Un Camino de Gracia

¡Oh, santísima Madre de Dios! Alcanzadme el
amor de vuestro divino Hijo para amarle, imitarle y
seguirle en esta vida y gozar de El en el Cielo. Amén.

sábado, 16 de abril de 2016

"..Jesús resucitado debiera ser el objetivo de nuestras miradas cada uno de los días del tiempo de Pascua..."




APARICIONES DE JESUS EN EL TIEMPO PASCUAL

¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?


Dios y Señor nuestro que has abierto para nosotros las puertas de la eternidad por la victoria de tu Hijo unigénito sobre la muerte, te pedimos que quienes en este tiempo pascual celebramos con gozo su Resurrección, por la acción renovadora de tu Espíritu alcancemos la luz de la vida eterna. Amén







En nuestra última charla recordamos que a partir del domingo de Pascua hemos comenzado un nuevo tiempo litúrgico, el tiempo pascual, conocido también como cincuentena pascual, que son esos 50 días que van desde ese domingo de Pascua hasta el de Pentecostés. Es interesante ver como para los cristianos la Cuaresma o el tiempo de cuaresma resulta mucho más conocido, como más perceptible, que el tiempo pascual. Todos tienen conciencia de vivir esos 40 días que se inician el miércoles de ceniza con la imposición de la ceniza y todos conocen perfectamente la importancia y la densidad de esos 40 días de la Cuaresma que apuntan al Triduo Pascual. En cambio este tiempo pascual que estamos transcurriendo muchas veces pasa muy desapercibido y, sin embargo, adviertan que en vez de 40 se trata de 50 días, lo que denota su mayor importancia. Es que en realidad todo conducía a este tiempo, todo lo que hacemos en la Cuaresma tiene como último objetivo la Pascua. Lo que sucede es que, muchas veces, nos quedamos más en nuestro esfuerzo, el que tenemos que hacer durante la Cuaresma por convertirnos, que en el gozo de la victoria de Cristo, que es lo que en definitiva la fe reclama. El gran peligro es poner mucho hincapié en el esfuerzo personal de entablar y ganar nuestra propia batalla y olvidarnos de la batalla ganada, de que Cristo es vencedor sobre el pecado y la muerte y que El hace partícipe a la humanidad de esa victoria en la medida en que ésta recibe los frutos de la redención. Absolutamente todos estamos invitados a la alegría de la Pascua ya que ese gozo no es una recompensa proporcional al esfuerzo que cada uno hizo en la Cuaresma, la Pascua es un don, es la Vida con mayúscula que Cristo nos ganó, es un don para todos del que nadie queda excluido y lo único que se nos pide es que nos abramos a recibirlo, sin importar nuestro mayor o menor esfuerzo cuaresmal o si lo hicimos o no.





Es muy lindo en este Año de la Misericordia tomar conciencia de este tiempo pascual en que celebramos la misericordia en su plenitud, la del Padre que entrega al Hijo para rescatarnos y la del Hijo que muere por amor a nosotros y que al resucitar nos reconcilia con el Padre inaugurando el camino de nuestra propia resurrección.

Jesús resucitado debiera ser el objetivo de nuestras miradas cada uno de los días del tiempo de Pascua. Mirarlo y admirarlo profundamente, sentir la alegría de ser sus seguidores, renovando la adhesión de la fe, el convencimiento de que en Él tenemos la vida e internalizando el sentido de su camino de amor fiel hasta la muerte, para así sentirnos llamados a vivir como Él.

Y este gozo de Pascua nos hace mirar la vida con otros ojos, porque después de su resurrección el camino de los hombres y mujeres en este mundo es un camino que, a pesar del dolor y del mal que continúa habiendo en medio de nosotros, lleva a una vida para siempre, a la misma vida que Jesús ya ha conseguido.

La resurrección de Cristo es un dogma de la fe cristiana, que se inserta en un hecho sucedido y constatado históricamente. Fue anunciada gradualmente de antemano por Cristo a lo largo de su actividad mesiánica durante el período prepascual. Muchas veces predijo Jesús explícitamente que, tras haber sufrido mucho y ser ejecutado, resucitaría. Así, en el Evangelio de Marcos dice que Jesús: “comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días”
(Mc 8, 31)

También según Marcos, después de la transfiguración, “cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contaran lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos” (Mc 9. 9) pero los discípulos quedaron perplejos sobre el significado de aquella “resurrección”. Después de la curación del epiléptico endemoniado, en el camino de Galilea recorrido casi clandestinamente, Jesús toma de nuevo la palabra para instruirlos: “El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres; le matarán y a los tres días de haber muerto resucitará”. Pero ellos no entendían lo que les decía y temían preguntarle (Mc 9, 31-32). Es el segundo anuncio de la pasión y resurrección, al que sigue el tercero, cuando ya se encuentran en camino hacia Jerusalén: “Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a los sumos sacerdotes y los escribas; le condenarán a muerte y le entregarán a los gentiles, y se burlarán de él, le escupirán, le azotarán y le matarán, y a los tres días resucitará” (Mc 10, 33-34).
Todas estas eran previsiones proféticas de los acontecimientos, a través de las cuales Jesús hace conocer a los discípulos, estupefactos e incluso asustados, algo del misterio que subyace en los próximos acontecimientos. Otros destellos de este misterio se encuentran en la alusión al “signo de Jonás”
( Mt 12, 40) que Jesús hace suyo y aplica a los días de su muerte y resurrección, y en el desafío a los judíos sobre “la reconstrucción en tres días del templo que será destruido” (Jn 2, 19).


Pero además de las palabras de Jesús, también la actividad mesiánica que desarrolla en el período prepascual muestra el poder que Él dispone sobre la vida y sobre la muerte, y su conciencia de este poder, como la resurrección de la hija de Jairo
(Mc 5, 39-42)


la resurrección del joven de Naín (Lc 7, 12-15), y sobre todo la resurrección de Lázaro (Jn 11, 42-44) que se presenta en el cuarto Evangelio como un anuncio de la resurrección de Jesús.
 En las palabras dirigidas a Marta durante este último episodio se tiene la clara manifestación de la autoconciencia de Jesús respecto a su identidad de Señor de la vida y de la muerte y de poseedor de las llaves del misterio de la resurrección: “Yo soy la resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás” (Jn 11, 25-26). 
 Son palabras y hechos que en el período prepascual contienen, de forma diversa, la revelación de la verdad sobre la resurrección.

Va a ser el tema de nuestra charla de hoy las apariciones de Jesús resucitado interactuando con los primeros testigos.




Estas manifestaciones visibles del Señor, tal como las registran los cuatro evangelistas, pueden considerarse el tema mayor de la liturgia de la palabra en la primera semana del tiempo pascual, donde las lecturas que se proclaman en las Misas, tanto dominicales como feriales, nos relatan las varias manifestaciones del Señor resucitado a sus discípulos. Pero antes de abordar el tema es bueno tener presente que la Resurrección es, en primer lugar, un acontecimiento que se produce en Jesús mismo, entre el Padre y Él, por el poder del Espíritu Santo. Las apariciones de Jesús no son la resurrección, sino solamente su reflejo. Este acontecimiento “ocurrido” en Jesús después deviene accesible a los hombres porque Él lo hace accesible. Él ya no forma parte del mundo perceptible por los sentidos, sino del mundo de Dios. Por eso no puede ser visto más que por aquellos por quienes Él mismo se deja ver. Para verlo de esta manera, el corazón, el espíritu del hombre así como la apertura interior deben ser puestas a disposición…
El Señor resucitado se muestra a los sentidos y sin embargo no puede dirigirse más que a los sentidos que miran más allá de lo sensible…

El primer signo revelador de su resurrección es el “sepulcro vacío”. Sin duda no era por sí mismo una prueba directa .La ausencia del cuerpo de Cristo en el sepulcro en el que había sido depositado podría explicarse de otra forma, como de hecho pensó por un momento María Magdalena cuando, viendo el sepulcro vacío, supuso que alguno habría sustraído el cuerpo de Jesús
(Jn 20, 15)

Más aún, el Sanedrín trató de hacer correr la voz de que, mientras dormían los soldados, el cuerpo había sido robado por los discípulos. “Y se corrió esa versión entre los judíos, (anota Mateo) hasta el día de hoy” (Mt 28, 12-15).

A pesar de esto el “sepulcro vacío”

ha constituido para todos, amigos y enemigos, un signo impresionante. Para las personas de buena voluntad su descubrimiento fue el primer paso hacia el reconocimiento del “hecho” de la resurrección como una verdad que no podía ser refutada.


El domingo de resurrección, muy de mañana, María Magdalena y otras mujeres fueron al sepulcro a embalsamar el cuerpo de Jesús, después de haber guardado el descanso sabático. Cuando caminaban no sabían cómo podrían remover la piedra que cerraba el sepulcro, porque era muy grande. Al llegar vieron la piedra rodada a un lado, pero «al entrar no encontraron el cuerpo del Señor Jesús»
(Lc. 24, 3).

Previo a su llegada, cuenta Mateo que «se produjo un gran temblor de tierra, pues un ángel del Señor bajó del cielo, acercándose, apartó la piedra y se sentó en ella. Su rostro era como el relámpago y su vestido blanco como la nieve. Por el miedo a él, los guardias se desplomaron y quedaron como muertos»
(Mt. 28, 2-4) Ante el sepulcro vacío las mujeres tuvieron diversas reacciones. María Magdalena corrió a buscar a Pedro y Juan, para decirles: «Han robado al Señor del sepulcro y no sabemos dónde lo han puesto» (Jn. 20, 2) Las demás mujeres parece que permanecieron más tiempo en el sepulcro llenas de sorpresa. Entonces escucharon decir al ángel: «No está aquí, resucitó como dijo» (Mt. 28, 6) Luego les mandó que fuesen a los discípulos y se lo dijesen. Se llenaron de temor y alegría, y fueron rápidamente a cumplir este mandato. 
A los discípulos «les parecieron estas palabras como delirio y no las creyeron» (Lc. 24, 11).

Ciertamente las mujeres estaban sorprendidas y asustadas
(Lc 24, 5). Ni siquiera ellas estaban dispuestas a rendirse demasiado fácilmente a un hecho que, aun predicho por Jesús, estaba efectivamente por encima de toda posibilidad de imaginación y de invención. Pero en su sensibilidad y finura intuitiva ellas, y especialmente María Magdalena, se aferraron a la realidad y corrieron a donde estaban los Apóstoles para darles la alegre noticia. De esta forma las mujeres fueron las primeras mensajeras de la resurrección de Cristo, y lo fueron para los mismos Apóstoles (Lc 24, 10).

Pedro y Juan, al ser avisados, corrieron al sepulcro, Juan llegó primero pero no entró, después llegó Simón Pedro que si entró y notó que las vendas estaban en el suelo, mientras que la tela que había cubierto el rostro de Jesús estaba doblada y situada a un lado. Luego entro también Juan que «vio y creyó»
(Jn. 20, 8). Pedro vio y solamente se maravilló.(Lc 24,12).

María Magdalena llegó al sepulcro por segunda vez, cuando ya se habían marchado Pedro y Juan. Estaba fuera del sepulcro y lloraba. Entonces se le aparecieron dos ángeles que intentaron consolarla, pero seguía llorando. Después, detrás de ella, se apareció el mismo Jesús resucitado. María le confundió con el jardinero y le dijo que si sabía dónde estaba el cuerpo de Jesús se lo dijese. Jesús le dijo: “¡María!” Ella lo reconoció y le dijo en hebreo “Raboní”, es decir “¡Maestro!”
(Jn. 20, 16) Luego Jesús le manda: «Ve a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios. María Magdalena fue a anunciar a los discípulo que había visto al Señor, y las cosas que le dijo» (Jn. 20, 17-18).
Al caer la tarde de ese domingo, dos de los discípulos marchaban a su aldea, llamada Emaús. Volvían desesperanzados por los acontecimientos de aquellos días y el triste final de la muerte de Jesús. Jesús se apareció a ellos mientras caminaban, aunque no le reconocieron. Al caminar, Jesús les interrogó por la causa de su tristeza, y ellos al contárselo descubrieron también que su fe en Jesús era insuficiente, pues esperaban un Mesías rey que les librase del yugo de los romanos. Jesús aprovechó sus palabras para explicarles el sentido de las Escrituras, y que convenía que sucediese de aquella manera como lo habían anunciado los profetas. Además se lo explicó de tal modo, que después comentaron que les ardía el corazón mientras les explicaba las Escrituras. Al llegar a la aldea le invitaron a cenar, y recién al partir el pan le reconocieron. Entonces desapareció de su presencia. Ellos volvieron a Jerusalén a contar lo sucedido
(Lc. 24, 13-35). Los demás les dijeron también: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!» (Lc. 24, 34). El encuentro en el camino de Emaús es un hecho que hace visible, de forma particularmente evidente, cómo se ha madurado en la conciencia de los discípulos la persuasión de la resurrección precisamente mediante el contacto con Cristo resucitado. Aquellos dos discípulos de Jesús, que al inicio del camino estaban “tristes y abatidos” con el recuerdo de todo lo que había sucedido al Maestro el día de la crucifixión, y no escondían su desilusión al ver derrumbarse la esperanza puesta en Él como Mesías liberador (Esperábamos que sería Él el que iba a librar a Israel), experimentan después una transformación total, cuando se les hace 
claro que el

desconocido con el que han hablado es, precisamente, el mismo Cristo de antes, y se dan cuenta de que El, por tanto, ha resucitado. De toda la narración se deduce que la certeza de la resurrección de Jesús había hecho de ellos casi hombres nuevos. No sólo habían readquirido la fe en Cristo, sino que estaban preparados para dar testimonio de la verdad sobre su resurrección.

La fe prepascual de los seguidores de Cristo fue sometida a la prueba radical de la pasión y de la muerte en cruz de su Maestro. El mismo había anunciado esta prueba, especialmente con las palabras dirigidas a Simón Pedro cuando ya estaba a las puertas de los sucesos trágicos de Jerusalén; “¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo; pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca” (Lc 22, 31-32). La sacudida provocada por la pasión y muerte de Cristo fue tan grande que los discípulos (al menos algunos de ellos) inicialmente no creyeron en la noticia de la resurrección.
Al atardecer de ese primer día pascual estando reunidos los diez -pues faltaba Tomás- se apareció Jesús ante ellos en el Cenáculo, sin abrirse las puertas, y les dijo: «La paz sea con vosotros» (Jn 20, 19) Quedaron sobrecogidos y llenos de miedo, creían ver un espíritu. Entonces Jesús mismo debió vencer sus dudas y temores y convencerles de que era El y les dijo: ¿Por qué os turbáis y por qué dudáis en vuestros corazones? Ved mis manos y mis pies. Soy yo mismo. Tocadme y ved. Un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo. Y puesto que ellos no acababan de creerlo y estaban asombrados Jesús les dijo que le dieran algo de comer y lo comió delante de ellos: ¿Tenéis algo que comer? Y ellos le dieron un trozo de pez asado. El lo tomó y comió delante de todos (Lc. 24, 36-43) Marcos precisa que les «reprendió por su incredulidad y dureza de corazón, pues no habían creído a los que le habían visto resucitado de entre los muertos» (Mc. 16, 14) Jesús realiza, entonces, la definitiva entrega a los Apóstoles (y a la Iglesia) de la misión de evangelizar el mundo para llevarle el mensaje de su Palabra y el don de su gracia, diciéndoles: “Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes” (Jn 20, 21); después sopló sobre ellos y dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonarais los pecados les serán perdonados. A quienes los retuvierais, les serán retenidos» (Jn. 20, 22-23). Tomás que no se encontraba con los demás Apóstoles, a su vuelta, cuando los demás discípulos le dijeron: “Hemos visto al Señor”, manifestó maravilla e incredulidad, y contestó: “Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado no creeré” (Jn20, 24-25).
Por el libro de los Hechos de los Apóstoles sabemos que luego de ese primer día pascual y durante los cuarenta que estuvo Jesús en la tierra después de resucitar, se manifestó varias veces a los suyos «dándoles muchas pruebas de que vivía, apareciéndoseles en el espacio de cuarenta días, y hablándoles del Reino de Dios» (Hch. 1, 3).

El domingo siguiente al de resurrección Jesús se apareció de nuevo en el Cenáculo a los Apóstoles. En esta ocasión estaba Tomás “el incrédulo” con los otros y Jesús le dijo: “Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente”. Y cuando Tomás profesó su fe con las palabras “¡Señor mío y Dios mío!”, Jesús le dijo: “Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído” (Jn 20, 24-29).
Tiempo después “estando juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea; los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo” Voy a pescar”. Ellos le respondieron: “Vamos también nosotros”. Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada”. Estamos ante una situación similar a la de aquella primera pesca milagrosa luego de la cual Jesús los convocara a seguirlo. Es conmovedor ver como los discípulos después de la crucifixión -de la que ellos, salvo Juan, habían huido-, vuelven otra vez a lo que sabían hacer antes de conocer a Jesús, la pesca. “Al amanecer Jesús se apareció en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era El y les dijo: Muchachos, tenéis algo de comer. Ellos respondieron: No. Entonces él les dijo: Echad la red hacia la parte derecha y encontraréis. Los discípulos obedecieron, la echaron y no podían sacarla por la gran cantidad de peces. El discípulo a quien el Señor amaba, dijo entonces a Pedro: Es el Señor” (Jn. 21, 5-7) Al igual que había sucedido en aquella pesca Jesús, sin que ellos todavía lo reconocieran, les dice que vuelvan a tirar la red y ésta, lo mismo que la vez anterior, se llena de peces. Ante esta pesca milagrosa Juan reconoce a Jesús y lo alerta a Pedro, que se tira al agua en su busca. Ya en la orilla se reúnen todos con Jesús sabiendo que era Él pero sin atrever a preguntárselo y Jesús les dice: “Venid a comer” y les ofrece pez y pan puestos en las brasas. Jesús va repartiendo el pan, como un recuerdo del pan de cada día prometido.
Entonces, Jesús interroga a Pedro, por tres veces, Me amas? (Jn 21, 15) como si quisiera darle una repetida posibilidad de reparar su triple negación. Ante la triple respuesta afirmativa, Jesús le dice sucesivamente: «apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas». es decir lo nombra pastor. Recordemos que en la primera pesca milagrosa, la del llamado a seguirlo, Jesús le dice a Pedro que será “pescador de hombres”, ahora le nombra “pastor”. Cristo nunca habla de sí mismo como pescador, en cambio muy frecuentemente se muestra como “el buen pastor”, el que cuida las ovejas, busca buenos pastos, defiende el rebaño de los lobos, no es un asalariado que huye ante el peligro, llama a cada oveja por su nombre, va delante de ellas; las ovejas conocen su voz pues es el pastor único que forma un sólo rebaño. Pedro será Pastor del rebaño de Cristo.
Luego de esta breve y compilada reseña resulta muy interesante fijar algunas líneas características de cada una de estas apariciones y de su conjunto:
1.       Podemos observar ante todo que, después de la resurrección, Jesús se presenta a las mujeres y a los discípulos con su cuerpo transformado, hecho espiritual y partícipe de la gloria, pero sin ninguna característica triunfalista. Jesús se manifiesta con una gran sencillez. Habla de amigo a amigo, con los que se encuentra en las circunstancias ordinarias de la vida terrena. No ha querido enfrentarse a sus adversarios asumiendo la actitud de vencedor, ni se ha preocupado por mostrarles su “superioridad”, y todavía menos ha querido fulminarlos. Ni siquiera consta que se haya presentado a alguno de ellos. Todo lo que nos dice el Evangelio nos lleva a excluir que se haya aparecido, por ejemplo, a Pilato, que lo había entregado a los sumos sacerdotes para que fuese crucificado (Jn 19, 16), o a Caifás, que se habla rasgado las vestiduras por la afirmación de su divinidad (. Mt 26, 63-66).
A los privilegiados de sus apariciones, Jesús se deja conocer en su identidad física: aquel rostro, aquellas manos, aquellos rasgos que conocían muy bien, aquel costado que hablan visto traspasado; aquella voz, que habían escuchado tantas veces. Sólo en el encuentro con Pablo –que no hemos comentado- en las cercanías de Damasco, la luz que rodea al Resucitado casi deja ciego al ardiente perseguidor de los cristianos y lo tira al suelo (Hch 9, 3-8): pero es una manifestación del poder de Aquel que, ya subido al cielo, impresiona a un hombre al que quiere hacer un “instrumento de elección” ( 9, 15), un misionero del Evangelio.
2.       El “sepulcro vacío” con la piedra corrida fue el primer signo de la victoria sobre la muerte. Si el sepulcro cerrado por una pesada losa testimoniaba la muerte, el sepulcro vacío y la piedra removida daban el primer anuncio de que allí había sido derrotada la muerte.
       Es de destacar también otro hecho significativo: Jesucristo se aparece en primer lugar a las mujeres, sus fieles seguidoras, y no a los discípulos y ni siquiera a los mismos Apóstoles, a pesar de que los habla elegido como portadores de su Evangelio al mundo. Es a las mujeres a quienes por primera vez confía el misterio de su resurrección, haciéndolas las primeras testigos de esta verdad en una sociedad donde ni las mujeres, ni los niños, eran considerados testigos válidos, es decir que Jesús pone de testigos oficiales a quienes la sociedad no permitía atestiguar nada. Es conveniente para entender el alcance de los gestos de Jesús conocer la situación social y religiosa de la mujer en su tiempo, por lo que voy a dedicarle un breve párrafo aparte.

Entre los grupos marginados de la sociedad estaban las mujeres y los niños como seres absolutamente desvalorizados, económicamente sin valor y además sin contar para nada ni religiosa ni civilmente. La mujer a causa de su ciclo menstrual era considerada “impura” y necesitaba del rito de purificación mensual para ella y todo lo que tocaba, incluso la cama en que dormía. El casamiento era considerado como una venta y el marido tomaba a la esposa como una propiedad. Las casadas debían usar un velo tapándole la cara en la calle y su adulterio era castigado con la lapidación. El hombre podía repudiar a la esposa por los motivos más insignificantes .Al igual que en todo el mundo antiguo la valoración de la mujer era casi exclusivamente por la maternidad. No recibían instrucción, no podían aprender la Tora, ni pronunciar la bendición en la comida familiar y sólo podían entrar en el templo al atrio de los gentiles y al de las mujeres. Había en las sinagogas un enrejado que separaba el lugar destinado a las mujeres. No heredaban si había hijos varones. Tal era su situación que el Rabí Yehudá recomendaba la siguiente oración para ser recitada a diario por los varones: “Bendito seas, Señor, porque no me has creado pagano ni me has hecho mujer, ni ignorante”.
Sólo partiendo de este trasfondo de la época podemos apreciar plenamente la postura de Jesús ante la mujer. Jesús no se contenta con colocar a la mujer en un rango más elevado que aquél en que había sido colocada por la costumbre; la coloca ante Dios en igualdad con el hombre.
       En sus apariciones vemos ante todo una dificultad inicial en reconocer a Cristo por parte de aquellos a los que El sale al encuentro, como se puede apreciar en el caso de la misma Magdalena (Jn 20, 14-16) y de los discípulos de Emaús (Lc 24, 16). No falta un cierto sentimiento de temor ante El. Se le ama, se le busca, pero, en el momento en que se le encuentra, se experimenta alguna vacilación. Pero Jesús les lleva gradualmente al reconocimiento y a la fe, tanto a María Magdalena (Jn 20,16), como a los discípulos de Emaús (Lc 24, 25 ss.) y, análogamente, a otros discípulos (Lc 24, 45 ss.). Signo de la pedagogía paciente de Cristo al revelarse al hombre, al atraerlo, al convertirlo, al llevarlo al conocimiento de las riquezas de su corazón y a la salvación.
Resulta atrayente el proceso que los diversos encuentros dejan entrever: los discípulos experimentan una cierta dificultad en reconocer, no sólo la verdad de la resurrección sino también la identidad de Aquél que está ante ellos y aparece como el mismo, pero al mismo tiempo como otro: un Cristo “transformado”. No es nada fácil para ellos hacer la inmediata identificación. Intuyen, sí, que es Jesús, pero al mismo tiempo sienten que El ya no se encuentra en la condición anterior y, ante El, están llenos de reverencia y temor. Cuando luego se dan cuenta, con su ayuda, de que no se trata de otro, sino de El mismo transformado, aparece repentinamente en ellos una nueva capacidad de descubrimiento, de inteligencia, de caridad y de fe. Es como un despertar de fe: ¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras? (Lc 24, 32). “Señor mío y Dios mío” (Jn 20, 28). “He visto al Señor” (Jn 20, 18). Entonces una luz absolutamente nueva ilumina en sus ojos incluso el acontecimiento de la cruz; y da el verdadero y pleno sentido del misterio del dolor y de la muerte que se concluye en la gloria de la nueva vida. Este será uno de los elementos principales del mensaje de salvación que los Apóstoles han llevado desde el principio al pueblo hebreo y, poco a poco, a todas las gentes.
Así como dimos comienzo a esta charla instando a vivir el gozo, la alegría, que encierra este tiempo pascual, la hemos de terminar con un texto del papa Francisco que nos dice:



No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia delante! ¿Por qué no entrar en ese río de alegría? Hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua. Pero reconozco que la alegría no se vive del mismo modo en todas las etapas de la vida, a veces muy dura. Se adapta y se transforma, y siempre permanece al menos como un brote de luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amados, más allá de todo.








 
ORACION

Señor, he oído que ofreces la misma bienvenida al pecador que al santo. Que caminas con el que está enojado igual que con quien está contento, y abrazas al grosero y envidioso como al servicial.

Que incluso ofreces el mismo amor al último que te encontró que al primero que te siguió y tienes la misma paciencia con quien está seguro en su fe como con quien tiene dudas.

Si eres así, Señor, por favor quédate conmigo en este momento, porque necesito hablar con alguien que me comprenda y me quiera a pesar de mis dudas, de mis faltas y de mis pecados. Yo pongo ante ti estas dudas… y estas faltas mías y te pido me des tu amor y esa tu paz que yo tanto necesito…Amén

sábado, 2 de abril de 2016

Canciones del Espiritu Santo - Pascua Joven

" La Resurrección de Jesús que celebramos en todo este Tiempo Pascual, es lo que abre a la humanidad un destino completamente distinto, un modo de existir nuevo, un nuevo modo de vida, podemos decir que estamos ante una nueva creación..."






LA RESURRECCIÓN Y EL TIEMPO PASCUAL





En un parque de Lahore, Pakistán, un atentado suicida ha causado al menos 72 muertos, la gran mayoría mujeres y niños cristianos, y más de 340 heridos. El ataque suicida con bomba se produjo la tarde del Domingo de Resurrección a una hora en la que se encontraban cientos de familias cristianas celebrando la Resurrección y el final de la Semana Santa.

Con las palabras del papa Francisco recordemos a nuestros hermanos en la fe víctimas de tan espantosa masacre.




Oremos


“Que la Pascua del Señor suscite en nosotros, de manera aún más fuerte, la oración a Dios a fin de que se detengan las manos de los violentos, que siembran terror y muerte, y para que en el mundo puedan reinar el amor, la justicia y la reconciliación. Oremos todos por los fallecidos en este atentado, por sus familiares, por las minorías cristianas y étnicas de aquella nación:


Dios te salve, María, llena de gracia, el Señor es contigo. Bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.





El inicio de esta charla estaba programado con el tradicional saludo de ¡Felices Pascuas! y pese a que resulta dificultoso hacerlo ante el dolor de nuestros hermanos, creo conveniente dejarlo descansar junto con nuestra oración en el regazo del Padre Eterno y comenzar como lo teníamos previsto. Tal vez resulte extraño que todavía hoy, viernes posterior a la Pascua de Resurrección, nos saludemos con un ¡Felices Pascuas! Es que la celebración de la Resurrección de Nuestro Señor no está constreñida solo a ese domingo sino que se prolonga a lo largo de un período de cincuenta días que llamamos Tiempo Pascual, el que culmina con la fiesta de Pentecostés. Son días que se celebran con alegría y gozo ya que son considerados como una prolongación del de Pascua, y esto es más notable en los primeros ocho, llamados la octava de Pascua, donde cada día es celebrado litúrgicamente como solemnidad del Señor. Durante toda esta primera semana que estamos transcurriendo nos acompaña más intensamente el clima gozoso de la Resurrección para ayudarnos a entrar en el misterio, para que su gracia penetre en nuestro corazón y en nuestra vida, para que nuestra existencia sea conquistada y transformada por la Resurrección.





Pascua es la más antigua y la más grande de las fiestas cristianas; más importante incluso que Navidad. La celebración de la Vigilia Pascual constituye el corazón del año litúrgico, es el triunfo de la vida sobre la muerte; es la fiesta del renacer y de la regeneración. Es que con la resurrección de Jesús adquiere sentido toda nuestra religión. Somos cristianos porque Cristo resucitó y como cristianos no solo estamos celebrando la resurrección de Cristo, la cabeza, sino también la nuestra, la de sus miembros, que compartimos su misterio. Por la fe y el bautismo somos introducidos en el misterio pascual de la pasión, muerte y resurrección del Señor y es por eso que cuando celebramos la resurrección de Cristo estamos celebrando también nuestra propia liberación, porque en Él también todos nosotros hemos resucitado, hemos pasado de la muerte a la vida, de la esclavitud del pecado a la libertad del amor.




Ésta es la buena noticia que estamos llamados a anunciar a los demás y en todo lugar y que impregna nuestro saludo de ¡Felices Pascuas!

Es en la Resurrección que encontramos la clave de la esperanza cristiana: si Jesús está vivo y está junto a nosotros, ¿qué podemos temer?, ¿qué nos puede preocupar? Cualquier sufrimiento adquiere sentido con la Resurrección, pues podemos estar seguros que después de una corta vida en la tierra, si hemos sido fieles, llegaremos a una vida nueva y eterna, en la que gozaremos de Dios para siempre. Creer que la vida no acaba, que hay una vida plena después de la muerte, eso es lo que a nosotros nos caracteriza y por eso nuestra fe, nuestra esperanza y nuestro amor.

Es que la Resurrección de Jesús nos involucra a todos, nuestra vida cambia, todos quedamos envueltos en esta victoria sobre la muerte. La Resurrección de Jesús que celebramos en todo este Tiempo Pascual, es lo que abre a la humanidad un destino completamente distinto, un modo de existir nuevo, un nuevo modo de vida, podemos decir que estamos ante una nueva creación. Hay una unidad entre la Creación primera y la Resurrección de Cristo que es nuestra nueva creación, la Redención. No solamente la primera ha quedado cualitativamente envejecida por la Resurrección sino que también el tiempo del hombre ha cambiado, es un tiempo de gracia.

San Pablo nos dice: “Si Cristo no hubiera resucitado, vana seria nuestra fe” (I Corintios 15,14) Si Jesús no hubiera resucitado, sus palabras hubieran quedado en el aire, sus promesas hubieran quedado sin cumplirse y dudaríamos que fuera realmente Dios. Pero, como Jesús sí resucitó, entonces sabemos que venció a la muerte y al pecado; sabemos que Jesús es Dios, sabemos que nosotros resucitaremos también, sabemos que ganó para nosotros la vida eterna y de esta manera, toda nuestra vida adquiere sentido. Por eso la Resurrección es fuente de profunda alegría. A partir de ella, los cristianos no podemos vivir más con caras tristes. Debemos tener “cara de resucitados”, demostrar al mundo nuestra alegría porque la fe en la resurrección de Jesús y la esperanza que Él nos ha traído es el don más bello que el cristiano puede y debe ofrecer a sus hermanos.



El Papa Francisco durante la celebración de la Vigilia Pascual en la Basílica de San Pedro, pidió a los fieles no dejarse vencer por los miedos, la tristeza y la desesperanza diciendo: Abramos al Señor nuestros sepulcros sellados, para que Jesús entre y lo llene de vida; llevémosle las piedras del rencor y las losas del pasado, las rocas pesadas de las debilidades y de las caídas. Él desea venir y tomarnos de la mano, para sacarnos de la angustia. Pero la primera piedra que debemos remover esta noche es ésta: la falta de esperanza que nos encierra en nosotros mismos.

Que el Señor nos libre de esta terrible trampa de ser cristianos sin esperanza, que viven como si el Señor no hubiera resucitado y nuestros problemas fueran el centro de la vida. Continuamente vemos, y veremos, problemas cerca de nosotros y dentro de nosotros. Siempre los habrá, pero en esta noche hay que iluminar esos problemas con la luz del Resucitado. No permitamos que la oscuridad y los miedos atraigan la mirada del alma y se apoderen del corazón, sino escuchemos las palabras del Ángel: el Señor «no está aquí. Ha resucitado»; Él es nuestra mayor alegría, siempre está a nuestro lado y nunca nos defraudará. Este es el fundamento de la esperanza, que no es simple optimismo, y ni siquiera una actitud psicológica o una hermosa invitación a tener ánimo. La esperanza cristiana es un don que Dios nos da si salimos de nosotros mismos y nos abrimos a él. Esta esperanza no defrauda porque el Espíritu Santo ha sido infundido en nuestros corazones.

Es muy importante que tengamos siempre presente que a partir de la resurrección de Cristo, del misterio Pascual, siempre que hay muerte, hay resurrección. Cristo no murió y quedó muerto, el Padre lo resucitó. Por eso el misterio pascual es uno, por eso al Triduo Pascual debemos contemplarlo como una unidad, por eso el Viernes Santo y el Domingo de Resurrección no se pueden separar.


Jesús muere no para quedar muerto sino para resucitar, para que el Padre lo resucite y así siempre que hay muerte hay resurrección y lo digo de una manera general, hablando también de las pequeñas muertes que cada cristiano tiene que afrontar en su vida diaria. A veces cuando hay una pequeña muerte, cuando perdemos alguna cosa pequeña o grande, es Dios que se está abriendo camino, para que en nuestro corazón nosotros tengamos lugar para Él, hay que verlo desde los ojos de la fe, y cuando le aceptamos a Dios esa muerte y no tenemos los brazos en alto luchando contra lo que Dios nos pide, Dios nos resucita, nos alza en sus manos. La genuina aceptación cristiana brota del convencimiento de que el hombre no termina por conocer lo que le conviene a su experiencia vital y que sólo el Padre sabe lo que necesitamos y en su amor infinito -que jamás reprocha ni castiga- nos da siempre lo que es bueno para nuestra alma, aun cuando “en la boca nos sea amargo como la hiel”.


Todo sufrimiento es como una muerte, es morir a algo y nadie quiere morir, fuimos creados para la vida. Lo que nos hace pasar por arriba ese sufrimiento es ver que al aceptarlo, descansándolo en las manos de Dios, es una muerte para la vida, es un llamado a la plenitud de la vida, que va más allá de la existencia terrenal, ya que consiste en la participación de la vida misma de Dios. Todos los que estamos aquí tenemos una cruz en nuestras vidas, grande, pequeña, y esa es la cruz concreta de nuestra vida. La Cruz de Cristo nos redimió pero ésta, la nuestra, también nos redime. Cuando nosotros rechazamos de plano el sufrir, nos escapamos de la mano de Dios y Él no puede resucitarnos. Por supuesto que siempre podemos pedirle al Padre lo que anhelamos, y que El también siempre nos ha de escuchar aunque, tal vez, en lugar de darnos lo que le pedimos nos da otra cosa, algo mejor, que como no estamos abiertos al tiempo no somos capaces de conocer. Este es el sentido de las palabras de Pablo en la Carta a los Hebreos cuando refiriéndose a Cristo dice: “El dirigió durante su vida terrena súplicas y plegarias, con fuertes gritos y lágrimas, a aquel que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su humilde sumisión”
(Heb 5, 7).Y es escuchado porque si bien el Padre no lo salva de la muerte, lo salva de otra manera, dándole un “plus”, la Resurrección. Por eso cuando pidamos, sepamos entregarnos -de antemano- al designio divino, tal como nos enseñó Cristo en la hora trágica y sublime del Getsemaní:
“Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz, pero que se haga tu voluntad y no la mía” pues todos nuestros grandes y pequeños sufrimientos, en Cristo adquieren una dimensión de realeza si sabemos aceptar el sufrimiento y sufrir como Él. A veces Dios espera nuestra pequeña disposición y ya nos resucita. Cuando nosotros queremos tener todo en nuestras manos, nos escapamos de la mano de Dios y Él no puede resucitarnos. Es muy importante, porque la Resurrección en el final de los tiempos va a ser eso, si no resucitamos acá en nuestra tierra, no vamos a saber resucitar en el Cielo cuando Dios nos llame para resucitar. Un Padre decía que la Resurrección va a ser un acto de obediencia, Dios nos va a llamar a cada uno y nos va a resucitar. Si no obedecemos en la tierra, no vamos a escuchar, no vamos a saber reconocer que Dios no está llamando a resucitar. Este tiempo pascual es empezar a vivir ahora lo que va a ser la plenitud del tiempo en el Cielo.

El hombre fue plasmado por las manos de Dios, en el Génesis el Señor dice y las cosas son, dice hágase la luz y la luz se hace, etc., cuando Dios crea al hombre toma barro y lo modela con sus manos, cada hombre tiene las huellas digitales de Dios, una marca absolutamente original e irrepetible que cada uno tiene. Por su parte, en el Bautismo Dios nos sella con un sello inconfundible y personal que también para cada uno es único, que es la marca de la Pasión, la de Cristo. Se nos unge con el óleo perfumado para que Dios sienta el perfume de Cristo en la creatura, para que cuando Dios se acerque huela el mismo perfume que tiene Cristo. Por eso es de un carácter indeleble, porque nosotros la podemos olvidar, pero Dios no, es una marca inconfundible que tenemos en nuestra alma y nuestro corazón.

Cada vez que pensamos que Dios no nos escucha, que si no nos conoce; el Señor nos conoce más que un pastor a sus ovejas, el Señor nos conoce por esa huella digital que al crearnos ha dejado en nosotros, y nos conoce por esa marca y ese aroma del Bautismo. Si en los pastores ocurre eso respecto de sus ovejas, cuanto más el Señor nos reconocerá. Por eso en este tiempo pascual no es importante lo que nosotros hacemos sino lo que Cristo obra en nosotros, lo que Cristo hace en nosotros cada vez que nosotros, de alguna manera, consentimos y aceptamos morir y resucitar con Él.


San Ireneo dice: “Dios nos modela con sus manos y cuando sufrimos, no es que Dios nos haga sufrir, Dios nos está dejando de vuelta sus huellas digitales”. Todos quisiéramos estar acabados y Dios no, Dios nos va modelando a lo largo de la vida para que tengamos con El otra relación. Se acuerdan cuando Dios le pide a Abraham su hijo Isaac, después de la prueba Abraham tiene una relación con Dios que no hubiera podido tener nunca antes de ella, antes de haberle dicho que sí a Dios, te ofrezco mi hijo, mi hijo único, el hijo de las promesas. La Virgen con su Hijo en la Cruz se debe haber preguntado: “Dios me hizo un montón de promesas en este Hijo que iba a ser el Salvador y ahora está crucificado”. Sin ese dolor de ver al Hijo crucificado la Virgen no hubiera tenido esa relación tan profunda con el Señor, como la tuvo.


A nosotros nos pasa lo mismo, Dios a veces nos va guiando por senderos escarpados, porque quiere darse de una manera nueva, que antes no podríamos haber tenido con Él, la cuestión es darnos cuenta. No digo que sea fácil, no es fácil para nadie, a nadie le gusta sufrir, a Jesús tampoco le gustó sufrir, pero de alguna manera el sufrimiento fruto del pecado, nos da una hondura y un esqueleto espiritual que a veces nos falta. Entonces el Señor que se nos quiere dar plenamente, con una mayor prodigalidad, está más presente cuando sufrimos. Recuerden el cuento de las huellas en la arena, que no es más que eso, un relato, pero que resulta muy significativo, el Señor cuando estamos sufriendo, muriendo, nos tiene en sus brazos. La cuestión es descubrirlo, la cuestión es entrar como entró Jesús, en ese camino pascual, para que Dios nos resucite.





Jesús resucitado es ahora alguien fuera de este mundo. Alguien que domina al mundo, que no está envuelto por el cosmos, sino que es Él quien envuelve al cosmos. Aparece como alguien que ha traspasado el tiempo y el espacio.

Parece que los evangelistas tuvieron mucho interés en señalar este doble filo de su existencia, le pintan como alguien que al mismo tiempo perteneciera a la historia y la superara, que posee una vida soberana y superior y que, cuando entra en la historia, lo hace de manera discontinua, sin someterse al tiempo de esa misma historia. Por eso la fe Pascual de los primeros cristianos insiste tanto en la unión entre muerte y resurrección. Esa “y” parece el centro del mensaje. El Nuevo Testamento no concibe a un Jesús que muere “como el que se va” y resucita “como el que regresa”. Muerte y resurrección no son dos movimientos contrarios. Jesús muere “hacia” su resurrección. Y resucita “desde” su muerte.

Asimismo es bueno abundar sobre ese otro aspecto fundamental de la Resurrección: Lo que tiene de salvación para el resto de la humanidad. Porque como ya lo hemos visto precedentemente la resurrección de Cristo no termina en Él. San Pablo presenta ese triunfo como una “primicia” puesto que por un hombre ha venido la muerte al mundo
(1 Cor 15:20,23) y también por un hombre, Cristo, serán llevados todos los hombres a esa Vida que Él inauguró.

La resurrección de Jesús no sólo representa las demás resurrecciones sino que las precede, las inaugura. Porque la resurrección de Jesús no termina en Él. Jesús realiza en su Resurrección la humanidad nueva.

La realiza y la inicia. Porque sigue resucitando en cada hombre que al incorporarse a esa Resurrección, entra a formar parte de esa humanidad nueva que la muerte no vencerá.

Por todo ello la resurrección de Jesús es el centro vivo de nuestra fe. Porque ilumina y da sentido a toda la vida de Cristo. Hablar de su triunfo sobre la muerte es hablar de “nuestra” resurrección. Es dar la única respuesta al problema de la vida y de la muerte de los hombres.

No quisiera terminar esta charla sin antes dar un panorama general de este tiempo pascual, el más fuerte de todo el año, que inaugurado en la Vigilia Pascual se celebra durante siete semanas hasta Pentecostés, constituyendo lo que conocemos como “cincuentena pascual”. Aunque la liturgia insiste mucho en el carácter unitario de estas siete semanas, los ocho primeros días de la cincuentena forman la octava de Pascua, que se celebra como solemnidad del Señor .Esta semana
(llamada en el rito romano "Semana in Albis"), surgió en el siglo IV por el deseo de asegurar a los bautizados en la Vigilia Pascual una catequesis acerca de los divinos misterios que habían experimentado. Ellos llevaban durante toda esa semana las albas o vestiduras blancas que habían recibido como señal de pureza la noche de Pascua después de su bautismo, de las que se despojaban el sábado anterior al domingo que cerraba la octava y era conocido como domingo in Albis,
domingo que en el año 2000 el papa san Juan Pablo II instituyó como el día de la Divina Misericordia


Dentro de la Cincuentena Pascual se celebra la Ascensión del Señor, ahora no necesariamente a los cuarenta días de la Pascua, sino el domingo séptimo de Pascua, porque la preocupación no es tanto cronológica sino teológica y la Ascensión pertenece sencillamente al misterio de la Pascua del Señor. Concluye este tiempo en Pentecostés con la donación del Espíritu Santo que se celebra el domingo VIII de Pascua.

La característica más destacada del tiempo pascual es la alegría. La música, el canto, las vestiduras, las lecturas y otros textos, todo en él está orientado a expresar los sentimientos de júbilo. Tal exuberancia encuentra su punto culminante en la aclamación "Aleluya" que dejada de lado a partir de la Cuaresma, no solo vuelve a la liturgia sino que la oímos repetir constantemente durante los cincuenta días. Aleluya es una palabra de origen hebreo que significa sencillamente "alabanza a Dios" y es el heraldo de la buena nueva de la resurrección. También regresa el rezo del Gloria a la liturgia dominical y a las solemnidades.

El Cirio pascual, que se había encendido por primera vez en la Vigilia Pascual -símbolo del Cristo luz, venciendo la oscuridad y la muerte-, habrá de permanecer encendido en cada una de las celebraciones de este tiempo. Por supuesto que también regresan la música y los cantos, señal de la alegría, así como las flores que vuelven a adornar los altares. El blanco, símbolo de la vida, la esperanza y la pureza, es el color de los ornamentos utilizados en la cincuentena.

Las lecturas de este tiempo son todas del Nuevo Testamento, ya no se necesita el Antiguo Testamento más que para confrontar que las antiguas profecías se cumplen en Cristo .Si nos atenemos a las lecturas evangélicas de esta primer semana veremos que recorren escenas en las que aparece Jesús resucitado interactuando con los primeros testigos. Así en el domingo de Pascua y en su octava, advertimos que los evangelios de cada día nos relatan las varias manifestaciones del Señor resucitado a sus discípulos: a María Magdalena y a las otras mujeres, a los dos discípulos que iban camino de Emaús, a los apóstoles en el mar de Tiberíades, así como las apariciones del Resucitado en la tarde del día de Pascua y ocho días después.

Estas manifestaciones visibles del Señor, tal como las registran los cuatro evangelistas, pueden considerarse el tema mayor de la liturgia de la palabra.

Recordemos que los Apóstoles y los discípulos se dispersaron y huyeron durante la crucifixión. Los once apóstoles dudaron de la divinidad de Jesús en los últimos momentos de su vida terrena porque no tenían ningún punto de referencia o de comparación para creer en ella, solamente tenían la palabra del hombre Jesús, que predicando y haciendo milagros los había invitado a creer en El como el Hijo de Dios; luego vino su muerte y con ella la desilusión total. Estaban llenos de temor y no recordaron las predicciones de Jesús sobre su muerte y su resurrección. Pero después el panorama cambia, Jesús que había quedado oculto tras el misterio de la muerte, se deja ver, se hace visible, se vuelve a encontrar con los suyos. Se trata de un encuentro cuya iniciativa no está en los discípulos sino en Jesús. Es el mismo Jesús vivo el que interviene en sus vidas, se les hace presente y se les impone lleno de vida, obligándoles a salir de su desconcierto e incredulidad. Se trata de un acontecimiento que ha transformado totalmente a los discípulos.

Aquellos hombres que se resistían a aceptar el mensaje de Jesús, comienzan ahora a anunciar el Evangelio con una convicción total. Aquellos hombres cobardes que no habían sido capaces de mantenerse junto a Jesús en el momento de la crucifixión, comienzan ahora a arriesgar su vida por defender la causa del Crucificado. Es que el Señor no solo vive ahora para los hombres, sino entre los hombres. Los discípulos viven animados por la presencia viva del Resucitado. Cuando hablan del Resucitado no están hablando de un personaje del pasado, sino de alguien vivo que anima, vivifica y llena con su espíritu y su fuerza a la comunidad creyente. “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”
(Mt 28, 20).


La comunidad creyente no se siente huérfana ni en aquellos tiempos ni ahora, porque éstas son también las formas en que nosotros vemos a Jesús resucitado. El Resucitado camina con nosotros como “jefe que nos lleva a la vida”
(Hch. 3, 15). Es necesario saber descubrirlo en nuestras asambleas (Mt 18, 20), saber escucharlo en el Evangelio (Mt 7, 24-27), dejarnos alimentar por Él en la cena eucarística (Lc 24, 28-31), saber encontrarlo en todo hombre necesitado (Mt 25, 31-46).

La resurrección de Cristo es la mejor noticia que podíamos recibir los hombres. Ahora sabemos que Dios es incapaz de defraudar las esperanzas del hombre que le invoca como Padre. Dios es Alguien con fuerza para vencer la muerte y resucitar todo lo que puede quedar muerto. Dios es Alguien que no está conforme con este mundo injusto en el que los hombres somos capaces de crucificar al mejor hombre que ha pisado nuestra tierra. Dios es Alguien empeñado en salvar al hombre por encima de todo, incluso, por encima de la muerte.


Ya el mal, la injusticia y la muerte no tienen la última palabra. La vida no es un enigma sin meta ni salida. Conocemos ya de alguna manera el final. A la vida crucificada vivida con el espíritu de Jesús, solo le espera la resurrección. Todos aquellos que luchen por ser cada día más hombres, un día lo serán. Todos aquellos que trabajen por construir un mundo más humano y justo, un día lo conocerán. Todos los que, de alguna manera hayan creído en Cristo y hayan vivido con su espíritu, un día sabrán lo que es VIVIR.



“Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá.

Y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás” (Jn 11, 25)



ORACION FINAL
¿Dónde estás, Señor?

Yo tengo ojos, pero no te veo.

Yo oigo, pero no te escucho.

Yo te busco, pero no te encuentro.

¿Dónde estás, Señor?

- Yo estoy, donde tú no quieres estar,

donde tú no quieres ver,

donde tú no quieres escuchar,

donde tú no quieres perdonar.

Tú no me encuentras,

porque te buscas sólo a ti,

tu estima, tus seguridades,

tus satisfacciones, tus recompensas.

Tú me encontrarás, cuando decidas

no pensar en ti, sino en Mí.

Porque yo estoy en ese lugar,

donde te he salvado:

EN LA CRUZ.

Allí me encontrarás,

allí encontrarás mi amor y mi misericordia.

No temas.

Yo te espero

y tú conmigo serás feliz.