraíso forman una grande y única familia cuyos miembros están unidos entre sí con los vínculos de la caridad divina. De la misma manera que los santos del cielo nos aman y ruegan por nosotros y por las almas del Purgatorio, así las almas purgantes nos aman e interceden por nosotros y nosotros igualmente debemos amarlas y orar por ellas.
Esta comunión entre el cielo y la tierra se realiza sobre todo en la celebración del Sacrificio Eucarístico donde ocurren dos cosas que tienen que ver con esto: en primer lugar, la entrega en la cruz de Jesús y su resurrección salvadora, la que nos abrió a nosotros también las puertas de la VIDA; y en segundo lugar, la Plegaria Eucarística, luego de la Consagración, incluye una serie de oraciones por las que nos unimos la Iglesia del cielo, de la tierra y del purgatorio. En estas oraciones que se llaman intercesiones vivimos de modo intensísimo el misterio de la Comunión de los Santos. Creamos un micro-clima de fraternidad, un intento de lo que viviremos en plenitud en el cielo, pero aquí y ahora es donde intentamos hacerlo realidad a través de esas oraciones de intercesión. Por eso en la que realizamos por quienes han cruzado el río de la vida se produce entre ellos y nosotros una unión admirable, invisible, pero real; un intercambio de pensamientos, afectos, de ayuda recíproca, una relación basada en el amor que es más fuerte que la muerte, porque en esta comunión circula la vida divina de Jesús, vida que no se extingue con la muerte.
El Evangelio de este domingo ilumina la gran esperanza que nos da Jesús respecto al mundo futuro: moriremos pero resucitaremos. Y cuando se produzca esa nueva situación nuestro cuerpo glorioso nos hará parecidos a los ángeles. La promesa del Señor está clara. Y ante ella la muerte no nos debe asustar.
No obstante, la actitud terrena y temporal de los saduceos todavía sigue vigente en la doctrina de algunos. Otros dicen creer en esa vida del más allá, pero en realidad su conducta prescinde por completo de esa realidad. Viven como si todo se terminara aquí abajo; como si sólo importase el dinero o todos esos valores meramente materiales por los que suspiran, viviendo como si todo se redujera a los cuatro días que pasan en esta tierra. Olvidan que todo lo de aquí abajo es relativo y pasajero, que sólo quedará en pie la vida santamente vivida, sólo nos servirá el bien que hayamos hecho por amor a Dios. La muerte nos va a llegar a todos y nuestra esperanza está en el paso a una vida mejor con la certeza de esa permanencia absoluta en el tiempo y el espacio que nos trae la resurrección y nuestra transformación gloriosa.
Cuando se es joven, o se tiene buena salud, el fenómeno de la muerte parece algo muy lejano aunque, tal vez, la desaparición de un ser querido nos acerca más a ella. Más adelante, cuando los años pasan, la creciente posibilidad de morir abre una mayor cercanía o familiaridad con este hecho que para aquellos que no son capaces de pensar en dicha trascendencia es como un final absoluto que hace que su cercanía estremezca y desasosiegue. Pero muchos ochentosos con fe, como yo, sabemos que es solo un paso hacia otro tipo de vida, que nuestro cuerpo deteriorado será un día como el de los ángeles, pleno de belleza, que la vida que nos ofrece Jesús de Nazaret no termina con la destrucción del cuerpo. Es una vida eterna en un ámbito pleno de luz, con un cuerpo glorioso y en presencia del rostro del Señor.
Es lo que celebramos cada domingo, día en que Cristo ha vencido a la muerte haciéndonos partícipes de su vida inmortal.
ORACION FINAL
QUE NO ME IMPORTE, SEÑOR
Cómo me rescatarás de la muerte,
cuanto saber que, ahora y aquí,
me acompañas y me animas con tu Palabra
me alimentas con tu Cuerpo y con tu Sangre
y, en el fondo de mi alma,
me haces arder en ansias de poder verte
QUE NO ME IMPORTE, SEÑOR
Las falsas promesas que el mundo me ofrece
frente a las tuyas que han de ser perpetuas.
Los cortos caminos, que me llevan al abismo,
frente a los tuyos –estrechos y difíciles-
pero con ese final feliz y glorioso
de tu presencia eterna. Amén
domingo, 23 de octubre de 2016
La palabra rosario significa corona de rosas y María ha revelado que cada vez que al rezarlo decimos un Ave María le estamos regalando una hermosa rosa ..."
Octubre, mes del Rosario
"El Rosario es la oración que acompaña siempre la vida,
es también la oración de los sencillos y de los santos…
es la oración de mi corazón”. Papa Francisco
Virgen del Santo Rosario, Madre del Redentor, humilde sierva del Señor, proclamada Reina del mundo, desde lo profundo de nuestras miserias recurrimos a ti. Con confianza de hijos miramos tu rostro dulcísimo.
Brindándonos tu Rosario, tú nos invitas a contemplar a Jesús. Tú nos abres su corazón, abismo de alegría y de dolor, de luz y de gloria, misterio del Hijo de Dios, hecho hombre por nosotros. A tus pies sobre las huellas de los santos, nos sentimos familia de Dios.
Te entregamos nuestras miserias, los tantos caminos del odio y de la sangre, las mil antiguas y nuevas pobrezas y sobre todo nuestro pecado. A ti nos encomendamos, Madre de misericordia: obtennos el perdón de Dios, ayúdanos a construir un mundo según tu corazón.
Oh Rosario bendito de María, cadena dulce que nos anuda a Dios, cadena de amor que nos hace hermanos, no te dejaremos jamás. En nuestras manos serás arma de paz y de perdón, estrella de nuestro camino. (Párrafos extractados de la oración del Papa Francisco a Nuestra Señora del Rosario)
La Iglesia ha dedicado especialmente el mes de Octubre a la devoción mariana del rezo del Santo Rosario, no con un sentido exclusivo, sino para potenciar la importancia que tiene para nuestra vida esta expresión de devoción a María. La palabra rosario significa corona de rosas y María ha revelado que cada vez que al rezarlo decimos un Ave María le estamos regalando una hermosa rosa y que el rezo de cada Rosario le hace una corona de rosas. La rosa es la reina de las flores y así el Rosario es la rosa de todas las devociones, la más excelsa a la Madre del Señor.
Aunque el Rosario se distingue por su carácter mariano, en realidad se trata de una oración Cristocéntrica porque a través de él se contemplan los Misterios de la Vida de Cristo, de suerte que el Rosario es un recuerdo de la vida, los sufrimientos, los momentos luminosos y gloriosos del Señor, acompañado de los momentos de grandeza de la Santísima Virgen. De ahí que el Papa Pablo VI dijera que el Rosario “es el compendio de todo el Evangelio… se trata de que aprendamos, con María, a contemplar la belleza del rostro de Jesucristo y a experimentar la profundidad de su amor…”, o con las palabras de San Juan Pablo II ”… y de esto se trata el Rosario, de contemplar a Cristo con los ojos y el corazón de su santísima Madre”
Para algunas personas su rezo es un tiempo desperdiciado en una letanía de repetidas oraciones las que, en la mayoría de los casos, dicen de una manera distraída y maquinalmente. Pero no es así, ni así se debe rezar. En primerísimo lugar, el hecho de ponernos a rezarlo ya es un acto de amor a la Madre de Dios que implica una súplica constante y repetida de su intercesión en el presente y también en la hora de la muerte. En segundo lugar, su rezo está compuesto de dos elementos: la oración verbal y la oración mental. La oración verbal consiste en el recitado de las diez Ave Marías encabezadas por un Padrenuestro y seguidas por un Gloria que componen cada una de las decenas del Rosario. La oración mental no es otra cosa que la meditación sobre los principales misterios o hechos de la vida, muerte y gloria de Jesucristo y de su Santísima Madre.
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| Imagen del Sitio Legion de Maria Medellin |
Tal vez, por lo repetitivo del rezo, como Santa Teresa decía, la "loca de la casa", nuestra mente, se nos vaya de aquí para allá en pertinaz distracción, pero aún así nuestro corazón y nuestra voluntad están puesto a los pies de la Madre de Dios, y esas Avemarías son como el incienso que sube hasta el corazón de nuestra Madre la Virgen Santísima. Para tales casos sirvan de aliento y sosiego las palabras de -Santa Teresita de Lisieux:
"Lo que me cuesta en gran manera (me da vergüenza confesarlo) es el rezo del rosario... ¡Reconozco que lo rezo tan mal! En vano me esfuerzo para meditar los misterios del rosario, no consigo fijar la atención. Durante mucho tiempo estuve desolada ante esta falta de devoción, que me sorprendía, pues amando tanto a la Santísima Virgen, debiera resultar fácil rezar en su honor oraciones que tanto le agradan. Ahora me desconsuelo menos, pues pienso que la Reina de los cielos, siendo mi MADRE, ha de ver mi buena voluntad y contentarse con ella".
Rezar el Rosario es una manera de repetirle muchas veces lo mucho que la queremos. El amor y la piedad no se cansan nunca de repetir con frecuencia las mismas palabras, porque siempre nuestro corazón hace que tengan algo nuevo. Henri Lacordaire, el famoso predicador de Notre Dame de París decía: “El amor sólo tiene una palabra y, diciéndola siempre, no la repite nunca”.
Tal vez aflore en alguno de ustedes la pregunta de ¿Por qué Octubre es mes del Rosario? Y ello es así porque en este mes, el pasado 7, se ha celebrado la fiesta de Nuestra Señora del Rosario, recordando que el 7 de Octubre de 1571 se llevó a cabo la batalla naval de Lepanto en la que la Cristiandad obtuvo una de sus mayores victorias, cuando con medios humanos y militares muy inferiores, pero con un valor intrépido y una Fe arrolladora, las fuerzas de Jesucristo vencieron la orgullosa pretensión turca de ahogar a Europa en las tinieblas de la barbarie y la superstición. O sea que la institución de esta fiesta tiene una relación directa con lo que podríamos llamar “la eficacia” del rezo del santo Rosario.
En la época del Papa Pío V (1566 - 1572), los musulmanes controlaban el Mar Mediterráneo y preparaban la invasión de la Europa cristiana. Los reyes católicos de Europa estaban divididos y parecían no darse cuenta del peligro inminente. San Pío V, miembro de la Orden de Santo Domingo, y consciente del poder de la devoción al Rosario, pidió a toda la Cristiandad que lo rezara, suplicándole a la Santísima Virgen su auxilio ante aquel peligro. El 7 de octubre de 1571 se encontraron las flotas cristianas y musulmanas en el Golfo de Corinto, cerca de la ciudad griega de Lepanto. La flota cristiana, compuesta de soldados de los Estados Papales, de Venecia, Génova y España entró en batalla contra un enemigo muy superior en tamaño. Se jugaba el todo por el todo. Antes del ataque, las tropas cristianas rezaron el santo Rosario con devoción En la bandera de la nave capitana de la escuadra cristiana ondeaban la Santa Cruz y el Santo Rosario. La batalla de Lepanto duró hasta altas horas de la tarde pero, al final, los cristianos resultaron victoriosos.
Ese 7 de octubre el Papa, que luego sería San Pio V, trabajaba con su tesorero, cuando, de repente, se apartó de su interlocutor, abrió una ventana y entró en éxtasis, se volvió hacia su tesorero y le dijo: “Id con Dios. Ahora no es hora de negocios, sino de dar gracias a Jesucristo pues nuestra escuadra acaba de vencer” y se dirigió a su capilla. Semanas más tarde llegó el mensaje de la victoria que desde un principio se atribuyó a la poderosa intercesión de Nuestra Señora del Rosario. El poder de los turcos en el mar se había disuelto para siempre. Agradecido con Nuestra Madre, el Papa Pío V instituyó la fiesta de Nuestra Señora de las Victorias y mandó que esta fiesta fuese al mismo tiempo la solemnidad del Santísimo Rosario a celebrarse por la Cofradía del Rosario. También se le atribuye a este Papa haber agregado a las Letanía de la Santísima Virgen el título de “Auxilio de los Cristianos”.
Su sucesor Gregorio XIII cambió el nombre de la festividad por el de Nuestra Señora del Rosario, la llevó al 1º domingo de Octubre y extendió la fiesta del Rosario a todas las iglesias y capillas en que estuviera erigida la Cofradía del Rosario.
Después de Lepanto los turcos, que seguían siendo poderosos en tierra, invadieron a Europa desde el Este y. después de tomar enormes territorios, sitiaron a Viena, capital de Austria. Una vez más, las tropas enemigas eran muy superiores. Si conquistaban Viena toda Europa se hacía muy vulnerable. Vuelve a contar la historia que el emperador de Austria puso su esperanza en Nuestra Señora del Rosario. Hubo gran lucha y derramamiento de sangre y la ciudad parecía perdida. El alivio llegó el día de la fiesta del Santo Nombre de María, 12 de septiembre de 1683, cuando el rey de Polonia, conduciendo un ejército de rescate, derrotó a los turcos.
Al siglo siguiente los turcos padecieron una nueva gran derrota en su intento de avanzar sobre Europa. El Papa Clemente XI atribuyó esta victoria a la devoción manifestada a Nuestra Señora del Rosario y, en acción de gracias, mandó que su fiesta, limitada hasta entonces a las iglesias de los padres dominicos y a aquellas donde hubiese Cofradías del Rosario, fuera celebrada por la Iglesia universal el primer domingo de Octubre.
En 1913, como consecuencia de una reforma litúrgica esta fiesta quedó fijada el 7 de octubre, conservando la Orden Dominica el privilegio de celebrarla el primer domingo de octubre.
Dice el refranero popular: “Al cielo se va por Cristo redentor; a Cristo se va por María, su madre; y a María se va por los misterios del Rosario”. Con el certero instinto que le caracteriza, el pueblo fiel adivina lo grata que es a la Santísima Virgen esta devoción y su gran poder para vencer obstáculos y dificultades aparentemente insuperables. Y que tal sentir no es erróneo nos lo demuestra claramente que no hay devoción que de manera tan continuada haya sido recomendada e inculcada por los Romanos Pontífices. Es más, hay un hecho bien significativo: la devoción al rosario ha sido un refugio providencial en los tiempos y circunstancias difíciles que se le han presentado a las sociedades a lo largo de la historia en las que su rezo puso al demonio fuera de la ruta del hombre y de la Iglesia. Recordemos las palabras de Pio XII en su encíclica “Ante el mal” sobre el rezo del Santo Rosario:
“De nuevo, pues, y solemnemente afirmamos cuán grande es la esperanza que Nos ponemos en el santo Rosario para curar los males que afligen a nuestro tiempo. No es con la fuerza, ni con las armas, ni con la potencia humana, sino con el auxilio divino obtenido por medio de la oración -cual David con su honda- como la Iglesia se presenta impávida ante el enemigo infernal”
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¿En qué reside el secreto de esta eficacia? Precisamente los mismos Papas nos lo dicen: en tratarse de una devoción que, siendo sencilla, está, sin embargo, llena de contenido. Buena prueba de ello la tuvieron los misioneros que en l865, luego de las terribles persecuciones contra los cristianos llevadas a cabo en Japón, descubrieron allí viva aún la fe de no pocos japoneses que, aislados del resto del mundo, ocultamente habían continuado siendo cristianos. La fiesta de Nuestra Señora del Japón, que se celebra allí el 17 de marzo, recuerda precisamente ese descubrimiento. Pues bien, una de las armas que habían servido para mantener viva la fe, había sido el Rosario recitado por aquellos que sobrevivieron a las persecuciones y por sus descendientes, que de ellos lo habían aprendido
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En 1986, durante la rebelión contra el dictador Ferdinando Marcos, miles de filipinos tomaron el Rosario en sus manos e impidieron a sus tropas tomar el cuartel local de la policía en Manila. Las tropas estaban listas para disparar, cuando una Señora vestida de blanco se apareció de repente y elevó sus manos, pidiendo a los soldados: “No disparen”. Hubo muchos testigos de esta aparición de María y muchos de los soldados que estaban dispuestos a disparar a la gente se presentaron llorando ante el Cardenal Jaime Sin, Arzobispo de Filipinas, para contarle lo sucedido. Esta es la historia: “Los tanques intentaban abrirse paso entre la multitud. La gente rezaba y mostraba sus ROSARIOS. Fue entonces cuando, de acuerdo a estos soldados, los militares que iban en el techo de los tanques, los así llamados ‘los Leales’ (al dictador Marcos), vieron que en las nubes se formaba una Cruz. Muchas religiosas que estaban ahí trataron de detenerlos, pero ellos (los soldados) me dijeron que habían decidido obedecer las instrucciones y empujar hacia adelante. En ese momento se les apareció una hermosa Señora. No sé si Ella se apareció en el cielo o si estaba de pie en el suelo. Era bellísima y sus ojos brillaban intensamente. La hermosa Señora les habló así: ¡Amados soldados, deténganse! ¡No sigan adelante! ¡No lastimen a mis hijos! Cuando escucharon estas palabras, los soldados bajaron las armas. Bajaron de los tanques y se unieron a la gente. Ese fue el fin de los Leales.” (Jaime Cardenal Sin, 25.2.1986).
El Papa Pío IX ha dicho: “Entre todas las devociones aprobadas por la Iglesia, ninguna ha sido favorecida con tantos milagros como la devoción del Santísimo Rosario”. Entre ellos podemos citar el “Milagro de Hiroshima”. El 6 de agosto de 1945, muy cerca de donde cayó la bomba atómica lanzada sobre Hiroshima, cuatro sacerdotes jesuitas alemanes sobrevivieron a la catástrofe y a la radiación que mató a miles en los meses siguientes, y que no tuvo efecto en ellos. Esta historia, documentada por historiadores y médicos, es conocida como el “Milagro de Hiroshima”. Los jesuitas Hugo Lassalle, superior en Japón, Hubert Schiffer, Wilhelm Kleinsorge y Hubert Cieslik, se encontraban en la casa parroquial de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, uno de los pocos edificios que resistió a la bomba. En el momento de la explosión, uno de ellos se encontraba celebrando la Eucaristía, otro desayunaba y el resto estaba en las dependencias de la parroquia. Los médicos que les atendieron tiempo después, les advirtieron que la radiación recibida les produciría lesiones graves así como enfermedades e incluso una muerte prematura. El pronóstico nunca se cumplió. No desarrollaron ningún trastorno y en 1976, 31 años después del lanzamiento de la bomba, el P. Schiffer acudió al Congreso Eucarístico de Filadelfia y relató su historia, confirmando que los cuatro jesuitas estaban aún vivos y sin ninguna dolencia. El P. Schiffer escribiría “El Rosario de Hiroshima”, un libro en el que da cuenta de todo lo que vivió. La bomba de Hiroshima coincidió con la solemnidad de la Transfiguración del Señor y la rendición de Japón ocurrió el 15 de agosto, solemnidad de la Asunción de la Virgen María.
Nadie ha podido explicar con la lógica humana, por qué estos cuatro Padres jesuitas fueron los únicos que habían sobrevivido en el radio de 1.500 metros. Para todos los expertos sigue siendo un misterio, pues ninguno de los cuatro Padres ha quedado contaminado por la radiación atómica, y por qué su casa, la casa parroquial, seguía todavía en pie, mientras todas las demás casas de alrededor habían sido barridas y quemadas. Perplejos, han obtenido siempre la misma respuesta a sus muchas preguntas: “Como misioneros hemos querido vivir en nuestro país el mensaje de Nuestra Señora de Fátima, por lo que todos los días rezábamos juntos el Rosario.” Este es el mensaje lleno de esperanza, de Hiroshima: ¡La oración del Rosario es más fuerte que la bomba atómica! Actualmente, en el centro de la reconstruida ciudad de Hiroshima se halla una iglesia dedicada a la Santísima Virgen. Las 15 vidrieras muestran los 15 misterios del Rosario, que se dicen en esta iglesia día y noche.
No podemos dejar esta charla sin traer a colación uno de los tantos relatos de nuestra historia patria que hablan, justamente, de esta eficacia del rezo del santo Rosario. Durante la primera invasión inglesa a Buenos Aires, los ingleses prohibieron que en el templo de Santo Domingo se expusiese el Santísimo Sacramento durante las celebraciones del culto de la Cofradía del Santo Rosario. Acongojado por ello, D. Santiago de Liniers, que había manifestado siempre su honda devoción al santísimo Rosario, hizo un voto solemne a Nuestra Señora del Rosario ofreciéndole las banderas que tomase al invasor si reconquistaba la ciudad, firmemente persuadido que lo lograría bajo tan alta y maternal protección. Tan sólo 12 días después de la rendición de las fuerzas invasoras, Liniers cumple su promesa y hoy en el convento de Santo Domingo y Basílica de Nuestra Señora del Rosario en el barrio de Monserrat, tras el altar de la nave lateral, se encuentran en exhibición dos banderas pertenecientes al 1° y al 2° batallón del Regimiento N.º 71 Highlanders, una unidad escocesa del Ejército Británico. Se hallan allí también, dos banderas de la Marina Real Británica, una correspondiente a un Real Batallón de Marina (los Royal Blues) y otra a un estandarte naval —de los que usaban en los mástiles de los buques de guerra— que los ocupantes británicos izaban en el mástil del parque de la Plaza de Toros en el Retiro.
Los Ingleses intentaron al año siguiente recuperar las banderas en una segunda invasión, en la que ocuparon el convento, pero nuevamente fracasaron y cuando tras duros combates los invasores fueron desalojados de Santo Domingo (aún se ven marcas de las balas en la torre izquierda), el pueblo entero alzó sus plegarias agradeciendo la victoria a María Santísima. Tras la rendición de los invasores, las banderas quedaron en su lugar. Y el regimiento 71 Highlanders sigue desfilando sin su símbolo.
Quiero terminar recordando las palabras de la hermana carmelita Lucia Dos Santos, la pastorcita vidente de las apariciones de Fátima, durante la entrevista que le hiciera el Padre postulador de la causa de Beatificación de sus primos Francisco y Jacinta. En ella Sor Lucía manifestó:
“ … La Santísima Virgen nos dijo, tanto a mis primos como a mí, que dos eran los últimos remedios que Dios daba al mundo: el Santo Rosario y el Inmaculado Corazón de María…”
“… Mire, Padre, la Santísima Virgen, en estos últimos tiempos en que estamos viviendo, ha dado una nueva eficacia: el rezo del Santo Rosario, de tal manera que ahora no hay problema por más difícil que sea: sea temporal y, sobre todo, espiritual; sea que se refiera a la vida personal de cada uno de nosotros o a la vida de nuestras familias del mundo o comunidades religiosas, o a la vida de los pueblos y naciones; no hay problema, repito, por más difícil que sea, que no podamos resolver ahora con el rezo del Santo Rosario “
En un mundo que se está olvidando de rezar, en el que tenemos fe, creemos en Dios, pero difícilmente hablamos con Él, hagamos un alto en nuestro diario vivir, un alto de tan sólo quince minutos para desgranar la cuentas de nuestro Rosario...y con seguridad que el mundo y "nuestro mundo" en particular, será mucho mejor
*Con el Rosario se puede alcanzar todo. Según una graciosa comparación, es una larga cadena que une el cielo y la tierra, uno de cuyos extremos está en nuestras manos y el otro en las de la Santísima Virgen. Mientras el Rosario sea rezado, Dios no puede abandonar al mundo, pues esta oración es muy poderosa sobre su Corazón” Santa Teresita de Lisieux
Oracion de Despedida
¡Señor! ¡Colma de esperanza mi corazón y de dulzura mis labios! Pon en mis ojos la luz que acaricia y purifica en mis manos el gesto que perdona. Dame valor para la lucha, compasión para las injurias, misericordia para la ingratitud y la injusticia. Líbrame de la envidia y de la ambición mezquina, del odio y de la venganza. Y que, al volver hoy nuevamente al calor de mi hogar, pueda, en lo más íntimo de mi ser, sentir que tú estás presente en mí. Amén.
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