Un Camino de Gracia

¡Oh, santísima Madre de Dios! Alcanzadme el
amor de vuestro divino Hijo para amarle, imitarle y
seguirle en esta vida y gozar de El en el Cielo. Amén.

jueves, 13 de octubre de 2016

"A través de los salmos el mismo Dios inspiró a sus hijos las palabras de las que debían servirse para dirigirse a Él, el modo de relacionarse con Él. Los Salmos son la voz de Dios y el grito del hombre, es como si fuera un canto a dos voces. .."




Aprendiendo a rezar con los Salmos

La Voz de la Confesión

Misericordia, Dios Mío.
(Salmo 50)






Oh, mi buen Jesús, fuente de todo bien, te adoro, te amo y sinceramente arrepentido de mis pecados te pido perdón. Mi buen Jesús, ayúdame a ser más humilde, más paciente; hazme puro y siempre sumiso a tus deseos. Haz que yo viva en Ti y para Ti; ampárame en los peligros y consuélame en mis dolores. Concédeme: salud, ayuda en mis necesidades materiales, tu santa bendición para todos mis trabajos y especialmente la gracia de una santa muerte. Así sea.







En la Biblia el libro de los Salmos es uno de los que componen el Antiguo Testamento. Está integrado por 150 oraciones poéticas o cantos, de distintas épocas y autores, que se fueron agrupando hasta formar la actual colección que, ya desde el siglo III a. C., constituía el libro oficial de cantos del Templo de Jerusalén. Los recitaron Jesús, que oro con ellos tanto en el Templo como en su oración personal, la Virgen, los Apóstoles, los primeros mártires. Fueron rezados con fervor y con una nueva comprensión por la primera comunidad cristiana salida del judaísmo, y pasaron así a los labios de la Iglesia cristiana que ha hecho de ellos, sin cambiarlos, su oración oficial, utilizándolos constantemente en toda su Liturgia. Podemos decir que se trata de las oraciones más usadas a lo largo de casi treinta siglos y por millones de creyentes.

Imagen del Sitio Oblatos.com


A través de los salmos el mismo Dios inspiró a sus hijos las palabras de las que debían servirse para dirigirse a Él, el modo de relacionarse con Él. Los Salmos son la voz de Dios y el grito del hombre, es como si fuera un canto a dos voces. A través de esos ciento cincuenta poemas religiosos el Pueblo de Dios fue expresando sus experiencias y las aspiraciones más profundas de su alma: sus luchas y sus esperanzas, sus triunfos y sus fracasos, su adoración y su acción de gracias, sus rebeldías y sus arrepentimientos y, sobre todo, la súplica ardiente que brota de la enfermedad, la pobreza, el destierro, la injusticia y todas las demás miserias del hombre. Esas experiencias y aspiraciones son las que, de alguna manera y en algún momento, vivimos también cada uno de nosotros. Esos gritos de alabanza, de súplica o de acción de gracias, arrancados a los salmistas en las circunstancias de su época y de su experiencia personal, tienen un eco universal, ellos expresan aquella actitud pascual que el hombre debe asumir ante Dios. Casi todos los salmos tienen una presencia que denota esa experiencia pascual, ese paso de la muerte a la vida, que tiene que hacer el orante. Todo está en los salmos, todo pero delante del Señor, todas las experiencias humanas, pero delante del Señor



Los Salmos, de hecho, enseñan a rezar. En ellos, la Palabra de Dios -las palabras del Salmista inspirado- se convierte en palabra de oración, en la del orante que reza los Salmos. Como dijéramos más arriba, quien reza los Salmos le está hablando a Dios con las mismas palabras que Dios nos ha dado, se dirige a Él con las palabras que Él mismo nos da. Así, rezando los Salmos se aprende a rezar. Son una escuela de oración, su lenguaje sencillo y a la vez poético, tiene la capacidad de tocar certeramente el centro del hombre, su corazón. Porque son palabras de corazón a corazón, del corazón de Dios al del hombre y viceversa. Y esto hace que, quien llega a conocerlos, ya no pueda prescindir nunca de ellos a la hora de expresarse ante Dios y se sorprenda muchas veces repitiendo algunas de sus frases como oración íntima y esencial.

No hay que tener miedo a que Dios nos haga entrega de las palabras con las cuales orar. A veces pensamos que si son nuestras son mejores y, sin embargo, debemos tener la pobreza de saber recibir de Dios hasta las mismas palabras de la oración y, al mismo tiempo, ser capaces de descubrir que detrás de esas palabras hay toda una experiencia que nos es trasmitida, la del pueblo de Israel. Al abrirnos a la experiencia del salmo, al rezarlo, esa experiencia se hace propia. Como tiene la virtualidad, la fuerza, la potencia, de Aquél que inspiró las palabras, entonces me da lo que ningún otro libro u oración me da, que es una experiencia de comunión que Dios mismo me brinda para que yo se la ofrezca, es como la lógica del don que es la gratuidad. Con la Eucaristía nos pasa lo mismo, nosotros no podemos ofrendar a Dios nada que sea de su altura, entonces el Señor nos da la Eucaristía para que nosotros, por manos del sacerdote, se la volvamos a ofrecer, fíjense como dice la Plegaria Eucarística: “Te ofrecemos lo que tú mismo nos diste”, ¿qué es? es Cristo. Él nos dio a Cristo, nosotros se lo volvemos a ofrecer. Por tanto no tener miedo de que sean palabras que Dios nos da, es la lógica del don en la que hay que entrar. Hay un comentador del salterio que dice: “Cuando rezas el salmo deja que Dios cante en ti, que Dios module en ti sus notas para que brote la oración del salterio”, lo que no nos pasa con ninguna otra oración porque ésta es la real de Dios
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El año pasado dimos comienzo a este aprendizaje a través del salmo 21. Con él entramos en los recovecos del alma humana a partir de una experiencia propiamente dolorosa que brotaba de la profundidad del hombre, del dolor del hombre, de la lucha del hombre, y a través de esa experiencia pascual que hacía el salmista buceamos en el tema del dolor, en lo que dijimos era como una frontera. A mí me gusta esta expresión de frontera porque ayuda a ubicarnos frente a ciertos temas que no tienen como una explicación exhaustiva, y en la vida, a veces, hay que cuidarse de las explicaciones que resuelven todo, ya que algunos son misterios. Esto hace que no nos pasemos la vida tratando de explicar algo que no tiene explicación. Son como fronteras a las que uno se acerca descalzo y en las que, a lo mejor, se percibe algo pero no todo. Así en el tema del dolor, como en el de la muerte, uno no tiene explicaciones exhaustivas y hay que cuidarse de tenerlas, porque son fronteras en las que lo que tenemos que hacer es reemplazar esa explicación por la presencia que nos ofrece el Señor, porque El viene a poner su persona cuando no tenemos explicación.

Con el pecado nos pasa un poco lo mismo, el tema del pecado es otra de las fronteras, porque el pecado no tiene una explicación exhaustiva. Sí la tiene en el sentido de que es fruto de la libertad humana, pero al mismo tiempo es una realidad compleja. Lo vivimos en primera persona cuando pecamos. Uno no quisiera pecar y lo hace, Pablo dice que uno tiene como en su ser esa contradicción. Entonces, acerquémonos también al salmo 50, con el que hoy continuaremos nuestro aprendizaje, a esta experiencia pascual del pecado, sabiendo que no vamos a encontrar, igual que sucedía en el tema del dolor, una explicación exhaustiva.

Cuando uno es capaz de reconocer su propia fragilidad, no importa tener fragilidades, lo que importa es como uno las sobrelleva y las vive de cara a Dios. El hombre es esencialmente frágil frente a Dios. Nosotros, a veces, pensamos que podemos tener una vida sin ningún pecado, sin ninguna imperfección y no, eso no va a existir hasta que entremos en la vida eterna. Lamentablemente tenemos que contar con la debilidad del pecado y la fragilidad. Entonces lo importante es el modo en que los vivimos y los asumimos y hacemos de esa debilidad o fragilidad un motivo para una experiencia pascual. Y eso es lo que va a pasar en el salmo, hacemos del pecado una especie de escalón para tener una experiencia pascual.

El salmo 50 es el salmo penitencial por excelencia. Además del salmo 50 en la Biblia hay otros seis salmos que se llaman salmos penitenciales y que con el 50 conforman los llamados siete salmos penitenciales, número que en la simbología bíblica es un número perfecto. Los salmos 6, 31, 37, 50,101, 129 y 142, son los siete salmos penitenciales y podemos decir, de alguna manera, que son como el ABC de la penitencia. Si uno quiere saber cómo presentarse ante Dios arrepentido, con estos siete salmos tiene todo lo que necesita. Ustedes pueden después leerlos en conjunto, porque cada uno está subrayando un matiz distinto
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El salmo 50 la tradición se lo atribuye a David, luego de su pecado de adulterio con Betsabé y de la “muerte–asesinato” de su esposo Urías. Todo este episodio del pecado lo relata el segundo libro de Samuel. De alguna manera el pecado de David es como un espejo de la experiencia que vamos a ver en el salmo. El salmo está espejando el pecado y el arrepentimiento de David. El capítulo 10 del segundo libro de Samuel habla de las guerras en las que interviene David y sus éxitos militares y a continuación el 11 es el que relata el episodio de su pecado:

“Al comienzo del año, en la época en que los reyes salen de campaña, David envió a Joab con sus servidores y todo Israel, y ellos arrasaron a los amonitas y sitiaron Rabá. Mientras tanto, David permanecía en Jerusalén. Una tarde, después que se levantó de la siesta, David se puso a caminar por la azotea del palacio real, y desde allí vio a una mujer que se estaba bañando. La mujer era muy hermosa.”

Para el hombre el pecado suele asociarse a un estado podríamos decir de confort, de bienestar, de seguridad y este episodio muestra lo que es el olvido de Dios por parte del hombre cuando encuentra un bienestar al alcance de su mano. Cuando estamos en aprietos nos acordamos de Dios, cuando necesitamos algo nos acordamos de Él, pero cuando estamos bien pasa como a un segundo plano, y ahí es donde el pecado nos acecha. Esto es como un pequeño rasgo del pecado.

“David mandó a averiguar quién era esa mujer, y le dijeron: «¡Pero si es Betsabé, hija de Eliam, la mujer de Urías, el hitita!». Entonces David mandó unos mensajeros para que se la trajeran. La mujer vino, y David se acostó con ella, que acababa de purificarse de su menstruación. Después ella volvió a su casa. La mujer quedó embarazada y envió a David este mensaje: «Estoy embarazada». Entonces David mandó decir a Joab: «Envíame a Urías, el hitita». Joab se lo envió, y cuando Urías se presentó ante el rey, David le preguntó cómo estaban Joab y la tropa y cómo iba la guerra. Luego David dijo a Urías: «Baja a tu casa y lávate los pies». Urías salió de la casa del rey y le mandaron detrás un obsequio de la mesa real. Pero Urías se acostó a la puerta de la casa del rey junto a todos los servidores de su señor, y no bajó a su casa. Cuando informaron a David que Urías no había bajado a su casa, el rey le dijo: «Tú acabas de llegar de viaje. ¿Por qué no has bajado a tu casa?». Urías respondió a David: «El Arca, Israel y Judá viven en tiendas de campaña; mi señor Joab y los servidores de mi señor acampan a la intemperie, ¿y yo iré a mi casa a comer, a beber y a acostarme con mi mujer» ¡Por la vida del Señor y por tu propia vida, nunca haré una cosa sí!». David dijo entonces a Urías: «Quédate aquí todavía hoy, y mañana te dejaré partir». Urías se quedó en Jerusalén aquel día y el día siguiente. David lo invitó a comer y a beber en su presencia y lo embriagó. A la noche, Urías salió y se acostó junto a los servidores de su señor, pero no bajó a su casa. A la mañana siguiente, David escribió una carta a Joab y se la mandó por intermedio de Urías. En esa carta, había escrito lo siguiente: «Pongan a Urías en primera línea, donde el combate sea más encarnizado, y después déjenlo solo, para que sea herido y muera». Joab, que tenía cercada la ciudad, puso a Urías en el sitio donde sabía que estaban los soldados más aguerridos. Los hombres de la ciudad hicieron una salida y atacaron a Joab. Así cayeron unos cuantos servidores de David, y también murió Urías, el hitita… Cuando la mujer de Urías se enteró de que su marido había muerto, estuvo de duelo por él. Cuando dejó de estar de luto, David mandó a buscarla y la recibió en su casa. Ella se convirtió en su esposa y le dio un hijo. Pero lo que había hecho David desagradó al Señor."


Hay, se ve, como una especie de falta de profundidad en la relación con Dios que lleva al pecado. Lo que le pasa a David es un poco eso, arrebata una presa fácil, como Adán, porque David tenía todo al alcance de su mano, sin embargo arrebata algo que incluso Dios mismo, tal vez, le habría concedido. Eso es el común, porque en el paraíso pasó un poco lo mismo. Dios le había dado a Adán todos los árboles frutales y él arrebató el fruto del único que le estaba prohibido, que no sabemos si en el futuro Dios se lo iría a conceder. Eso es como la realidad del pecado, arrebatar, adelantarse al don de Dios, no recibirlo, tomarlo por uno mismo y no dejar que Dios nos lo conceda, porque es más fácil arrebatar que recibir, porque recibir exige un reconocimiento de la propia fragilidad y pobreza.

Eso es lo que le pasa a David, Dios le ha dado todo, le ha dado el reino de Saúl, le ha dado victorias, le ha dado todas las mujeres que entonces tenía, le ha dado todo, y él, en un momento de superficialidad, toma algo que Dios no le había concedido y que ni siquiera era algo muy valioso. Entonces ahí se ve bien clara la naturaleza del pecado, el “quid” de nuestra falta.

Eso por un lado, por el otro es muy significativa la manera en que David trata de solucionar lo que había hecho, cosa que nosotros también hacemos, como una especie de trampa psicológica en la que no nos damos nunca cuenta o no queremos darnos nunca cuenta y hacemos un pecado mayor para tapar lo que hicimos. Es como todo un proceso muy complejo, por eso decía, son como fronteras, hay atenuantes, hay situaciones, todo eso viene a conformar la realidad del pecado, que es una situación compleja y nosotros de alguna manera la complicamos más por nuestra psicología frágil.

Volviendo al episodio de David: vimos como vino el pecado, a Betsabé que le dice que está embarazada, la acción de David para tapar su pecado que termina en la “muerte–asesinato” de Urías y luego a David, que, de alguna manera, tranquiliza su conciencia. Pero Dios, al que David había desagradado, por medio del profeta Natán lo pone frente a la parábola de la oveja. De esta forma comienza el capítulo 12:

“Entonces el Señor le envió al profeta Natán. Él se presentó a David y le dijo: «Había dos hombres en una misma ciudad, uno rico y el otro pobre. El rico tenía una enorme cantidad de ovejas y de bueyes. El pobre no tenía nada, fuera de una sola oveja pequeña que había comprado. La iba criando, y ella crecía junto a él y a sus hijos: comía de su pan, bebía de su copa y dormía en su regazo. ¡Era para él como una hija! Pero llegó un viajero a la casa del hombre rico, y este no quiso sacrificar un animal de su propio ganado para agasajar al huésped que había recibido. Tomó en cambio la oveja del hombre pobre, y se la preparó al que le había llegado de visita». David se enfureció contra aquel hombre y dijo a Natán: «¡Por la vida del Señor, el hombre que ha hecho eso merece la muerte!”

Fíjense, esto es muy interesante. A la acusación de Dios, por boca de Natán, David responde “Ese hombre debe morir”, o sea nace lo mejor de David, se da cuenta que el protagonista de la parábola ha hecho una injusticia muy grande. Es como si Dios le revelara al mismo tiempo su pecado y su mejor ser, porque Natán le dice: “Entonces Natán dijo a David: «¡Ese hombre eres tú!...” Y esta aseveración de Natán quiere significar dos cosas: “el protagonista de la parábola eres tú, que has tomado la única oveja de Urías, la has hecho tuya y lo has matado”, pero al mismo tiempo lo que le quiere decir con “Ese hombre eres tú”, es que David también es el hombre que se ha indignado con la injusticia. Es como la dinámica del hombre cuando a la luz de Dios reconoce su pecado. Reconoce su pecado y ve toda la fuerza del mal que ha obrado, pero al mismo tiempo Dios le revela toda la fuerza del bien que existe en él.

Esa fuerza del bien le viene al hombre no sólo por ser imagen de Dios, sino también de esa presencia de Dios que ha percibido. Es como si la presencia de Dios nos pusiera frente a la realidad de todo nuestro pecado, pero a la luz de su gran amor y de su misericordia. Por eso el Papa Francisco ha convocado a un año de la Misericordia. Esa es la misericordia de Dios, revelarnos al mismo tiempo toda la crudeza del pecado, toda la tosquedad del pecado, pero a la luz de su misericordia que lo ilumina y lo perdona, todo en un mismo acto.

No es que Dios nos acusa y nosotros nos quedamos sólo con nuestro pecado, eso sería reducir el pecado a un mal solamente moral, y no, no es que no lo sea, el pecado también es un mal moral, pero no es sólo moral, el pecado nace, brota, de la presencia del Señor, del confrontarse del hombre delante de Dios. Hay un texto de Pascal, que es un diálogo entre el alma y Dios, que transcurre así: “Dios dice al alma: Si tú conocieses verdaderamente tus pecados, perderías el ánimo. Y el alma responde: Si tú, oh Dios, me iluminaras en profundidad para mostrarme mis pecados, me desesperaría, porque soy superficial, no los veo. Y Dios le responde: No, tú no desesperarás porque tus pecados te serán revelados en el momento mismo en que te serán perdonados”. Es un mismo acto.

Hay otro texto en los Cuentos Jasídicos (Jasíd es palabra hebrea que significa piadoso. El jasidismo es un movimiento religioso, ortodoxo, místico, dentro del judaísmo, dividido en grupos dirigidos por un maestro de la ley, un rabino y estos cuentos recopilan como anécdotas o apotegmas de enseñanza de orden moral, ético, que impartían a los alumnos que los consultaban). En uno de ellos se cuenta que un alumno le dice al maestro: “He pecado gravemente. Si yo me arrepiento ¿Dios me va a perdonar?” Entonces el maestro le responde: “Te vas a arrepentir si Dios te perdona”. O sea, te vas a arrepentir solamente si Dios te perdona. Es un mismo acto el perdón que Dios concede y el arrepentimiento del hombre, esa es la verdadera misericordia.

Entrando ya al Salmo 50, él es como la exaltación de una religión del corazón en la que todo el ser del hombre está implicado. Es clara su contraposición con aquélla a la que se alude en su anterior, el salmo 49, en una especie de acusación por parte de Dios, de una religión solamente o meramente ritualista y formal que no compromete el corazón ni las entrañas de la persona. El salmo 50 es como una especie de gozne entre la espiritualidad más antigua y la que mira hacia el Nuevo Testamento. Nos referimos a la de los últimos profetas: Jeremías (Jer 24,7; 31,33) y Ezequiel (Ez 36,26), de esos profetas que hablan del corazón nuevo, de que el Señor va a sacar de nosotros ese corazón de piedra y va a poner un corazón de carne, entonces ya no cuenta tanto el sacrificio externo, sino la disposición interior del hombre que hace que ese sacrificio sea válido. Ese sacrificio externo si no incluye el sostén espiritual del hombre no tiene sentido. Es como toda la lucha de Jesús con los fariseos, no está mal el sacrificio externo, ni el cumplimiento de la ley, lo que está mal es hacer por un lado el sacrificio exterior y por el otro, interiormente, alejarnos del Señor. Lo que importa es la confluencia entre el actuar y el ser.

El salmo 50, o Miserere, es un compendio de todas nuestras plegarias: adoración, amor, ofrenda, acción de gracias, arrepentimiento, petición. Él parte de la consideración de nosotros mismos y de la visión de nuestro pecado y se dirige hacia la contemplación de Dios pasando a través del prójimo y orando por la conversión de todos los hombres.

El salmo comienza directamente como una oración, el salmista parece haber hecho ya la experiencia de su pecado y se lanza al grito de su oración. Comienza diciendo: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad,…”. Esa palabra misericordia es una realidad que no tiene traducción en castellano. La palabra hebrea usada “hésed” es una palabrita muy importante en la Biblia hebrea, fíjense que está usada 245 veces, “hésed” engloba la bondad, la gracia, la fidelidad, la asistencia, la misericordia, la compasión. Ella expresa lo propio del amor del Dios, que es un amor que implica el perdón. Es un amor que implica el perdón, las entrañas maternas, la pedagogía de Dios que nos va guiando, implica el amor de hermano, de padre, todo eso es el conjunto del amor divino. Y es lo que estamos pidiendo cuando decimos misericordia. A veces pensamos que solo es el perdón y cuando decimos “ten misericordia de mí” pensamos que es “perdona mis pecados”, pero no, es “perdona mis pecados” pero también es, al mismo tiempo, “hazme partícipe de ese amor entrañable”.

Sigamos con el salmo: “…por tu inmensa compasión borra mi culpa. Lava del todo mi delito, limpia mi pecado.”. El salmista irrumpe en el escenario llevando en alto la bandera de la “humildad-confianza”, implorando y apelando la misericordia eterna, no apela a sus penitencias, lágrimas o torturas mentales sino a la “inmensa compasión” divina en la que confía. Un sentimiento tejido de confianza-humildad se hace presente a lo largo de este salmo.

A continuación el salmista avanza hacia la profundidad total de una autocrítica: “Pues yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado.”. Es tan linda la actitud porque “lo que no se asume, no se redime”, lo que no se reconoce, no se puede perdonar, entonces el salmista ha dicho: “…yo reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado.” he ahí el binomio que define la muerte que da origen a su experiencia pascual “el dolor y la vergüenza”. Seguidamente viene uno de los principales puntos del salmo: “Contra ti, contra ti sólo pequé, cometí la maldad que aborreces.”, esto es muy importante porque siempre que pecamos nos olvidamos que estamos pecando contra Dios y que es su presencia la que nos revela el pecado y, al mismo tiempo, lo mejor de nosotros.. “Contra ti, contra ti sólo pequé”. Fíjense, David había cometido adulterio y asesinato y ¿qué pasó ahí? se rompió su relación de amistad con Dios, se rompió ese hilo que lo unía al Señor, a su amistad, a su alianza con Él. Eso es lo que nos pasa a nosotros cuando pecamos contra el Señor. Entonces ese “Contra ti” es muy importante tenerlo en cuenta, porque revela que lo que se afecta es la relación con Dios, violando su ley, rechazando su proyecto en la historia, alterando la jerarquía de valores, «cambiando la oscuridad por la luz y la luz por la oscuridad» es decir, llamando «al mal bien, y al bien mal» . Antes de ser una posible injuria contra el hombre, el pecado es ante todo traición de Dios. Entra, por tanto, en escena la conciencia personal del pecador, que se abre a percibir claramente su mal y le lleva a admitir que ha roto un lazo para construir una opción de vida alternativa a la Palabra divina. La conciencia de pecado es el primer paso hacia la penitencia: los pecados son conocidos del Dios ofendido, pero debe reconocerlos el pecador para implorar el perdón. La consecuencia será una decisión radical de cambio.

Sigue el salmo diciendo: “En la sentencia tendrás razón, en el juicio resultarás irreprochable.”. El reconocimiento del pecado trae como consecuencia la justificación de la sentencia divina que acepta como irreprochable. En el episodio de David, estas palabras aludirían a la sentencia de castigo que le habrá de anunciar el profeta Natán en nombre de su Dios: su hijo concebido de Betsabé moriría inexorablemente.

El sentimiento de culpabilidad tiene en el salmista profundas raíces, fíjense que le sigue diciendo a Dios: “Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre.”. De este modo, se evoca indirectamente la teología del pecado original y a toda la visión bíblica del hombre pecador. Es como si le dijera “desde el seno materno me has sacado con esta fragilidad” Lo que más profundamente le ha golpeado al salmista es la comprensión de su proclividad al pecado que le infesta desde su nacimiento, su incapacidad para actuar según los principios de la razón y la voluntad de Dios: el hacer el mal que no quiere y dejar de hacer el bien que le gustaría hacer.

Sigue el salmista diciendo: “Te gusta un corazón sincero…”, hay otra traducción del salmo que es más ilustrativa, la que dice: “Tu amas la sinceridad del corazón...”. Y continúa el salmo: “…y en mi interior me inculcas sabiduría.” El salmista sabe que el reconocimiento de los abismos que llevamos dentro es sabiduría que el hombre recibe otorgada por Dios y en la que El se complace, sabiduría que también le dice que si el volumen de su pecado es grande la misericordia del Señor es siempre mayor. Por eso frente a la inclinación al mal anteriormente confesada, el salmista va a sentir la necesidad de una purificación de su ser, a fondo, a manos del propio Dios:

“Rocíame con el hisopo: quedaré limpio; lávame: quedaré más blanco de la nieve” Puesto que su pecaminosidad le parece al salmista una lepra interior, se sirve del rito de aspersión con el hisopo, usada en las purificaciones legales de su tiempo con la lepra, para a través de una expresión figurada aludir al lavado y aspersión espiritual de su alma por la mano purificadora de Dios y quedar más blanco que la nieve.

“Hazme oír el gozo y la alegría, que se alegren los huesos quebrantados. Aparta de mi pecado tu vista, borra en mi toda culpa”. Es como decir “Hazme sentir limpio. Hazme sentir perdonado, aceptado, querido. Si mi pecado ha sido contra ti mi reconciliación ha de venir de ti”. Por eso es preciso que el Señor borre sus iniquidades y haga cuenta nueva para poder recuperar su amistad y su sombra protectora. Es la experiencia pascual, el paso del dolor y la vergüenza del pecado a la alegría de la salvación. Desde este versículo comienza a desaparecer el concepto y la palabra pecado y en su sustitución, aparece y resplandece la alegría.

A continuación viene una especie de culmen en el salmo, la súplica de la renovación espiritual. Porque no solo el perdón purificador de su culpa implora el salmista, sino también la “creación”: “Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme;…”. Este verbo crear se usa en la escritura solo para Dios, para nadie más. Sólo Dios crea y le decimos a Dios: “Crea en mí un corazón puro”, como si le dijéramos ahora, al Señor, que vuelva a crearnos, como si fuera el primer día de nuestra creación, como si saliéramos del bautismo, recién nacidos de la piscina bautismal, sin ningún pecado. Este es, también, como el “quid” del tratamiento de la reconciliación. Nosotros pensamos que cuando nos vamos a confesar nos perdonan ese pecado concreto que llevamos y es verdad, queda perdonado, pero la confesión es un baño en la Sangre de Cristo. Cuando nos vamos a confesar, a bañar en la Sangre de Cristo, ahí queda todo perdonado, eso de lo cual me confesé concretamente pero también todo lo anterior. Es que la redención de Cristo no tiene tiempo. Es como si saliéramos del bautismo cada vez que nos vamos a confesar. Es la gracia del perdón divino. Nosotros no sabemos perdonar así, pero el Señor sí. El Señor puede crearnos cada vez que, con nuestra disposición de arrepentimiento, nos vamos a confesar. Dios está ahí para perdonarnos, para sostenernos en la debilidad y para darnos la fuerza que no sólo sane eso sino también como la raíz profunda de lo que es, porque el Señor redime nuestro presente y nuestro pasado. Hay que tener como cuidado de que, así como el perdón divino es amplio y mira más a la disposición y al deseo de la renovación y de la creación nueva, así el hombre también tiene que mirar más a ese deseo de unión con el Señor y no sólo a la cosa concreta que nos lleva a la confesión.

Es tan generosa la amplitud del perdón de Dios que uno reza el salmo y no se da cuenta de qué pecado está hablando el salmista, porque está hablando de todos, está permitiendo que todos los pecados entren en esta oración. Todo entra en este salmo Miserere porque el perdón del Señor es así, pero ¡ojo! que es distinto de la “manga ancha”, como dice el Papa, de eso de que todo está bien, de que no hay pecado.

El salmista sigue diciendo: “… no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu; devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame (robustéceme) con espíritu generoso.”. Se podría decir –recurriendo a un término litúrgico– que se trata de una «epíclesis», es decir, una invocación al Espíritu Santo. La suerte espiritual y material del salmista está pendiente de la benevolencia divina; por ello pide encarecidamente que no le arroje de su presencia, echándole al olvido. Dios es el dispensador de todo bien; por eso ruega que no se retire de él el Espíritu Santo que ahora penetra en el alma del fiel infundiendo una nueva vida, elevándola del reino del pecado al cielo de la gracia. De este modo ahora el mismo Espíritu divino recrea, renueva, transfigura y transforma al pecador arrepentido, lo vuelve a abrazar, le hace partícipe de la alegría de la salvación y así animado por el Espíritu divino, fortalecido por él, se encamina por la senda de la justicia y del amor

En el siguiente versículo es como si el salmista se subiera a la azotea más alta para gritar a los cuatro vientos la noticia de su salvación, para que así su experiencia sea ocasión de que muchos abandonen el pecado y entren por los caminos de la Ley divina.: “Enseñaré a los malvados tus caminos, los pecadores volverán a ti.”. Una vez experimentado el renacimiento interior, el orante se transforma en testigo. Del mismo modo san Agustín, después de haber recorrido los caminos tenebrosos del pecado, sintió en sus «Confesiones» la necesidad de testimoniar la libertad y la alegría de la salvación. Quien ha experimentado el amor misericordioso de Dios se convierte en su testigo ardiente.

Por último, el orante mira a su pasado oscuro y grita a Dios: “¡Líbrame de la Sangre, oh Dios, Dios, Salvador mío! Y cantará mi lengua tu justicia.”. La «sangre» a la que se refiere es interpretada de diferentes maneras en la Escritura. La alusión, puesta en labios del rey David, hace referencia al asesinato de Urías, el marido de Betsabé, la mujer que se había convertido en la pasión del soberano. En sentido más genérico, la invocación indica el deseo de purificación del mal, de la violencia, del odio, siempre presentes en el corazón humano con fuerza tenebrosa y maléfica. A continuación los labios del fiel, ahora purificados del pecado, cantaran al Señor y el versículo termina precisamente con el compromiso de proclamar la «justicia» de Dios. El término «justicia» no designa propiamente la acción de castigo de Dios ante el mal, sino que indica más bien la rehabilitación del pecador, pues Dios manifiesta su justicia haciendo justos a los pecadores. Dios no busca la muerte del malvado, sino que desista de su conducta y viva.

El orante consciente de haber sido perdonado por Dios proclama al mundo su alabanza al Señor, atestiguando de este modo la alegría que experimenta el alma purificada del mal y, por ello, liberada del dolor y la vergüenza: Señor, me abrirás los labios, y mi boca proclamará tu alabanza” Como siempre la alabanza sigue a la experiencia pascual.

Fíjense ahora como sigue el salmo: “Los sacrificios no te satisfacen; si te ofreciera un holocausto, no lo querrías. (el sacrificio exterior) Mi sacrificio (otro punto culminante del salmo) es un espíritu quebrantado, un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias.”. Hay una identificación del holocausto y el sacrificio con el salmista, este es un paso muy importante en la espiritualidad de Israel. No ofrecemos cosas al Señor, nos ofrecemos a nosotros mismos. Nos ofrecemos a nosotros mismos en la oración. Por eso más tarde Agustín va a decir: “Te ofreceré un sacrificio de alabanza”. ¿Cuál es el sacrificio? Yo mismo, ya no es el ternero, ni el cordero, soy yo. Y si fuera algo exterior tiene que corresponder a nuestro espíritu, tiene que ser una expresión de mi actitud interior. En esa parte donde el salmista dice: “Mi sacrificio es un espíritu quebrantado”, ahí está como el “quid” porque le está diciendo que un corazón quebrantado y humillado Él no lo desprecia. Para el salmista la esencia del sacrificio, su substancia, no es otra cosa sino el alma humana, es decir su espíritu y su corazón abiertos hacia Dios a través del arrepentimiento, el dolor, la humildad y la entrega. El “quid” del salmo es esa relación interior por la que pasa la verdadera unión con el Señor.

Con esto el salmista ha dejado como una huella en el medio del salterio, porque hay un cambio, se ve como la pedagogía de la Biblia va avanzando. Al principio el hombre es como que todavía no se hallaba capacitado para entenderlo, noten que Abraham ofrece un holocausto exterior y el Señor pacta su alianza con un sacrificio externo. Cuando va pasando el tiempo el hombre por la pedagogía divina es más capaz y hace experiencias más espirituales y así llegamos a lo de Jesús. Esa historia es la nuestra, nosotros también empezamos exteriormente y después nos vamos, cada vez más, conformando al sacrificio de Cristo, ello en tanto y en cuanto incorporamos en nosotros los mismos sentimientos de Cristo Jesús. El sacrificio que Dios Padre espera de nosotros es nuestra muerte personal, con Cristo, al pecado, hasta aniquilar en nosotros al hombre viejo.

El último párrafo del salmo es una remisión al Templo: “Señor, por tu bondad, favorece a Sión, reconstruye las murallas de Jerusalén: entonces aceptarás los sacrificios rituales, ofrendas y holocaustos, sobre tu altar se inmolarán novillos.”. Parece como si el salmista se estuviera contradiciendo, porque antes había dicho que su sacrificio no era un holocausto sino un sacrificio interior y ahora, al mismo tiempo, le dice que reconstruya las murallas de Jerusalén ahí donde se ofrecen los holocaustos y sacrificios rituales. ¿Y esto por qué? Porque cuando esta disposición interior se dé, entonces el Señor aceptará los sacrificios rituales, ofrendas y holocaustos y sobre su altar se inmolarán novillos. ¿Cuándo? Cuando esos novillos estén acompañados por el sacrificio de un espíritu quebrantado. Lo mismo dice Jesús: “Si vas a poner tu ofrenda sobre el altar y te acuerdas que tu hermano tiene algo contigo, deja tu ofrenda, reconcíliate con tu hermano y sólo entonces vuelve a presentar tu ofrenda” (Mt. 5, 23-24).

Como colofón, podemos ver en este salmo una voz vibrante, llena de sinceridad y de humildad, un corazón que desea el encuentro, el diálogo, la amistad con Dios y que, sintiéndose responsable de su pérdida, no puede vivir su sentimiento de lejanía de Dios, de ruptura de su amistad, de separación. Quiere volver a Dios. Y confiando en su misericordia se arroja en el océano infinito de la bondad de Dios porque si el pecado es grande, mayor, mucho mayor es la misericordia de Dios. Esta convicción que siglos más tarde veremos gráficamente expresada en la parábola del hijo pródigo (Lc 15,11-32)( cuadro plástico de la doctrina y de la experiencia del salmo 50) hace nacer en el salmista la voz de la confesión, una confesión incomparable de los sentimientos más sinceros de humildad y de contrición. Y así, con una enorme tensión interior, fruto de su vivencia personal y de su fe, compone esta obra maestra, radiografía impresionante de su experiencia pascual de muerte y resurrección.

Rezarlo haciendo nuestros sus acentos es, para nosotros, una vivencia de conversión y una indicación para la ascesis del arrepentimiento, una llamada a estar más cerca de Dios, a no separarnos más de Él.






Lunes 13 de Junio

San Antonio de Padua RESPONSORIO









Si buscas milagros, mira muerte y error desterrados, miseria y demonio huidos, leprosos y enfermos sanos. El mar sosiega su ira, redímense encarcelados miembros y bienes perdidos recobran mozos y ancianos. 

El peligro se retira los pobres van remediados cuéntenlo los socorridos díganlo los Paduanos El mar sosiega su ira, etc.

Gloria al Padre, Gloria al Hijo, Gloria al Espíritu Santo.

El mar sosiega su ira, etc. Ruega a Cristo por nosotros Antonio glorioso y Santo, para que dignos así de sus promesas seamos.

domingo, 5 de junio de 2016

Dame, buen Señor, el deseo de estar contigo, de no evitar las calamidades de este mundo, no tanto por alcanzar las alegrías del cielo como simplemente por amor a Ti.

"Si me distraigo, la Eucaristía me ayuda a recogerme. Si se ofrecen cada día oportunidades para ofender a mi Dios, me armo cada día para el combate con la recepción de la Eucaristía. Si necesito una luz especial y prudencia para desempeñar mis pesadas obligaciones, me acerco a mi Señor y busco Su consejo y luz" Santo Tomas Moro






ORACION DE
SANTO TOMÁS MORO

Dios Glorioso, dame gracia para enmendar mi vida y tener presente mi fin sin eludir la muerte, pues para quienes mueren en Ti, buen Señor, la muerte es la puerta a una vida de riqueza.

Y dame, buen Señor, una mente humilde, modesta, calma, pacífica, paciente, caritativa, amable, tierna y compasiva en todas mis obras, en todas mis palabras y en todos mis pensamientos, para tener el sabor de tu santo y bendito espíritu.

Dame buen Señor, una fe plena, una esperanza firme y una caridad ferviente, un amor a Ti, muy por encima de mi amor por mí.

Dame, buen Señor, el deseo de estar contigo, de no evitar las calamidades de este mundo, no tanto por alcanzar las alegrías del cielo como simplemente por amor a Ti.

Y dame, buen Señor, Tu amor y Tu favor; que mi amor a TI, por grande que pueda ser, no podría merecerlo si no fuera por tu gran bondad. Buen Señor, dame Tu gracia para trabajar por estas cosas que te pido.




Santo Tomás Moro nació en Londres en 1477. Recibió una excelente educación clásica, graduándose de la Universidad de Oxford en abogacía. Su carrera en leyes lo llevó al parlamento. En 1505 se casó con su querida Jane Colt con quien tuvo un hijo y tres hijas. Jane muere joven y Tomás contrae nuevamente nupcias con una viuda, Alice Middleton.

Hombre de gran sabiduría, reformador, amigo de varios obispos.

En 1516 escribió su famoso libro "Utopía". Atrajo la atención del rey Enrique VIII quién lo nombró a varios importantes puestos y finalmente "Lord Chancellor", canciller, en 1529. En el culmen de su carrera Tomás renunció, en 1532, cuando el rey Enrique persistía en repudiar a su esposa para casarse, para lo cual el rey se disponía a romper la unidad de la Iglesia y formar la iglesia anglicana bajo su autoridad.

Santo Tomás pasó el resto de su vida escribiendo sobre todo en defensa de la Iglesia. En 1534, con su buen amigo el obispo y santo Juan Fisher, rehusó rendir obediencia al rey como cabeza de la iglesia. Estaba dispuesto a obedecer al rey dentro de su campo de autoridad que es lo civil pero no aceptaba su usurpación de la autoridad sobre la Iglesia. Tomás y el obispo Fisher se ayudaron mutuamente a mantenerse fieles a Cristo en un momento en que la gran mayoría cedía ante la presión del rey por miedo a perder sus vidas. Ellos demostraron lo que es ser de verdad discípulos de Cristo y el significado de la verdadera amistad. Ambos pagaron el máximo precio ya que fueron encerrados en La Torre de Londres. Catorce meses mas tarde, nueve días después de la ejecución de San Juan Fisher, Sto. Tomás fue juzgado y condenado como traidor. El dijo a la corte que no podía ir en contra de su conciencia y decía a los jueces que "podamos después en el cielo felizmente todos reunirnos para la salvación eterna"

Ya en el andamio para la ejecución, Santo Tomás le dijo a la gente allí congregada que el moría como "El buen servidor del rey, pero primero Dios" ("the King's good servant-but God's first")

Nos recuerda las palabras de Jesús: "Al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios." Fue decapitado el 6 de julio de 1535. Su fiesta es el 22 de junio.

Qué gran modelo es Santo Tomás Moro para todos, en especial para los políticos, gobernantes y abogados. Pidámosle que su valentía les inspire para mantenerse firmes e íntegros en la verdad sin guardar odios ni venganzas.


sábado, 4 de junio de 2016

Oh benevolísimo y misericordísimo Corazón de Jesús, estampa en nuestros corazones una imagen perfecta de tu gran misericordia, para que podamos cumplir el mandamiento que nos diste: "Serás misericordioso como lo es tu Padre ".



OFRECIMIENTO A LOS DOS CORAZONES
San Juan Eudes

Oh Jesús, el Unico Hijo de Dios,
el Unico Hijo de María,
te ofrezco el Corazón bondadosísimo
de tu Madre Divina,
el cual para ti es el más precioso
y agradable de todos.

Oh María, Madre de Jesús,
te ofrezco el Corazón Sagradísimo
de tu amado Hijo,
quien es la vida y el amor de tu Corazón.



Oración de Misericordia a los Corazones de Jesús y María
San Juan Eudes

Oh benevolísimo y misericordísimo
Corazón de Jesús,
estampa en nuestros corazones
una imagen perfecta de tu gran misericordia,
para que podamos cumplir
el mandamiento que nos diste:
"Serás misericordioso
como lo es tu Padre ".

Madre de la misericordia,
vela sobre tanta desgracia, tantos pobres,
tantos cautivos, tantos prisioneros,
tantos hombres y mujeres que sufren persecución
en manos de sus hermanos y hermanas,
tanta gente indefensa,
tantas almas afligidas,
tantos corazones inquietos,

Madre de la misericordia,
abre los ojos de tu clemencia
y contempla nuestra desolación.
Abre los oídos de tu bondad
y oye nuestra súplica.

Amorosísima y poderosísima abogada,
demuéstranos que eres en verdad
la Madre de la Misericordia.




"...Para meditar sobre la Trinidad es necesario abrirse con humildad a Dios para que Él nos ilumine. Solo entonces podremos usar la razón para estudiar lo que de Él recibimos".



El Misterio de la Santísima Trinidad



Un Dios Amor que nos invita al gozo de su vida en comunidad


Calla para mirar con ojos limpios

el mundo de hoy, con sus luces y sombras.

Calla para mirar al Dios Amor-Trinidad

que ha hecho de toda la tierra su hogar

y de cada ser humano su nido de amor.

Calla y adora con todo tu ser.

Contempla confiadamente al Padre

El Dios de la misericordia y del amor.

El Dios que protege, que espera, que perdona.

El Dios que ama especialmente a los más pequeños.

Acoge la gracia de nuestro Señor Jesucristo.

El hijo de María, en quien todo vuelve a ser posible.

El testigo transparente frente a toda mentira.

El que se hace encontradizo y gratuito en todos los caminos.

Déjate guiar por el Espíritu Santo.

Que abre espacios para la esperanza.

Que nos ayuda a sacar de la fe el jugo profético y liberador.

Que se hace aliento de vida y amor derramado en el corazón.

GLORIA



Después del tiempo pascual, que concluyó con la solemnidad del domingo de Pentecostés, la liturgia ha vuelto a lo que conocemos como «tiempo ordinario» y en el primer domingo de este nuevo tiempo ordinario (el domingo pasado) colocamos nuestra mirada en el misterio de la Santísima Trinidad celebrando su solemnidad.
Jesús nos dijo reiteradamente que Dios es PADRE y que nosotros lo podemos llamar PADRE NUESTRO. Si saber que Dios tenía un HIJO fue una de las grandes revelaciones que vino a hacernos Jesús, igualmente lo es que también es ESPÍRITU y que el Espíritu Santo sería enviado por Jesús una vez que volviera junto al Padre, después de su pasión, muerte y resurrección, y que este Espíritu, fuerza de lo Alto, nos asistiría para conocer en profundidad toda la verdad, ayudándonos a comprender el sentido pleno de toda nuestra fe. Estos aspectos que encontramos en la Escritura, es lo que la Iglesia ha sintetizado, proclamando y reconociendo que Dios, es PADRE, HIJO y ESPIRITU SANTO. Un solo Dios y tres personas distintas, pero iguales en gloria y dignidad, que comparten la misma gloria, el mismo poder, el mismo honor, en una relación de comunión: la Santísima Trinidad.



Hay realidades que no podemos entender, porque nuestra capacidad humana no es suficiente para comprenderlas o explicarlas. Una de esas realidades es el misterio de la Santísima Trinidad: un solo Dios y Tres Personas divinas. Un misterio es una verdad que creemos porque Dios nos la ha revelado, pero que no podemos comprender en toda su inmensidad, porque es más grande que la inteligencia humana. Los misterios no se pueden explicar del todo racionalmente; los misterios se creen, no se explican.


Hay una bonita y muy antigua leyenda llamada “san Agustín y el niño de la concha”, tal como está representada en el famoso cuadro de Rubens. En este cuadro aparece el santo obispo de Hipona paseando por la playa; cuando ve que un niño está echando agua del mar en un pequeño hoyito, con una concha que lleva en la mano. El santo se acerca al niño y le pregunta: ¿qué haces? A lo que el niño responde sin dudar: voy a meter toda el agua del mar en este agujero. El santo, paternal y bondadoso, le responde al niño: toda el agua del mar no va a caber en este agujero. El niño le mira y le dice: tampoco Dios cabe en tu inteligencia. Esta respuesta enseña que la Trinidad sobrepasa a la razón infinitamente y por eso la razón no basta para entenderla.

Nuestros conceptos y nuestros criterios no pueden abarcar a Dios. No es la razón la que ilumina a Dios sino Dios el que ilumina nuestra razón. La razón y el estudio son importantes pero sin la gracia no nos podemos adentrar en los misterios de Dios. Para meditar sobre la Trinidad es necesario abrirse con humildad a Dios para que Él nos ilumine. Solo entonces podremos usar la razón para estudiar lo que de Él recibimos. Como el sol que ilumina todo pero no podemos mirarlo directamente, así ocurre con Dios. Lo mismo pasa con la fe, uno dice la fe es oscura, pero no, la fe no es oscura, la fe es exceso de luz, de claridad. Yo no puedo conocer a Dios totalmente pero puedo conocer algo, es como cuando entro en un lugar muy iluminado y me obnubilo, pero después de un tiempo me acostumbro y empiezo a percibir algo. Lo mismo nos pasa a nosotros ya que hacemos un click y empezamos a ver y a conocer cada vez un poco más.

El misterio de la Santísima Trinidad, un sólo Dios en tres Personas distintas, es el misterio central de la fe y de la vida cristiana, pues es el misterio de Dios en Sí mismo. Aunque como hemos visto entrar totalmente en su comprensión supera nuestra capacidad humana, fue el primero que asumieron los Apóstoles. Después de la Resurrección comprendieron que Jesús era el Salvador enviado por el Padre y cuando experimentaron la acción del Espíritu Santo dentro de sus corazones, en Pentecostés, comprendieron que el único Dios era Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Los católicos creemos que la Trinidad es un solo Dios. No creemos en tres dioses, sino en un sólo Dios en tres Personas distintas. Para señalar lo que une en la Trinidad y hace que las personas sean un solo Dios, la Iglesia utiliza la palabra naturaleza (substancia o esencia). La naturaleza es la esencia divina, el “ser subsistente”, por tanto es aquello que constituye a Dios como Dios, distinto de cualquier otro ser posible. Esta esencia es numéricamente una y se encuentra presente en el Padre, en el Hijo y en el Espíritu Santo, por ello no son tres dioses sino solo uno. Todos los demás seres que no son Dios tienen el ser recibido o participado, pero Dios no tiene el ser recibido, sino por esencia.

Por eso no confesamos tres dioses sino un solo Dios en tres personas: “La Trinidad consubstancial”. Las personas divinas no se reparten la única divinidad, sino que cada una de ellas es enteramente Dios: "El Padre es lo mismo que es el Hijo, el Hijo lo mismo que es el Padre, el Padre y el Hijo lo mismo que el Espíritu Santo, es decir, un solo Dios por naturaleza”. Cada una de las tres personas es esta realidad, es decir, la substancia, la esencia o la naturaleza divina.

Lo que es distinto en Dios; es la individualidad de cada persona, que existe simultáneamente en sí y para sí y en eterna comunión con las otras dos. "Dios es único pero no solitario" "Padre", "Hijo", Espíritu Santo" no son simplemente nombres que designan modalidades del ser divino, pues son realmente distintos entre sí: "El que es el Hijo no es el Padre, y el que es el Padre no es el Hijo, ni el Espíritu Santo el que es el Padre o el Hijo".

La profesión de fe atribuida a San Atanasio de Alejandría o Símbolo Quicumque (llamado así por la palabra con la que comienza "Quicumque" que quiere decir "quien quiera”) recoge estas verdades primordiales de la fe respecto al misterio de la Santísima Trinidad. Atribuido históricamente a San Atanasio (+373), aunque no fuera redactado por ningún Concilio Ecuménico, « alcanzó tanta autoridad en la Iglesia, tanto occidental como oriental, que entró en el uso litúrgico y ha de tenerse por verdadera definición de fe» .De él reproducimos sus primeros párrafos y a continuación su representación gráfica:



Todo el que quiera salvarse, es preciso ante todo que profese la fe católica: Pues quien no la observe íntegra y sin tacha, sin duda alguna perecerá eternamente. Y ésta es la fe católica: que veneremos a un solo Dios en la Trinidad Santísima y a la Trinidad en la unidad. Sin confundir las personas, ni separar la substancia. Porque una es la persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo. Pero el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una sola divinidad, les corresponde igual gloria y majestad eterna. Como es el Padre, tal es el Hijo, tal el Espíritu Santo.


Santo Tomás de Aquino enseña que las tres personas divinas no se distinguen ni por su Naturaleza, pues como ya vimos tienen una Naturaleza común, ni por sus perfecciones, porque éstas se identifican con la Naturaleza divina. Así ninguna de las tres Personas es más sabia o poderosa, ni superior ni inferior a la otra, ni la una es anterior o posterior a las otras, sino que todas tienen infinita sabiduría y poder y todas son igualmente eternas.

En cuanto a la actividad de Dios ella es: 

a) externa o hacia afuera, si se refiere a las criaturas, ya que proceden de Dios en cuanto causa primera todas las criaturas, 
y b) interna o hacia adentro si se refiere a las divinas Personas entre sí, así de esta actividad proceden el Hijo y el Espíritu Santo en el seno de la Trinidad (proceden las personas, no la naturaleza divina numéricamente una)
.
a) La actividad externa de Dios es común a las tres divinas Personas, y así todo lo que hace una de ellas para con las criaturas, lo hacen también las otras dos. O sea que tampoco se diferencian por sus obras exteriores; porque teniendo las tres la misma Omnipotencia, lo que obre una respecto a la criatura, lo obran las otras dos. En virtud de la interrelación entre las tres divinas personas, todo en ellas es ternario y participado. El Padre, el Hijo y el Espíritu siempre están juntos: crean juntos, salvan juntos y juntos nos introducen en su comunión de vida y de amor. En la santísima Trinidad no se realiza ninguna obra externa sin la comunión de las tres personas. Esto no impide que haya acciones atribuidas a una de las personas divinas, aunque sea realizada juntamente por las tres, debido a una afinidad con las propiedades de aquella persona. Lo vemos claramente en sus misiones, que designan la presencia de las personas divinas dentro de la historia de la Sagrada Escritura. Así el Padre proyectó toda la creación; el Hijo se encarnó para liberarnos del pecado y llevarnos a la vida eterna; el Espíritu Santo recibió la misión de santificarnos, iluminándonos y ayudándonos con sus dones a alcanzar la vida eterna.

b) La actividad interna de Dios es propia de cada una de las divinas Personas, porque se basa en sus relaciones de origen, que son propias de cada persona. Relaciones son las conexiones que existen entre las tres divinas personas. El Padre en relación con el Hijo posee la paternidad y el Hijo en relación con el Padre posee la filiación. Por su parte, Padre e Hijo unidos espiran el Espíritu prometido. Esta es la espiración activa. El Espíritu emanado es fruto del amor mutuo del Padre y del Hijo unidos, y a ellos se refiere como espiración pasiva. La espiración activa de Padre e Hijo unidos, que emanan o expresan el Espíritu, y la espiración pasiva, el Espíritu que referencia al Padre y al Hijo, constituyen esta otra mutua relación trinitaria. Las relaciones son las que permiten distinguir a una persona de la otra. Las personas también se distinguen por su origen: el Padre no proviene de ninguna persona (por nadie fue hecho, ni creado, ni engendrado), el Hijo no es hecho ni creado sino que es engendrado por el Padre, y el Espíritu Santo procede a la vez del Padre y del Hijo por vía de Voluntad y Amor.


Cabe una aclaración ya que al decir que el Padre engendra al Hijo y el Espíritu Santo procede de ambos, pareciera que el Hijo existe después del Padre y que el Espíritu Santo existe después del Padre y del Hijo. Las procedencias divinas nada tienen que ver con el antes y el después propio de las acciones de las criaturas realizadas en el tiempo. El Padre engendra al Hijo y de ambos procede el Espíritu Santo por una acción que no es distinta de la misma naturaleza divina, que se produce en ese instante de duración eterna que es la eternidad.

Dios es el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo en comunión recíproca. ¿Cómo se da esta comunión entre las divinas personas? Pues bien, decir que Dios es comunión significa que los tres eternos, Padre, Hijo y Espíritu Santo, están vueltos unos a los otros. Cada persona divina sale de sí misma y se entrega a las otras dos. Cada persona divina penetra en la otra y se deja penetrar por ella. Da la vida, el amor, la sabiduría, la bondad y todo lo que es. Los divinos tres se encuentran desde toda la eternidad en una infinita eclosión de amor y de vida, uno en dirección al otro. Las personas son distintas (el Padre no es el Hijo ni el Espíritu Santo, y así sucesivamente), no para estar separadas, sino para unirse y poder entregarse unas a otras.
Iconografia de la Santisima Trinidad

El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se aman de tal manera y están tan interpenetrados entre sí, la unión es tan profunda y radical, que son un solo Dios. Es algo similar a tres fuentes que constituyen un único y mismo lago. Cada fuente corre en dirección a la otra; entrega toda su agua para formar un solo lago. Es algo similar a tres focos de una misma lámpara, que constituyen una sola luz.

El efecto de esta mutua interpretación es que cada persona mora en la otra. En palabras sencillas, esto significa: el Padre está siempre en el Hijo, comunicándole la vida y el amor; el Hijo está siempre en el Padre, conociéndolo y reconociéndole amorosamente como Padre; el Padre y el Hijo están en el Espíritu Santo como expresión mutua de vida y de amor; el Espíritu Santo está en el Hijo y en el Padre como fuente y manifestación de la vida y del amor de esta fuente abismal. Todos están en todos. Lo definió muy bien el concilio de Florencia en el año 1441: "El Padre está todo en el Hijo, todo en el Espíritu Santo. El Hijo está todo en el Padre y todo en el Espíritu Santo. El Espíritu está todo en el Padre y todo en el Hijo. Ninguno precede al otro en eternidad, ni lo supera en grandeza, ni le sobrepuja en poder".

Si Dios significa tres personas divinas en eterna comunión entre sí, entonces hemos de concluir que también nosotros, sus hijos e hijas, estamos llamados a la comunión. Somos imagen y semejanza de la Trinidad. En virtud de esto, somos seres comunitarios. La soledad es el infierno. Nadie es una isla. Estamos rodeados de personas, de cosas y de seres por todas partes. Por causa de la santísima Trinidad, estamos invitados a mantener relaciones de comunión con todos, dando y recibiendo, construyendo todos juntos una convivencia rica, abierta, que respete las diferencias y beneficie a todos. La comunión es la realidad más profunda y fundadora que existe. La comunión de la santísima Trinidad no está cerrada sobre sí misma. Se abre hacia fuera. Toda la creación significa un desbordamiento de vida y de comunión de las tres divinas personas, que invitan a todas las criaturas, especialmente a las humanas, a entrar también ellas en el juego de la comunión entre sí y con las personas divinas. El mismo Jesús lo dijo muy bien: "Que todos sean una sola cosa; como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, que también ellos sean una sola cosa en nosotros" (Jn 17,21).
Imagen de EWTN

¿Cómo se reveló la santísima Trinidad? En las sagradas Escrituras no encontramos literalmente la palabra Trinidad, pero esto no significa que no nos comuniquen su revelación, no nos la comunican de forma plena, pero si de otra forma. Esto nos lleva a distinguir entre doctrina de la Santísima Trinidad y realidad de la Santísima Trinidad. Aun cuando los hombres y las mujeres no supieran nada de la Santísima Trinidad, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo habitaban desde siempre en la vida de las personas. La realidad de las tres divinas personas no estuvo nunca ausente de la historia, de las luchas y de la vida de las personas de todos los tiempos. La doctrina surgió luego, cuando las personas captaron la revelación de la Santísima Trinidad y pudieron formular doctrinas trinitarias.


En el Antiguo Testamento no hay una revelación explícita de la Trinidad; pero sí hay insinuaciones, vestigios, alusiones sobre la Trinidad de Personas en Dios. Así en el libro del Génesis vemos que Dios habla de sí mismo usando el plural: «Hagamos al hombre a imagen y semejante nuestra» (Gén 1, 26), palabra que denota pluralidad de personas. Luego cuando se narra la visita del Señor a Abraham junto al encinar de Mamré (Gen 18,2-3) dice: “Abrahán alzó la vista y vio que tres hombres estaban de pie junto a él. Apenas los vio, corrió a su encuentro desde la puerta de la tienda y se postró en tierra diciendo. -Mi Señor, si he hallado gracia a tus ojos, no pases sin detenerte junto a tu siervo”. A pesar de que Abraham ve a “tres personas”, sin embargo, exclama “mi Señor” en singular. Abraham vio a Dios en su plenitud, reconoce en esas tres personas una sola divinidad, es decir un solo Dios.

Asimismo en el Antiguo Testamento descubrimos personificaciones que aluden a la fe futura en la Santísima Trinidad:

1) Se personifica a la sabiduría, ella es el Dios presente entre los hombres, que abre caminos donde hay dudas, que enciende la luz en medio de la búsqueda de los hombres. Ella es Dios, pero posee una relativa autonomía respecto al mismo Dios.

2) También se personifica la palabra de Dios. Por la palabra, Dios está en medio de la comunidad; por medio de ella él comunica su voluntad, juzga la historia, salva y promete al futuro liberador. Esta palabra es Dios, pero al mismo tiempo mantiene una relativa independencia de él, lo cual demuestra que en Dios hay unidad y diversidad.

3) También se personifica a la fuerza de Dios: es el Espíritu de sabiduría, de discernimiento, de coraje, de santidad. Esta fuerza de Dios se manifiesta en la creación, en la historia, en la vida de las personas, particularmente en los justos y en los profetas.

Pero la revelación misma de la santísima Trinidad en toda su claridad sólo vino en el Nuevo Testamento por medio de Jesucristo y por las manifestaciones del Espíritu Santo. Con Jesús irrumpió la conciencia clara de que Dios es Padre que envía a su Hijo unigénito, encarnado en Jesús de Nazaret en virtud del Espíritu Santo; Él formó la santa humanidad de Jesús en el seno de la virgen María y llenó a Jesús de entusiasmo para predicar y curar, así como envió a los Apóstoles para dar testimonio y fundar comunidades cristianas. Sólo podremos entender a Jesucristo si lo comprendemos tal como nos lo presentan los evangelios: como Hijo del Padre y lleno del Espíritu Santo. La Trinidad se revela en los comportamientos y palabras de Jesús y en la acción del Espíritu Santo en el mundo y en las personas.

Jesucristo se presentó a Sí mismo como el eterno y divino Hijo de Dios. Afirmó que es el Hijo, el Unigénito del Padre, igual al Padre.

Jesús nos reveló más plenamente al Padre. Siempre hablaba de su Padre llamándole por este nombre. Nos enseñó a amar a nuestro Padre celestial porque nos ama. Él quiere ayudarnos en todas las necesidades de alma y cuerpo. Quiere llevar a sus hijos a su hogar del Cielo.

Jesús reveló la tercera Persona divina, el Espíritu Santo. El Padre y el Hijo, después de la Resurrección, lo enviaron a la Iglesia. Jesús había prometido enviar la tercera Persona, Dios igual que El mismo y que el Padre. Jesús, el Divino Maestro, habló a sus discípulos acerca del verdadero Dios y los llamó a ser hijos de Dios por el don del Espíritu.

El texto más importante que se aduce para la revelación de la santísima Trinidad por parte de Jesús, es su palabra de despedida en Mateo: "Id, pues, y haced discípulos míos en todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (28,19). Este mandato de Jesús sólo se encuentra en el evangelio de san Mateo.

Si bien en el Nuevo Testamento tenemos la revelación de la santísima Trinidad no existe allí una doctrina elaborada sobre este hecho. La doctrina supone el cuestionamiento, la reflexión y la sistematización de las ideas. Esto no surgirá hasta dos siglos más tarde, cuando los cristianos tuvieron que elaborar ideas claras sobre la divinidad de Jesús y la del Espíritu Santo.

Pero en los escritos de los primeros cristianos, particularmente en las cartas de san Pablo, de san Pedro y de san Juan, se percibe la conciencia trinitaria. Esta conciencia se expresa mediante fórmulas ternarias, es decir, mediante formas de pensar y de hablar en las que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo aparecen siempre juntos. Este hecho demuestra que hay allí una fe en la santísima Trinidad y aunque no se perciba claramente una doctrina bien elaborada sobre la misma, podemos decir que esta doctrina está allí a manera de embrión.

Si el único Dios verdadero se llama Trinidad de personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, entonces hemos de admitir que toda revelación divina, en cualquier parte de la historia, significa una manifestación de la Santísima Trinidad y que, por tanto, nuestro encuentro con Dios implica siempre un encuentro con las tres divinas personas. Una vez descubierta esta verdad podemos decir: toda experiencia auténtica de Dios significa realmente una experiencia del Dios trinitario.

Conviene que los cristianos seamos conscientes de que este misterio está siempre presente en nuestras vidas: desde el Bautismo —que recibimos en nombre de la Santísima Trinidad— hasta nuestra participación en la Eucaristía, que se hace para gloria del Padre, por su Hijo Jesucristo, gracias al Espíritu Santo, como así también en la señal por la cual cada día nos reconocemos como cristianos: la señal de la Cruz, en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

La Trinidad Santísima, lejos de ponerse aparte, distante e inaccesible, viene a nosotros, habita en nosotros y nos transforma en interlocutores suyos. Y esto por medio del Espíritu, quien así nos guía hasta la verdad completa (Jn 16,13). La incomparable “dignidad del cristiano”, es poseer en sí el misterio de Dios y, entonces, tener ya, desde esta tierra, la propia “ciudadanía” en el cielo (Flp 3,20), es decir, en el seno de la Trinidad Santísima.

Las Personas divinas viven como en un templo en el hombre que está en gracia. Estamos habitados por Dios. Somos templo suyo, somos llamados a ser habitados por la Santísima Trinidad: "Si alguno me ama -dice el Señor- guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él" (Jn 14,23). ¿Se puede imaginar mayor familiaridad? Todo nuestro empeño debe ser el permanecer en esta unión, en esta vivencia del misterio de la inhabitación Trinitaria, experiencia de la que la beata Sor Isabel de la Santísima Trinidad escribiría “Ha sido el hermoso sueño que ha iluminado toda mi vida, convirtiéndola en un paraíso anticipado”.



Oracion Danos Tu Misericordia




Oración de la Beata Isabel de la Trinidad




Dios mío, Trinidad que adoro,

ayúdame a olvidarme enteramente de mí mismo

para establecerme en ti, inmóvil y apacible

como si mi alma estuviera ya en la eternidad.

Que nada pueda turbar mi paz, ni hacerme salir de ti,

¡Oh mi Inmutable!,

sino que cada minuto me lleve más lejos

en la profundidad de tu Misterio.

Pacifica mi alma. Haz de ella tu cielo,

tu morada amada y el lugar de tu reposo.

Que yo no te deje jamás solo en ella,

sino que yo esté allí toda entera,

completamente despierta en mi fe, en adoración total,

entregada sin reservas a tu acción creadora

¡Oh, mis Tres, mi Todo, mi Bienaventuranza,

Soledad infinita, Inmensidad donde me pierdo!

Yo me entrego a Vos como una presa.

Encerraos en mí para que yo me encierre en Vos,

mientras espero ir a contemplar en vuestra luz

el abismo de vuestras grandezas.

Oraciones a la Santisima Trinidad