Un Camino de Gracia

¡Oh, santísima Madre de Dios! Alcanzadme el
amor de vuestro divino Hijo para amarle, imitarle y
seguirle en esta vida y gozar de El en el Cielo. Amén.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

El Adviento es un tiempo favorable para emprender un cambio del corazón y para dar un nuevo y decisivo paso en nuestro caminar espiritual, como preparación por la espera de Jesús.



Camino del Adviento



Segunda parte

¡Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre!

¡Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios!

Él perdona todas tus culpas, y cura todas tus enfermedades;

Él rescata tu vida de la fosa y te colma de gracia y de ternura;

Él sacia de bienes tus anhelos, y como un águila se renueva tu juventud. 

 Salmo 102 ,103.

Resultado de imagen para adviento 2016
imagen de Aci Prensa



El próximo domingo 27 comienza el tiempo litúrgico del Adviento. Con más precisión diremos que inicia en las vísperas de dicho domingo y habrá de terminar antes de las vísperas de la Navidad, o sea en la tarde del 24 de diciembre. Como habíamos visto en la última charla, el domingo de inicio de este tiempo es el cuarto anterior al 25 de diciembre y a partir de dicho domingo el Adviento se extiende por cuatro semanas, aunque la cuarta se interrumpe por la celebración de la Navidad. Por esta razón su duración puede variar, según los años, entre veintiocho y veintiún días. Los domingos de este tiempo se conocen como 1°, 2°, 3° y 4° de Adviento. 

El inicio de este tiempo es también el comienzo del nuevo año litúrgico que, por corresponder al ciclo dominical A, nos habrá de introducir en la lectura del Evangelio de Mateo.

Tomemos como punto de partida la palabra “Adviento”; este término no significa “espera”, como podría suponerse, sino que es la traducción de la palabra griega parusía, que significa “lo que está por venir”, o mejor dicho, “llegada”, “presencia”, “presencia comenzada”, una presencia que ya ha comenzado. O sea, que el Adviento significa la presencia comenzada de Dios mismo. Por eso nos recuerda tres cosas: primero, que la presencia de Dios en el mundo ya ha comenzado, que Él ya está presente de una manera oculta, pero también que un día su presencia será total. Esto implica que el cristiano no mira solamente a lo que ya ha sido y ya ha pasado, sino también a lo que está por venir.

A esto se refería San Bernardo cuando en sus sermones hablaba de que el Adviento recuerda que CRISTO VINO EN LA CARNE Y EN LA DEBILIDAD que VIENE EN EL ESPÍRITU Y EN EL AMOR y que VENDRÁ EN LA GLORIA Y EN EL PODER.
SU PRIMERA VENIDA SE REALIZÓ CUANDO EL VERBO DIVINO SE HIZO HOMBRE EN EL SENO PURÍSIMO DE MARÍA y nació -niño débil y pobre- en el pesebre de Belén, la noche de Navidad hace veinte siglos.


LA VENIDA CONSTANTE es en la vida íntima de las almas. Por la acción misteriosa del Espíritu de Amor, Jesús está naciendo constantemente en las almas, su nacimiento místico es un hecho presente o mejor dicho es de ayer, y de hoy, y de todos los siglos.

LA SEGUNDA VENIDA DE CRISTO -QUE SERÁ EN LA GLORIA, EL PODER Y EN EL TRIUNFO- es la que clausurará los tiempos e inaugurará la eternidad. Jesús vendrá, no a redimir, como en la primera venida, ni a santificar, como en las constantes; sino a juzgar, para hacer reinar la verdad y la justicia, para que prevalezca la santidad, para que se establezca la paz, para que reine el amor. Al revivir la espera gozosa del Mesías en su Encarnación, preparamos el Regreso del Señor al fin de los tiempos: Vino, Viene y Volverá. El Adviento es, a la vez, un tiempo de preparación a las solemnidades de Navidad en que se conmemora la primera Venida de Hijo de Dios entre los hombres y un tiempo en el cual, mediante esta celebración, la fe se dirige a esperar la segunda Venida de Cristo al fin de los tiempos. Por tanto es un tiempo litúrgico de dimensión escatológica, un tiempo que nos recuerda que la vida del cristiano no termina acá, sino que
Dios nos ha destinado a la eternidad, a la salvación. Esta esperanza escatológica supone una actitud de vigilancia, porque el Señor vendrá cuando menos lo pensamos. Por eso es el tiempo de re-encontrar, en el fondo de uno mismo, todo lo que puede ser salvado; volverse hacia Cristo. Volverse hacia Cristo es lo que llamamos “Conversión”, con la seguridad de que sólo de Él viene la salvación, que sólo Él puede liberarnos de nuestras miserias, de todo aquello que nos esclaviza o nos impide crecer.

El tiempo de Adviento no es un tiempo, al estilo de la Cuaresma, que busca la conversión por el hecho de conocer el sacrificio de Jesús por nosotros en la cruz. El Adviento es un tiempo favorable para emprender un cambio del corazón y para dar un nuevo y decisivo paso en nuestro caminar espiritual, como preparación por la espera de Jesús.






Es un tiempo para hacer con ESPECIAL FINURA EL EXAMEN DE NUESTRA CONCIENCIA Y DE NUESTRO INTERIOR A FIN DE PREPARARNOS PARA RECIBIR A DIOS. 


Es el momento para ver cuáles son las cosas que nos separan de Él, las que nos hacen llegar a este tiempo con la mirada baja, descorazonados por los golpes de la vida, los conflictos en familia, la enfermedad, la falta de dinero, el cansancio físico o mental, las que nos asaltan cuando cedemos a nuestros caprichos; cuando dejamos que la codicia seque nuestro corazón; cuando almacenamos rencores y odios que carcomen el alma; cuando nos hundimos en las pasiones; cuando nos volvemos indiferentes ante las injusticias y la pobreza que afligen a tantos hermanos nuestros, cuando hemos permitido que el mal contamine nuestro espíritu y nos hemos rendido a la desesperación llegando a pensar que ni Dios puede perdonar nuestros pecados… Cosas que se convierten en ocasión de amargura, de frustración, de encerramiento en uno mismo, por no haber sabido en esos momentos mirar al cielo y pedir, humildemente, ayuda, consuelo, perdón.

Pero esto cambia profundamente si en este tiempo de Adviento somos capaces de levantar la mirada al cielo y nos dejamos tocar por la bondad del Padre; cuando comprendemos que es el tiempo para el cambio; cuando escuchamos al Hijo y nos dejamos limpiar por su Amor crucificado; cuando permitimos al Espíritu Santo tocar nuestro corazón y ponemos a la obra sus continuas insinuaciones y consejos, cuando quitamos espinas y abrojos asfixiantes y como el águila del salmo con el que comenzamos esta charla, renacemos para ser hombres nuevos que
–aun teniendo los pies en la tierra- esperamos la llegada del Señor que viene del cielo.


Y esto nos lleva a esclarecer el significado que envuelve la alusión al águila que hace el salmo. ¿Qué quiere decir con eso de “rejuvenecerse como el águila”? ¿Cómo se rejuvenece un águila?

El águila es el ave que vive más tiempo llegando a alcanzar hasta 70 años. Sin embargo, para llegar a esa edad, alrededor de los 40 años tiene que tomar una seria y difícil decisión. A esa edad el águila se encuentra en una fase decisiva y delicada de su vida: sus uñas curvas y flexibles no consiguen alcanzar las presas de las que se alimenta y su pico alargado y puntiagudo se curva apuntando contra el pecho, lo que le complica el cazar y el alimentarse. Sus alas están envejecidas y pesadas porque las plumas están más gruesas y se le hace cada vez más difícil volar.





Es allí donde al águila le quedan sólo dos alternativas: morir o enfrentar un doloroso proceso de renovación. El proceso consiste en volar a la cima de una montaña y refugiarse en un nido próximo a una pared, donde ya no necesite volar. Al conseguir ese lugar el águila empieza a golpear la pared con su pico hasta conseguir arrancarlo, siendo este un proceso muy doloroso que además le impedirá durante 15 días comer. Pero luego le va a aparecer uno nuevo, como la cutícula de una uña. La propia fisiología del águila hace que un pico nuevo y filudo comience a salir.

Es entonces que con el nuevo pico se empieza a arrancar una a una las plumas de las alas, siguiendo con las de la cola. Es que una vez desprendidas las viejas empezaran a salirle nuevas plumas. El águila con el nuevo pico, ya fuerte y filudo, se arranca a continuación las garras de las patas, donde luego aparecerán las nuevas garras. Al término de este proceso que dura más o menos 150 días el águila se lanza a volar completamente rejuvenecida. Esta es una operación que puede hacer una sola vez en su vida y que le permitirá vivir otros 20 a 30 años más.

Para que el águila pueda vivir tiene que violentarse a sí misma, arrancándose las cosas viejas, para poder nacer y vivir en una nueva vida. Aplicando esto a nuestra vida espiritual, el apóstol Pablo nos dice en
Efesios 4,22 “desháganse ustedes del hombre viejo, de la vieja naturaleza que está corrompida, engañada por sus malos deseos”.





El Adviento nos incita a levantar la mirada y animados por la fuerza del Espíritu Santo acometer nuestro propio resurgimiento, a arrancar de nuestra vida todo lo que nos aplasta y nos impide ese vuelo al infinito, ese empezar desde ahora a vivir el Reino de Dios que Jesús nos tiene prometido y poder llegar así al día de Navidad totalmente limpios y llenos de la gracia de Dios. Para eso acerquémonos al sacramento de la reconciliación con la alegría, el gozo y la confianza en un Dios que nos ama y que viene a nuestro encuentro para dar un nuevo sentido a nuestra vida. Él está a la puerta y llama, pero jamás forzará la entrada. La puerta que da acceso a nuestros corazones sólo puede ser abierta desde dentro.

Dios se encarnó en el hombre Jesús de Nazaret, para redimirnos del pecado que está dentro de cada uno de nosotros y enseñarnos la verdadera Verdad y el verdadero Camino para llegar a la verdadera Vida, la vida que está en Dios y es Dios mismo. No desperdiciemos este tiempo de Adviento, encendamos la vela de nuestra esperanza cristiana y caminemos, alegres, al encuentro de nuestro Dios que su misericordia es infinita. Y a pesar de todas las crisis en las que nos toque vivir, aunque no nos falten preocupaciones; aunque asome el maligno en forma de tentación y de abandono, pintemos nuestro mundo de color esperanza, desprendámonos de los miedos y las angustias que nos puedan acometer porque una vez llenos de la gracia de Dios no hay mal, ni dolor que nos pueda abatir, será su fuerza y no la nuestra la que nos sostendrá. Esperanza es tener la certeza de que Dios nos ama y que nuestra vida está en sus manos, es revestirnos de Cristo y de su mirada para que la nuestra nos permita apreciar el presente y su entorno con una nueva luz, la luz de sus ojos. Recién entonces seremos capaces de intentar un mundo nuevo, sin miedos, sin incertidumbres, sin la locura del tener, de la violencia, del poder, de la insolidaridad,



Pasando al esquema litúrgico del Adviento éste permite distinguir dos periodos: en el primero que finaliza el 16 de diciembre, aparece con mayor relieve el aspecto escatológico, del final, de la parusía, de la vuelta del Señor, la liturgia nos invita a estar en vela, en una espera vigilante, manteniendo una especial actitud de arrepentimiento y nos llama a la conversión, a preparar los caminos del Señor y acoger a ese Señor que viene a poner su morada entre nosotros y que vendrá nuevamente al final de los tiempos. Las lecturas de la misa invitan a vivir la esperanza en la venida del Señor en todos sus aspectos: su venida al final de los tiempos, su venida ahora, cada día, y su venida hace dos mil años



El segundo periodo que va desde el 17 de diciembre al 24 de diciembre, que es la llamada "Semana Santa" de la Navidad, pone la atención en la venida histórica del Señor, se orienta más directamente a la preparación de la Navidad. Se nos invita a vivir con más alegría, porque estamos cerca del cumplimiento de lo que Dios había prometido. Los evangelios de esos días nos preparan ya directamente para el nacimiento de Jesús.

En orden a hacer sensible esta doble preparación de espera y conversión, la liturgia suprime durante el Adviento una serie de elementos festivos. De esta forma, en la misa ya no rezamos o cantamos el Gloria, se reduce la música con instrumentos y los adornos florales, las vestiduras son de color morado que simboliza austeridad y penitencia, el decorado de la Iglesia es más sobrio, etc. Todo esto es una manera de expresar tangiblemente que, mientras dura este tiempo, nos falta algo para que nuestro gozo sea completo. Y es que quien espera es porque algo le falta. Cuando el Señor se haga presente en medio de su pueblo, habrá llegado la Iglesia a su fiesta completa significada por solemnidad de la fiesta de Navidad.

Como habíamos visto el Adviento se extiende a lo largo de cuatro semanas en las que Domingo a Domingo nos vamos preparando para la venida del Señor:

 
 
La primera de las semanas de Adviento está centrada en la venida del Señor al final de los tiempos. La liturgia nos invita a estar en vela: "Velen y estén preparados, que no saben cuándo llegará el momento", manteniendo una especial actitud de conversión. Nos llama a estar despiertos para Dios y para los demás hombres, con la vigilancia que descubre la luz y proporciona más claridad al mundo. La fiesta de nuestra Madre, la fiesta de la Inmaculada, aparece como faro que nos ayuda a vivir en la esperanza.

La segunda semana la liturgia nos mueve a reflexionar con la exhortación del profeta Juan Bautista: "Preparen el camino, porque el Reino de los Cielos está cerca"; el mensaje es el de la paciencia y de la preparación activa y eficaz para la Venida del Señor. No se espera al Señor que vendrá con los brazos cruzados sino en actividad, en el esfuerzo por contribuir a construir un mundo mejor, más justo, más pacífico donde se viva la fraternidad y la solidaridad.



La tercera semana centrada también en el Bautista, nos orienta con más fuerza hacia la persona de Aquél que viene; el mensaje es el de la alegría porque su venida está muy cercana. Esta semana se inicia con el domingo de “Gaudete”, así llamado por ser la primera palabra del canto de entrada “Alegrense…”, preanunciando ya la alegría mesiánica: ¡el Señor está cerca! El gozo de esta cercanía se refleja en las flores, en la música y en las vestiduras litúrgicas, que por un día dejan el morado penitencial para transformarse en rosa.
Durante esta semana tiene lugar la celebración de la Virgen de Guadalupe, y precisamente la liturgia de Adviento nos invita a recordar la figura de María que se prepara para ser la Madre de Jesús y que, además, está dispuesta a ayudar y servir a quien la necesita. El evangelio de su fiesta nos relata la visita de la Virgen a su prima Isabel y nos invita a repetir como ella: “¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a verme?”   

Finalmente, la cuarta semana ya nos habla del advenimiento del Hijo de Dios al mundo. María es figura central, ella encarna toda una espera de siglos del pueblo de Israel, toda la santidad del Antiguo Testamento, ella va a ser la virgen fiel que se abre al designio de Dios sobre su propia vida, que obedece a Dios, que quiso penetrar de lleno el misterio que Dios le proponía que superaba las concepciones humanas, los planes humanos, su entrega es modelo y estímulo de nuestra entrega.
Así como decíamos que el Adviento conmemora tres venidas: la venida del Señor al final de los tiempos, la venida al alma y la venida en la carne, así hay tres personajes que se destacan en el Adviento, que son el Profeta Isaías, San Juan Bautista y la Santísima Virgen María. Son los grandes personajes del Adviento.

 
Isaías es el profeta del Adviento. En sus palabras resuena el eco de la gran esperanza que confortará al pueblo elegido en tiempos difíciles y trascendentales, en su actitud y sus palabras se manifiesta la espera, la venida del Rey Mesías. Él anuncia una esperanza para todos los tiempos. En nuestro tiempo conviene mirar la figura de Isaías y escuchar su mensaje que nos dice que no todo está perdido, porque el Dios Fiel en quien creemos no abandona nunca a su pueblo, sino por el contrario, le da la salvación. Durante el Adviento se proclaman las páginas más significativas del libro de Isaías, que constituyen un anuncio de esperanza perenne para los hombres de todos los tiempos


Juan Bautista, el Precursor, es otro de los personajes del Adviento; es el último de los profetas, en su persona y en sus palabras nos resume toda la historia anterior en el momento en que ésta alcanza su cumplimiento, él prepara los caminos del Señor, nos invita a la conversión, anuncia la salvación, señala a Cristo entre los hombres. Las palabras de invitación a la penitencia de Juan el Bautista cobran una gran actualidad hoy, su invitación es importantísima; para recibir al Señor hay que cambiar nuestra mentalidad engendradora de malas acciones, para encontrarnos con Él después de nuestro cambio interior.
 María, la Madre del Señor es el tercer personaje del Adviento. En ella culmina y adquiere una dimensión maravillosa toda la esperanza del mesianismo hebreo. María espera al Señor cooperando en la obra redentora. Ella es la figura central de la última semana. Su actitud de confianza y esperanza activa es un modelo a seguir.

La solemnidad de la Inmaculada Concepción, celebrada al comienzo del adviento
(8 diciembre), no es un paréntesis o una ruptura de la unidad de este tiempo litúrgico, sino parte del misterio.
María inmaculada es el prototipo de la humanidad redimida, el fruto más espléndido de la venida redentora de Cristo. Ella, como canta el prefacio de la solemnidad, quiso Dios que "fuese... comienzo e imagen de la iglesia, esposa de Cristo llena de juventud y de limpia hermosura".

La Corona de Adviento es un signo muy popular de este tiempo sin ser litúrgico en sentido estricto y sin ser obligatorio. Durante el Adviento se coloca en las iglesias y también en algunos hogares una corona de ramas de pino, llamada Corona de Adviento, que encuentra sus raíces en las costumbres pre-cristianas de los germanos
(Alemania). Ellos durante el frío y la oscuridad de diciembre, colectaban coronas de ramas verdes y encendían fuegos como señal de esperanza en la venida de la primavera. Pero la corona de adviento no representa una concesión al paganismo sino, al contrario, es un ejemplo de la cristianización de la cultura. Lo viejo ahora toma un nuevo y pleno contenido en Cristo. Él vino para hacer todas las cosas nuevas.

En el siglo XVI católicos y protestantes alemanes utilizaban este símbolo para celebrar el Adviento: Aquellas costumbres primitivas contenían una semilla de verdad que ahora podía expresar la verdad suprema: Jesús es la luz que ha venido, que está con nosotros y que vendrá con gloria. Las velas anticipan la venida de la luz en la Navidad: Jesucristo.

La Corona de Adviento se hace con follaje verde sobre el que se insertan cuatro velas. Tradicionalmente las velas de la Corona de Adviento son tres moradas y una rosada que se enciende el Tercer Domingo de Adviento. El color morado representa el espíritu de vigilia, penitencia y sacrificio que debemos tener para prepararnos adecuadamente para la llegada de Cristo. Mientras que la rosada representa el gozo que sentimos ante la cercanía del nacimiento del Señor. El primer domingo de adviento encendemos la primera vela y cada domingo de adviento encendemos una vela más hasta llegar a la Navidad. Mientras se encienden las velas se hace una oración y se entonan cantos. Si no hay velas de esos colores se puede hacer la corona con velas blancas, ya que lo más importante es el significado: la luz que aumenta con la proximidad del nacimiento de Jesús quien es la Luz del Mundo.

La corona se puede llevar a la iglesia para ser bendecida por el sacerdote. En algunas parroquias o colegios se organiza la bendición de las coronas de Adviento. Si no se pudo asistir a estas celebraciones, la podemos llevar a cabo nosotros con la siguiente oración:
Señor Dios, bendice con tu poder nuestra corona de adviento para que, al encenderla, despierte en nosotros el deseo de esperar la venida de Cristo practicando las buenas obras, y para que así, cuando Él llegue, seamos admitidos al Reino de los Cielos. Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor. Amén. La bendición de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre esta Corona y sobre todos los que con ella queremos preparar la venida de Jesús.
Como expresión de alegre expectación, cada semana se realiza el rito de encender las velas correspondientes: el primer domingo de Adviento, una, el segundo, dos, el tercero, tres, el cuarto y último, las cuatro. El progresivo encendido de estos cirios nos hace tomar conciencia del paso del tiempo en el que esperamos la última y definitiva venida del Señor.
La corona de adviento encierra varios simbolismos:
 

 La forma circular: El círculo no tiene principio ni fin. Es señal del amor de Dios que es eterno, sin principio y sin fin, y también de nuestro amor a Dios y al prójimo que nunca debe de terminar.

 Las ramas verdes: Verde es el color de esperanza y vida. Las ramas representan que Cristo está vivo entre nosotros, y el color verde recuerda la vida de gracia, el crecimiento espiritual y la esperanza que debemos cultivar durante el Adviento. El anhelo más importante debe ser el llegar a una unión más estrecha con Dios, nuestro Padre, así como el árbol y sus ramas.


Las cuatro velas: Representan cada domingo de Adviento. Las velas permiten reflexionar en la obscuridad provocada por el pecado que ciega al hombre y lo aleja de Dios. Después de la primera caída del hombre, Dios fue dando poco a poco una esperanza de salvación que iluminó todo el universo, como las velas de la Corona. En este sentido, así como las tinieblas se disipan con cada vela que encendemos, los siglos se fueron iluminando cada vez más con la cercana llegada de Cristo al mundo.

 Las manzanas rojas que adornan la corona: Representan los frutos del jardín del Edén con Adán y Eva que trajeron el pecado al mundo pero recibieron también la promesa del Salvador Universal.
 

 El listón rojo: Representa nuestro amor a Dios y el amor de Dios que nos envuelve





En este Adviento preparemos, ante todo, nuestros corazones para recibir al Dios - Amor que se hace presente en la historia de los hombres y que quiere venir a nosotros y entrar más adentro en nuestras vidas. Limpiemos la casa de nuestra conciencia con el sacramento de la reconciliación y acrecentemos nuestro amor agradecido a ese Dios que ya viene, que ya se acerca, trayéndonos nuevas luces y gracias.





Oraciones para rezar al encender las velas de la Corona de Adviento
 puedes descargarlas

 

lunes, 5 de diciembre de 2016

Noviembre 2016

Te damos gracias por todos tus beneficios, Dios todopoderoso, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.



Las bodas de Caná
Relato del Evangelio según San Juan (Jn 2,1-12)
Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos. Y, como faltara vino, porque se había acabado el vino de la boda, le dice a Jesús su madre: «No tienen vino.» Jesús le responde: «¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora.» Dice su madre a los sirvientes: «Haced lo que él os diga.»

Había allí seis tinajas de piedra, puestas para las purificaciones de los judíos, de dos o tres medidas cada una. Les dice Jesús: «Llenad las tinajas de agua.» Y las llenaron hasta arriba. «Sacadlo ahora, les dice, y llevadlo al maestresala.» Ellos lo llevaron. Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino, como ignoraba de dónde era (los sirvientes, los que habían sacado el agua, sí que lo sabían), llama el maestresala al novio y le dice: «Todos sirven primero el vino bueno y cuando ya están bebidos, el inferior. Pero tú has guardado el vino bueno hasta ahora.» Así, en Caná de Galilea, dio Jesús comienzo a sus señales. Y manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos. Después bajó a Cafarnaúm con su madre y sus hermanos y sus discípulos, pero no se quedaron allí muchos días.

Palabra del Señor
Catequesis de San Juan Pablo II



Este Viernes Tenemos la Visita del Diacono Fernando que nos trae una meditacion sobre el Evangelio segun San Juan..
Aqui compartimos momentos de ese lindo Viernes ,, agradecemos la Visita del Diacono que tan generosamente visito la catequesis, con alegria y entusiasmo!!!



lunes, 7 de noviembre de 2016

QUE NO ME IMPORTE, SEÑOR Las falsas promesas que el mundo me ofrece frente a las tuyas que han de ser perpetuas. Los cortos caminos, que me llevan al abismo, frente a los tuyos –estrechos y difíciles- pero con ese final feliz y glorioso de tu presencia eterna. Amén




Domingo
XXXII Ciclo C

SERÁN COMO ÁNGELES







Evangelio de nuestro Señor Jesucristo
según san Lucas 20,27-33
Se acercaron a Jesús algunos saduceos, que niegan la resurrección, y le dijeron: «Maestro, Moisés nos ha ordenado: “Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda”. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia. Finalmente, también murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer?». Jesús les respondió: «En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que sean juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casarán. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección. Que los muertos van resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Porque él no es Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para él»

Seremos como ángeles, es la gran promesa dada por Jesús de Nazaret como respuesta a la manifiesta mala fe de los saduceos mediante su tristemente famosa trampa. Buscando reírse o condenar a Jesús, ellos –sin desearlo—obtienen del Maestro esa gran promesa para la Vida Futura que hace más fácil caminar por la presente. Seremos como ángeles y estaremos siempre contemplando el rostro luminoso de nuestro Dios

Los saduceos eran un movimiento religioso conservador que negaba la resurrección de los muertos. De hecho, fueron a plantearle la cuestión a Jesús para hacerle perder autoridad, porque lo veían como una amenaza. Ellos decían que en los libros del Pentateuco no se hablaba de la resurrección por ninguna parte, sin tener en cuenta que en el Antiguo Testamento poco a poco, de forma progresiva, Dios fue revelando el misterio de la resurrección. Estaban anclados en el pasado y se negaban a aceptar la existencia de otra vida, no valoraban, por ejemplo, el segundo Libro de los Macabeos de donde se toma la primera lectura de este domingo


Lectura del segundo libro de los Macabeos (7,1-2.9-14):

En aquellos días, arrestaron a siete hermanos con su madre. El rey los hizo azotar con látigos y nervios para forzarlos a comer carne de cerdo, prohibida por la Ley.
Uno de ellos habló en nombre de los demás: «¿Qué pretendes sacar de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que quebrantar la ley de nuestros padres.»
El segundo, estando para morir, dijo: «Tú, malvado, nos arrancas la vida presente; pero, cuando hayamos muerto por su ley, el rey del universo nos resucitará para una vida eterna.»
Después se divertían con el tercero. Invitado a sacar la lengua, lo hizo en seguida, y alargó las manos con gran valor. Y habló dignamente: «De Dios las recibí, y por sus leyes las desprecio; espero recobrarlas del mismo Dios.»
El rey y su corte se asombraron del valor con que el joven despreciaba los tormentos. Cuando murió éste, torturaron de modo semejante al cuarto. Y, cuando estaba para morir, dijo: «Vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se espera que Dios mismo nos resucitará. Tú, en cambio, no resucitarás para la vida.»

Palabra de Dios

 
Ella narra como una familia entera de siete hermanos y su madre mueren por defender su fe, pero lo hacen con una gran esperanza: “El rey del universo nos resucitará a una vida eterna”. El Dios en el que creen (y nosotros también) no podía permitir que el mal y la injusticia triunfaran sobre el bien y la verdad, esa era su fe y su esperanza, por eso no temían a la muerte y podían sostener “Es preferible morir a manos de los hombres con la esperanza puesta en Dios de ser resucitados por Él”.

Los saduceos, que eran enemigos de los fariseos, se ponen de acuerdo con ellos y buscando ridiculizar la resurrección de los muertos inventan el ejemplo extraño, pero no inverosímil, de una mujer que, según la Ley del Levirato, viene a ser viuda y esposa sucesivamente de siete hermanos y preguntan: ¿al resucitar de cuál de ellos será mujer?

Jesús aclara el concepto de resurrección. Es otra dimensión. No se trata de una simple reanimación del cuerpo, ni de una prolongación de esta vida. Por eso es absurdo el planteamiento de los saduceos. Jesús responde diciendo que cuando morimos aquí participamos en la resurrección, mediante la cual no volvemos a morir y en esa vida en plenitud no importará si uno está casado o soltero, es una vida nueva, donde se manifestará de verdad que somos hijos de Dios y le "veremos tal cual es”



Por la muerte, el alma se separa del cuerpo, pero en la resurrección Dios devolverá la vida incorruptible a nuestro cuerpo transformado, reuniéndolo con nuestra alma. Así como Cristo ha resucitado y vive para siempre, todos nosotros resucitaremos en el último día
(Cat. Nº 1016). Creer en la resurrección de la carne significa que nuestra vida no termina dentro de un sepulcro. Nosotros nacemos para vivir, no para morir. Como Jesús de Nazaret, seremos resucitados por el poder de Dios. Dice San Pablo: “Si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros”(Rm 8, 11)


No es el cadáver lo que se reanima con la resurrección a la que estamos llamados al final de los tiempos, es todo nuestro ser el que participa de una vida eterna, que no se acaba, que se plenifica, que nos hace felices para siempre. La expresión «resurrección de la carne» hace una explícita mención al aspecto «material» de la resurrección. No se trata de la inmortalidad del alma, sino de la resurrección de todo nuestro ser: del cuerpo y del alma, pero glorificados. «Carne» significa entonces aquí todo el corazón, toda el alma, toda la mente: es el hombre entero, es decir, la naturaleza humana. La «resurrección de la carne» significa que, después de la muerte, no habrá solamente vida del alma inmortal, sino que también nuestros «cuerpos mortales»
(Rm 8, 11) volverán a tener vida (Cat. Nº 990).Cada uno resucitará con su propio cuerpo, pero glorificado. Un cuerpo totalmente animado y poseído por el Espíritu dador de Vida y, por tanto, incorruptible, glorioso y fuerte. Cristo resucitó con su propio cuerpo: «Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo» (Lc 24, 39); pero El no volvió a una vida terrenal. Del mismo modo, en El «todos resucitarán con su propio cuerpo, del que ahora están revestidos» (Cc. de Letrán IV), pero este cuerpo será «transfigurado en cuerpo de gloria» (Flp 3, 21), en «cuerpo espiritual» (1 Co 15, 44) (Cat. Nº 999).La resurrección será en el «último día» (Jn 6, 39-40. 44. 54; 11, 24); «al fin del mundo» (LG 48) y así la resurrección de los muertos está íntimamente asociada a la Parusía –segunda venida– de Cristo


Afirmar la fe en la resurrección de la carne no es sólo creer en «la otra vida», significa también creer que esta vida nuestra, gracias a Dios, se impondrá sobre la muerte.

La respuesta que Cristo da a los saduceos es muy clara, pero no fácil de entender e imaginar. “Serán como ángeles”, les dice, pero, evidentemente, sin dejar de ser plenamente humanos, es decir, sin dejar de ser la misma persona que fueron mientras vivieron en la tierra. Y aquí surge nuestra dificultad: ¿cómo podemos vivir como ángeles sin dejar de ser plenamente personas humanas? Esta dificultad la tenían ya los primeros cristianos, en tiempos de san Pablo. En el capítulo 15 de su primera carta a los Corintios, san Pablo responde así a los que le hacen esta pregunta: “¡Necio! Lo que tú siembras no revive si no muere… Así también en la resurrección de los muertos: se siembra corrupción, resucita incorrupción… se siembra un cuerpo mortal, resucita un cuerpo espiritual”
wikipedia


 La verdad es que yo no sé decir mucho más de lo que dijo san Pablo: la fe nos dice que el mismo cuerpo mortal que muere es el que resucita como cuerpo espiritual incorruptible. Somos seres humanos con un cuerpo mortal y corruptible, pero con vocación de vida eterna.

Es bueno ahora preguntarnos si nuestro pensamiento no es el de los saduceos. En teoría no, de hecho, si negamos la resurrección nos salimos completamente de la fe cristiana, por otra parte es la verdad que cierra nuestro Credo. Pero en la práctica, nuestras actitudes, nuestras prácticas religiosas, nuestros miedos y nuestras reacciones ante la muerte parece que hacen ver algo completamente distinto.

Fíjense que por un lado todos nosotros tratamos de imaginar lo inimaginable y con nuestra limitada capacidad no podemos concebir otra vida que no sea calcada en la vida que llevamos ahora, sin conceder a Dios sapientísimo imaginación e invectiva suficientes como para poder programar otras vidas y otros planes distintos y muchos más hermosos. Creemos en un Dios que es espíritu y que no es palpable con nuestras manos y sin embargo muchas veces se nos hace imposible pensar en este tú y yo en cuerpos espirituales, como dice San Pablo. Lo que pasa es que en realidad, a ese Dios espiritual le ponemos barbas blancas para hacerlo el Padre, o le pintamos en forma de paloma y le llamamos Espíritu Santo. Es nuestra innata tendencia a pensar que nosotros somos el patrón por el que todo ser viviente tiene que estar recortado según somos nosotros.

Y esto es lo que Jesús viene a decirnos en el evangelio que estamos meditando, que dejemos aparte nuestra infinitesimal imaginación y creamos en el Reino de los Cielos sobre el que Dios quiere reinar. Y en el Evangelio encontramos la clave para mantenernos en esta fe, en esta esperanza y en esta fortaleza ante los vaivenes de la vida: estamos llamados a participar en la resurrección porque somos hijos de Dios, de un Dios de vivos, no de muertos. Precisamente esa relación de hijos de Dios y de hermanos entre nosotros es la que viviremos en el cielo. No necesitaremos los vínculos matrimoniales, ni familiares, porque seremos una sola familia, una gran familia, la de los hijos e hijas de Dios, la de los hermanos que se quieren con una fraternidad plena. Por eso Jesús responde a los saduceos diciendo: “En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se casarán… son hijos de Dios, porque participan de la resurrección”.

No olvidemos que la resurrección de Jesús
(y por ende también la nuestra) es el eje central de nuestra fe. No olvidemos en qué Dios creemos, un Dios de vivos. No olvidemos que el amor de Dios es más fuerte que la misma muerte. Esa es nuestra fe y nuestra esperanza y con ellas podemos afrontar cualquier situación de nuestra vida, por difícil que sea, sabiendo que Dios está con nosotros, que nos acompaña y que nos dará fuerzas para salir adelante. Lo que nosotros debemos hacer es buscar esas fuerzas, acudir a Él y sentir que nos acompaña siempre.




Jesús va a repetir durante toda su enseñanza esa condición de vida permanente y la existencia del mundo futuro. La singularidad emocionante de esta doctrina lleva a la Iglesia al dogma de la Comunión de los Santos, pieza angular de nuestra fe que reúne para siempre --y de manera activa-- a todos los fieles de cualquier época. La Comunión de los Santos tiene dos significados relacionados: comunión en las cosas santas y comunión entre las personas santas y esta última es « una de las verdades más consoladoras de nuestra fe», porque «nos recuerda que no estamos solos, sino que hay una comunión de vida entre todos los que pertenecen a Cristo. Una comunión que nace de la fe y que “va más allá de la vida terrena, va más allá de la muerte y dura para siempre”

 Es una unión espiritual que nace en el bautismo y no se rompe con la muerte: gracias a Cristo resucitado, está destinada a encontrar su plenitud en la vida eterna. Hay un vínculo profundo e indisoluble entre los que todavía peregrinan en este mundo (entre nosotros) y los que han cruzado el umbral de la muerte a la eternidad. Todos los que peregrinan aquí en la tierra, las almas del Purgatorio y los beatos que ya están en el paraíso forman una grande y única familia cuyos miembros están unidos entre sí con los vínculos de la caridad divina. De la misma manera que los santos del cielo nos aman y ruegan por nosotros y por las almas del Purgatorio, así las almas purgantes nos aman e interceden por nosotros y nosotros igualmente debemos amarlas y orar por ellas.

Esta comunión entre el cielo y la tierra se realiza sobre todo en la celebración del Sacrificio Eucarístico donde ocurren dos cosas que tienen que ver con esto: en primer lugar, la entrega en la cruz de Jesús y su resurrección salvadora, la que nos abrió a nosotros también las puertas de la VIDA; y en segundo lugar, la Plegaria Eucarística, luego de la Consagración, incluye una serie de oraciones por las que nos unimos la Iglesia del cielo, de la tierra y del purgatorio. En estas oraciones que se llaman intercesiones vivimos de modo intensísimo el misterio de la Comunión de los Santos. Creamos un micro-clima de fraternidad, un intento de lo que viviremos en plenitud en el cielo, pero aquí y ahora es donde intentamos hacerlo realidad a través de esas oraciones de intercesión. Por eso en la que realizamos por quienes han cruzado el río de la vida se produce entre ellos y nosotros una unión admirable, invisible, pero real; un intercambio de pensamientos, afectos, de ayuda recíproca, una relación basada en el amor que es más fuerte que la muerte, porque en esta comunión circula la vida divina de Jesús, vida que no se extingue con la muerte.

El Evangelio de este domingo ilumina la gran esperanza que nos da Jesús respecto al mundo futuro: moriremos pero resucitaremos. Y cuando se produzca esa nueva situación nuestro cuerpo glorioso nos hará parecidos a los ángeles. La promesa del Señor está clara. Y ante ella la muerte no nos debe asustar.

No obstante, la actitud terrena y temporal de los saduceos todavía sigue vigente en la doctrina de algunos. Otros dicen creer en esa vida del más allá, pero en realidad su conducta prescinde por completo de esa realidad. Viven como si todo se terminara aquí abajo; como si sólo importase el dinero o todos esos valores meramente materiales por los que suspiran, viviendo como si todo se redujera a los cuatro días que pasan en esta tierra. Olvidan que todo lo de aquí abajo es relativo y pasajero, que sólo quedará en pie la vida santamente vivida, sólo nos servirá el bien que hayamos hecho por amor a Dios. La muerte nos va a llegar a todos y nuestra esperanza está en el paso a una vida mejor con la certeza de esa permanencia absoluta en el tiempo y el espacio que nos trae la resurrección y nuestra transformación gloriosa.

Cuando se es joven, o se tiene buena salud, el fenómeno de la muerte parece algo muy lejano aunque, tal vez, la desaparición de un ser querido nos acerca más a ella. Más adelante, cuando los años pasan, la creciente posibilidad de morir abre una mayor cercanía o familiaridad con este hecho que para aquellos que no son capaces de pensar en dicha trascendencia es como un final absoluto que hace que su cercanía estremezca y desasosiegue. Pero muchos ochentosos con fe, como yo, sabemos que es solo un paso hacia otro tipo de vida, que nuestro cuerpo deteriorado será un día como el de los ángeles, pleno de belleza, que la vida que nos ofrece Jesús de Nazaret no termina con la destrucción del cuerpo. Es una vida eterna en un ámbito pleno de luz, con un cuerpo glorioso y en presencia del rostro del Señor.



 Es lo que celebramos cada domingo, día en que Cristo ha vencido a la muerte haciéndonos partícipes de su vida inmortal.


ORACION FINAL


QUE NO ME IMPORTE, SEÑOR

Cómo me rescatarás de la muerte,

cuanto saber que, ahora y aquí,

me acompañas y me animas con tu Palabra

me alimentas con tu Cuerpo y con tu Sangre

y, en el fondo de mi alma,

me haces arder en ansias de poder verte

QUE NO ME IMPORTE, SEÑOR

Las falsas promesas que el mundo me ofrece

frente a las tuyas que han de ser perpetuas.

Los cortos caminos, que me llevan al abismo,

frente a los tuyos –estrechos y difíciles-

pero con ese final feliz y glorioso

de tu presencia eterna. Amén